lunes. 15.08.2022

Cuenta o más bien canta Lucano en la Farsalia que, cuando César ordenó talar un bosque en las cercanías de Marsella, los soldados se quedaron paralizados de terror: aquel era un bosque sagrado, ámbito de los druidas con árboles salpicados de sangre de los sacrificios y con dioses representados en los grandes troncos, y los soldados, campesinos al fin, temían que sus hachas rebotaran para herirlos a ellos. César necesitaba la madera para sitiar la ciudad y entonces él mismo blandió el hacha y la clavó en una encina. Y dijo: «Para que no nadie dude, ved la profanación que he cometido».

Un milenio y medio más tarde, cuando Hernán Cortés mandó derribar en los templos mejicanos los que para los españoles eran horrendos ídolos, los indios aterrados, suplicaban en vano detener la bárbara acción: ¿qué sería de ellos sin sus dioses protectores, quién les iba a garantizar la lluvia y las cosechas, la victoria en la guerra?

Soldados de César, indios mejicanos vivían en un mundo encantado. Y en ese mundo han vivido todos los campesinos de diferentes culturas y rincones geográficos, de manera que esas dos son historias antiguas, que sin embargo no difieren tanto de otras mucho más cercanas en tiempo y espacio, como pueden serlo cualquiera de las comarcas de nuestra provincia, pertenecientes a la misma tradición campesina milenaria, en la que vivían soldados de César y mejicanos de Cortés.

Uno de los momentos importantes en los que se aprecia mejor esa imantación religiosa de la vida campesina es la primavera, no en vano ya la Pascua de Resurrección se sitúa en este momento de eclosión en los campos sembrados. Y entonces, con los aires más templados y sutiles, pero todavía lejos de la plenitud del verano, existía el peligro de que alguna helada tardía diera al traste con esos sembrados aún tiernos. Había una fecha concreta, ya mítica: el 3 de mayo, día de la Santa Cruz o Cruz a secas. Refranes y otros dichos y sentencias populares repiten la cantilena de «la cruz de mayo» como fecha temida, recogiendo sin duda una larga experiencia de desastre.

En Cabrera la festividad religiosa de esta fecha se conocía y conoce con otro nombre: Santa Elena. En realidad, la denominación exacta de la festividad es Invención de la Santa Cruz. Pero invención en latín es encuentro, hallazgo, y eso es lo que se conmemora, el hallazgo de la cruz de Jesús, debido al empeño de la madre del emperador Constantino, llamada justamente Elena. Y esa es la razón de celebrarla a ella el mismo día en recuerdo de su empeño afortunado.

Castrohinojo y Lomba son los dos pueblos cabreireses que la celebran con amor. En Castrohinojo la imagen venerada es una pequeña y preciosa talla románica. En realidad, según los expertos, es una imagen de la Virgen, pero por la razón que fuera, en el pueblo siempre se consideró Santa Elena y está bien así. Existía la costumbre de que, cuando la tormenta se anunciaba retumbante, alguien sacaba la imagen a la puerta de la iglesia, para que, asomada a la calle, su mirada la pusiera en fuga. En cierta ocasión vino una a principios de julio, de esas que arruinan los sembrados y avasallan la hierba en los prados. La tormenta fue larga y el agua se llevó la hierba segada en los prados pendientes. Santa Elena estaba asomada a la puerta de la iglesia, cuando acertó a pasar un hombre con fama de tan bruto, como buena persona. Se la quedó mirando y dijo: «Ylena, Ylena (así pronuncian Elena en Castrohinojo), cómo me jodiste la hierba». Fue un reproche dolido, es cierto, pero lleno de amor.

Mucho más atrevido fue el que le dirigió una mujer de Quintanilla en otra ocasión memorable. La costumbre en Castrohinojo era «guardar» la fiesta del día 3 de mayo, absteniéndose de trabajar. También solían hacerlo las gentes del vecino Quintanilla y su barrio Ambasaguas. Un año una mujer de este pueblo no respetó el día y fue a una huerta a hacer algún trabajo. Esa noche cayó una helada que le chamuscó los sembrados. Después se quejaba y advertía en su lengua desgarrada: «Muyeres, nun vayades a trabayar, qu’esa santa es una puta».

De la Elena de Lomba recuerdo una anécdota gloriosa. La ermita se alza en un vallecito en el monte, lejos del pueblo, ya en el límite con Odollo, para cuyos vecinos era igualmente familiar, porque la consideraban también suya, y de hecho celebraban su fiesta en aquel rincón frente a la ladera que acoge el viñedo del pueblo. Un hombre se puso un año muy enfermo y hubo de ser ingresado en un hospital de León con un pronóstico muy severo. Era un gran devoto de Santa Elena y le hizo la promesa de ir a su ermita, si se curaba. Y el caso es que mejoró y le dieron el alta. Llegado el día de la fiesta, aparejó el burro y allá que se fue, atravesando los viñedos ladera abajo hasta el río Cabrera para emprender a continuación la subida por la opuesta. Cuando llegó al lugar que se asoma a la ermita, se bajó del burro y gritó la más bella fe de vida que pudo nunca oírse: «Santa Elena bendita, ya estoy aquí. He venido, Santa Elena». Y la declaración voló a rendirse a los pies de la imagen amada, pero su voz siguió sonando en la mañana, más allá de la ermita y el silencio.

Un mundo encantado
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