jueves. 02.02.2023
¿Y DESPUÉS se quejará Arnaldo Otegi. Está permanentemente con un pie en la cárcel; pero, en el último momento, se libra. Se libró cuando le juzgaron por injurias al Rey, porque le impusieron la condena justa para no entrar en prisión. Torea a la legalidad, y consiguió rehuir, por ahora, los pitones de las rejas. Se mueve en el filo exacto de los mojones que separan la inocencia del delito. Sus defensores menosprecian la ley española, pero conocen al dedillo sus vericuetos. Y hoy por hoy, Otegi y sus abogados tienen más motivos para celebrar sentencias que para lamentarlas. Exactamente al revés que la mayoría de los españoles. Ayer, por ejemplo, Otegi tenía bastantes números para que la policía autónoma lo metiera en un furgón camino de Chirona. Pero quienes le habían juzgado y condenado en el propio País Vasco habían cometido un error: dos de ellos habían intervenido en el trámite previo y estaban «contaminados». Hay que repetir el juicio. Es la grandeza del Estado de Derecho, del que tanto nos toca hablar estos días. El Supremo se tapa los ojos, y lo trata con la misma imparcialidad que si no fuera un provocador; con la misma neutralidad que si no fuera Arnaldo Otegi. Y encima, le da un repaso al Tribunal Superior del País Vasco, que queda como el malo de esta película. Bien, Otegi: es un campeón del sorteo de la legalidad. Necesita un equipo jurídico sólo para él, pero todavía no sabe lo que es ponerse el pijama tras una reja. Es además, un tipo seguro de lo que puede ocurrir. Si no estuviera tan seguro, ¿cómo habría convocado el congreso de Batasuna para pasado mañana, sabiendo que a lo peor no podría asistir? Una de dos: o le importaba un pimiento la vista de ayer, o esperaba presentarse como víctima de la persecución de la Justicia o como hombre que había triunfado sobre los tribunales represores, como a los batasunos les gusta decir. ¿Saben ustedes, de todas formas, qué me alegró más del razonamiento de los magistrados del Supremo que ordenaron repetir el juicio? Que es impecable. Es Justicia en estado puro. Lo destaco, porque al ver que el fiscal respaldaba al dirigente batasuno, pensé que podíamos estar ante un apaño; el apaño que hacía recordar aquella pregunta suya: «¿sabe esto el Fiscal General del Estado?» No. Por atractiva y hasta apasionante que resulte esta especulación, no cabe esa sospecha, y lo celebro. El fiscal actuó con la honradez que cabe esperar de su función. Los magistrados del Supremo han tenido la frialdad de tratar a Otegi con imparcialidad, aunque se hayan tapado la nariz. Pero que no esperen nada a cambio. Para estos elementos, esta ejemplar Justicia seguirá siendo para ellos y su propaganda un instrumento de represión.

Los «tribunales represores»
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