lunes 24/1/22

Sentado en mi butaca de lectura acaricio un texto de biología evolutiva mientras la imaginación me hace olvidar los acontecimientos que nos enredan. Hace tiempo que he dejado de seguir con atención las noticias, enfrascadas como siempre en los mismos asuntos, de modo cansino. Sin embargo, la discusión acerca de la nueva desescalada y el protagonismo que ha adquirido el turismo y demás empujes de ocio, animan mi pluma.

En los años sesenta los turistas extranjeros comenzaron a invadir nuestras playas, perfumando con su presencia un ambiente, que ahora se antoja como rancio, pero que en ese momento disfrutábamos con enorme placer y sin demasiado juicio. Para muchos de nosotros veranear en la playa era todo un lujo y no digamos escuchar la algarabía de lenguas bárbaras, que nos rodeaban con estruendo. Recuerdo mi chapurreo del francés ante la atenta y complaciente mirada de mis padres, mientras el peregrino del sol me felicitaba por el buen acento. Éramos demasiado jóvenes, pero sabíamos que España era diferente y la filmografía española de la época no se cansaba de afirmarlo, de manera un tanto burda como despreciativa. En aquella época no podía entender cómo los españoles aplaudían tal mezcla de desatinos sarcásticos. Ahora pienso que la risa es el mejor antídoto inconsciente para el patetismo mísero que nos envolvía.

En cierto modo, el estilo mundano de los turistas nos confrontaba con el atraso económico y cultural en el que vivíamos, aunque todo eso pasara desapercibido, porque la edad, el juego, la música y la jovialidad del momento no nos dejaban tomar verdadera conciencia de la situación. Eso sucedería más tarde cuando se nos concedió por decreto una libertad que, necesariamente, habría que subjetivar. Pero en ese antiguo mundo, en el que algunos afortunados nos mezclábamos con los turistas, reinaba el empuje del deseo y la búsqueda de un placer que, en ocasiones, se nos antojaba demasiado prohibido para nuestra mirada. Así parecía ser España: sol, sombra y aguardiente.

No, en aquella época los españoles no hacíamos verdaderamente turismo sino emigración. Emigrábamos, como siempre hemos hecho a lo largo de nuestra historia, en busca de trabajo y algunos, de libertad. Porque la emigración ha sido para muchos, al contrario de todos esos turistas que se refrescaban en nuestras playas saboreando la sangría, la paella y el sol, la única salida para paliar la miseria económica y cultural que, durante tanto tiempo, se mantuvo silenciosamente adueñada de nuestras mentes.

Más tarde llegó la apertura de todo, estúpidamente denominada «el destape», y hubo un tiempo en el que creímos poder salir del atraso, en que comenzamos a viajar manejando lentamente todos aquellas lenguas que se nos habían resistido durante tanto tiempo, llegando incluso a pensar que formábamos parte de esa misma Europa idealizada, como un país más. Pero el sentimiento de inferioridad del español ha sido siempre una de nuestras lacras más notorias, que se agudizaba aún más cuando visitábamos a nuestros vecinos del norte. Tal vez por esa imagen de español reprimido y emigrante, huérfano de su tierra natal, que hacía todo aquello que los demás no deseaban realizar. Lo cierto es que en aquellos años siempre tuvimos que entrar en Europa por la puerta trasera y con disculpas de todo tipo. Porque nuestra cultura resultaba rancia para los demás, la industria no era demasiado competitiva, la agricultura de subsistencia se mantenía a duras penas y la investigación era un asunto que no nos concernía, porque para eso estaban los países desarrollados. Luego lo nuestro era el turismo y el ladrillo para disfrute fundamentalmente de la extranjería. Ese mismo hormigón que en los años sesenta destruyó de mala manera todas nuestras costas, así como ese bello paisaje que tanto atrajo a los románticos de todas las épocas, para descanso de un turismo cada vez menos exigente y masivo. Pero eso era el progreso para un país convertido a marchas forzadas en servicio de los demás.

No hay más que ver ahora en qué se ha transformado nuestro territorio en los últimos años, mientras la gente, infinitamente mejor preparada que antaño, sigue nuevamente emigrando en busca de una oportunidad que se le niega en nuestra tierra. Resulta patético, ¿no? Y ahora, en plena desescalada del covid, vuelve a resurgir el motor del mercado español, el de siempre, el que nunca ha cambiado, el que nos otorga nuestra seña de identidad en Europa, ese mismo que nos mantiene reos de nuestro pasado como siervos de los demás: atraer nuevos turistas extranjeros, a pesar de que el virus esté presente, ahí, en todos los escenarios.

Mientras nuestros políticos se enzarzan en sus asuntos y en el resto de países se adoptan medidas de aislamiento, restricciones al ocio o cierres de hostelería, nuestras fronteras se van abriendo de par en par para la llegada de turistas, a la vez que nuestra población permanece enquistada mientras se les solicita un pequeño esfuerzo más. ¿Es esto una paradoja o una simple incongruencia hispana? No, en absoluto es una incoherencia, es nuestro destino de estar al servicio del resto de Europa.

Así que, a pesar del paso del tiempo, España sigue siendo la misma, aunque en el camino haya perdido su cultura y su gente, en aras de un progreso al que siempre dimos la espalda. El asunto espinoso y crucial que se nos presenta ahora, es si esta mentalidad de servicios, que hace insignia, y a la que parece estamos abocados en este siglo, ¿será suficiente garantía para todos los españoles?

Hoy más que nunca el horizonte de la «renta vital mínima» está cada vez más cerca, como medida de subsistencia.

Turismo, hostelería y restauración
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