miércoles 23/9/20

Tribuna | 9 de febrero: La Aparición

maximo

Las fiestas de los barrios tuvieron en León un gran predicamento. Porque, hasta cierto punto, marcaban el calendario de las festividades capitalinas. Y es que representaban una bocanada de aire fresco que libraba de las apreturas cotidianas al común de los vecinos. 
Eran fechas, amparadas bajo el patronazgo de una imagen concreta, de una advocación determinada,  —entre otras, Santa Ana, San Martín, San Lorenzo o Santa Marina—, para gozo y disfrute de los habitantes de esta capital del Viejo Reino, unas jornadas de ilusión y esperanza, de sana convivencia y manifiesta alegría, señaladas con piedra blanca en el devenir de la ciudad, donde sobresalían el entusiasmo, el esfuerzo, la dedicación y el espíritu de sacrificio de los mozos de cada una de las barriadas en la organización de sus respectivas fiestas, lo que llevaba implícito un rito que se convertía en reto en aras de la superación, todo ello por mantener y acrecentar el grado de popularidad de aquellos días de solaz, concordia y regocijo.


En ese prontuario popular la fecha del 9 de febrero está escrita con grafía indeleble. Su trasfondo histórico está inserto en el nomenclátor callejero. Una arteria urbana, en el barrio de la Chantría, registra esta titulatura, que, como es de dominio popular, es una clara referencia a «La Aparición» de Nuestra Señora del Mercado y del Camino, la Antigua, de León, acontecida, según la tradición, en la anotada fecha del año 560, a un costado de la plaza de Santa María del Camino, que otrora fue foco activo del comercio de cereales, precisamente, donde se alza hoy una cruz de piedra. Así lo recoge y pone de relieve Baldomero Díez y Lozano, en su obra  Historia y noticias del culto a la Virgen en el Antiguo Reino de León: «Es tradición constante, que donde hoy se alza la iglesia de este nombre había unos prados, en los que apareció la Santísima Virgen a un pastor, manifestándole su voluntad de ser honrada en aquel sitio». Siglos más tarde, en 1664, en el templo que se alza en la calle de Herreros, quedó establecida canónicamente la «Compañía de la Zarza», título en clara alusión a la escena antedicha, recogida en un fresco en la sacristía del indicado alcázar mariano.
 La mencionada cofradía se constituyó en acción de gracias por el beneficio de la lluvia que el año anterior, concretamente, el 3 de mayo de 1663, jueves, fiesta de la Ascensión del Señor, se había obtenido tras haber llevado en rogativa a la Sagrada Imagen hasta el cercano Monasterio de la Inmaculada Concepción, a petición de los feligreses del barrio. Tres días después, antes de volver a ser entronizada en su camarín, la Virgen del Mercado recorrió en procesión el casco histórico de la ciudad. Hizo estación en el Convento de las Carbajalas, en la S.I. Catedral, en el Convento de las Clarisas Descalzas y en San Isidoro. Era rector parroquial el Lcdo. Diego de Robles de Guebara.


En tiempos todavía relativamente cercanos, la organización de la fiesta de «La Aparición» corría a cargo de una comisión de mozos del barrio del Mercado, dirigida por uno de ellos, denominado a la sazón Mayordomo-Regidor. En el programa establecido, el acto central era la celebración de una solemne eucaristía el día 9, «a toda orquesta», como se decía en aquellas calendas, sin menoscabo de que las actividades incluyeran las clásicas carreras de la Rosca y el Mazapán, partido de fútbol, sesiones de cine en el salón de los PP. Capuchinos, dirigidas a la infantería menuda de la barriada, y un concurso de pintura al aire libre. Por supuesto, el homenaje a «la moza de más edad» de la feligresía, esto es, a la señora más longeva, era un acto de obligado cumplimiento.


La escenografía urbana de la parroquia se engalanaba entonces con cadenetas multicolores. Se volteaban las campanas de la torre parroquial. Sonaba una modesta, aunque estruendosa, cohetería. El casticismo lo ponían los sones de un organillo. Y los rangos festivos, la honda raigambre de la fiesta, se medían por la hoguera que se encendía en la plaza del Grano y la verbena que tenía por escenario la plaza de las Concepciones. 


Como nota distintiva de la fiesta, la colocación en la puerta del templo que se alza en pleno Camino Francés, lo mismo que se hace actualmente, de un ramo leonés, semicircular, ornado con naranjas, era y es anuncio para el transeúnte de la fiesta de «La Aparición». En el ámbito íntimo, familiar, en tan señalada festividad, el arroz con leche era el plato que estaba instituido como postre oficial en todos los hogares del barrio.


Por razón de los tiempos, las costumbres se han modificado. Y el fulgor conmemorativo de la fiesta ha decrecido. Aún así, en el imaginario popular, en la memoria colectiva, «La Aparición» sigue siendo una luminaria indeclinable. Máxime, en el corazón de los vecinos, de antaño como de hogaño, del barrio de Nuestra Señora del Mercado.

Tribuna | 9 de febrero: La Aparición
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