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TRIBUNA | Cuando se defiende lo indefendible: San Cayetano

¿Que si podría mantener estas incriminaciones ante un Tribunal? ¡Por supuesto que sí! Y estaría encantado de hacerlo

San Cayetano. DL

San Cayetano. DL

Publicado por
AGUSTÍN MOLLEDA PARDO | Escritor
León

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Casimiro Bodelón, a quien yo también conozco, se tomó la licencia de tildarme de rencoroso y mentiroso por la publicación de mis novelas E-83 San Cayetano, Extramauros San Cayetano y ¡Ave María Purísima! Las chicas de San Cayetano. Dicha ‘licencia’, que bien podría calificarla de ‘insulto personal’, la perpetró el pasado 14 de octubre en estas mismas páginas. 

No le voy a replicar con un lenguaje filosófico o teólogo como acostumbra a hacerlo él, sino con el lenguaje de la calle, el que todo el mundo entiende. Y debo reprocharle que, teniendo como tuvo la oportunidad de espetármelo a la cara, se refugiara en la Tribuna de este periódico para hacerlo con epítetos impropios de una persona cristiana, educada e ilustrada como él. Debo afearle, a su vez, que se escudara en su antiguo cargo de director de San Cayetano [en fecha muy lejana al año 1970] para poner en solfa las vivencias de los que niños y niñas huérfanos u ‘hospicianos’ de San Cayetano [década 1955/1965], dejándolos en injusta evidencia ante la opinión pública leonesa. Negar tropelías que ni vivió, ni sufrió de niño en sus propias carnes, es cuantos menos una osadía de tamaño grosor. Y lo repetiré cuantas veces hagan falta: los religiosos [¿?] Terciarios Capuchinos fueron unos maltratadores y unos abusadores sexuales… ¡Unos canallas! Por mucho que se empeñe y por mucha literatura que gaste en afirmar lo contrario, Bodelón no lo podrá desmentir porque ni siquiera sabía que existíamos ni lo que se cocía allí dentro. El calvario y posterior martirio que pasaron los entonces chavales, merece la condenación eterna [terrenal y divina] de aquellos impúdicos, obscenos y lujuriosos frailes de crucifijo al cuello. ¿Que si podría mantener estas incriminaciones ante un Tribunal? ¡Por supuesto que sí! Y estaría encantado de hacerlo. Confundir ‘hospicianos’ con malhechores, fue muy feo; mejor dicho, fue criminal, asqueroso y repugnante. 

Con respecto a las Hijas de la Caridad, debo invitarle a que se lea de cabo a rabo ¡Ave María Purísima! Las chicas de San Cayetano. Tengo la esperanza de que con su lectura se arrepienta de sus palabras: jamás de los jamases los chicos de San Cayetano guardaron, ni guardan, rencor alguna contra las monjas. Todo lo contrario. Para ellos fueron sus padres y sus madres durante los primeros años de vida, hasta que pasaron a manos de los Terciarios Capuchinos. No hace falta retorcer la historia ni mentir para salvaguardar oscuros intereses. Distinto es el comportamiento que tuvieron esas mismas monjas con las chicas, a las que ‘educaron’ hasta la edad de 18 o 21 años. Ellas sufrían y padecían. Como todo en la vida, unas más y otras menos; unas lo decían y otras lo callaban. ¡A ver si piensa que eran tontas de remate! Los chicos, aunque apenas mantuvieran relación con ellas, sabían lo que había! Todas las personas que hablan en estas novelas son de carne y hueso. Y contaron lo que creyeron debían contar. De la verdad recreé una ficción, simplemente eso.

 

Acusa, y me acusa, de rencorosos y desagradecidos con la institución que los acogió, la Diputación de León. ¿Pero cómo tiene la osadía de verter semejante ignominia? Todos han estado, y estarán de por vida, muy agradecidos a la Diputación por proporcionarles un techo. Otra cosa muy distinta es agradecer los servicios prestados a las autoridades que, dirigiendo la Diputación en aquellos años, no se dieron por enterados de todo lo que ocurría dentro de los muros de San Cayetano. 

Casimiro Bodelón escribe también de cosas que nada tienen que ver con la época a la que corresponden las novelas, años 50 y mediados los 60. Todo eso que dice de Escuela de Enfermería, estudios en los institutos de la ciudad, etc., etc., corresponde, afortunadamente, a una etapa posterior, donde la mayoría de estos deleznables comportamientos estaban prácticamente superados. Bodelón, no confunda al personal. No le ciegue la pasión por una causa indefendible, y no hasta el punto de alargar el chicle de sus amañadas aseveraciones. 

Y una admonición muy, muy importante: haga el favor de no mentar a las madres de aquellos niños y niñas, de lo que hicieron con ellos o lo que dejaron de hacer. Deje de juzgarlas, ni para bien ni para mal. No se convierta en el adalid de la moral franquista. De eso ya se encargaba el nacional-catolicismo de la época. Esas mamás, con toda probabilidad, se vieron abocadas a abandonarlos en el hospicio por falta de medios económicos o por nula humanidad de su entorno familiar. Jóvenes indefensas, víctimas de una España «martillo de herejes», donde hombres y mujeres de toda condición no tenían reparo alguno en acudir a misa tras arrancar al bebé del pecho de la madre para depositarlo en el torno del hospicio. De todo lo dicho doy fe: yo fui uno de ellos. 

Casimiro, así se escribe la historia, le guste o no guste. Salud, amigo. 

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