sábado 28/5/22

Me lo dijeron desde que era un niño. Convéncete, el infierno no existe, «el infierno son los demás» (J-P Sartre). Y en ocasiones, yo repetí la frase desoladora, porque sonaba solemne, pero ahora creo que la frase no está del todo ajustada a la verdad. Dudas me entraron tras vivir la guerra en Nicaragua. Allí me di cuenta que muchos demás, en realidad, sí eran un infierno, porque atribuyéndose poderes maléficos habían matado de hambre al pueblo, lo habían privado de libertad, y ahora lo masacraban como a animales llevados al matadero. ¿Y quién hizo justicia con aquellos asesinos? Ellos fueron un infierno para su pueblo. ¿Y dónde está el infierno para ellos?, aunque, el que a hierro mata, a hierro muere. Y la receta que tantas veces Somoza dio a sus generales para masacrar al pueblo nicaragüense, la recibió él, cuando, un día cualquiera, en una calle de Asunción, Paraguay, un bombazo lo arrancó y se lo llevó de la tierra de los vivos.

Bondad y felicidad no son moneda de curso legal para todos. La felicidad es para quienes cada mañana se despiertan dando gracias al cielo por la dicha de vivir, por la alegría de los pájaros cantando en el jardín, por el perfume de las flores, la sonrisa de los niños, el vigor y el empuje de los jóvenes, la madurez y la experiencia de los adultos, y el paso indeciso, cansado, pero solemne de los ancianos y enfermos. Esto es el cielo en la tierra, el camino, trillado y en ocasiones monótono, pero seguro para alcanzar la felicidad, y es que no toda la humanidad es un infierno. Estos son solo parte de los demás que no le pertenecen al infierno.

Desde que el mundo es mundo, hay apodos para casi todos los tiranos. Para los Somoza, los «siete pañuelos», para un antiguo gobernador de León, «el carnicerito de Málaga». El iracundo, el «soso», el hombre de acero», para Stalin. Todos ellos, los muchos que en el mundo han sido que, han derramado sangre inocente, no pueden disfrutar de toda esa belleza. Porque ni todas las Sábanas Santas regadas por el mundo serían capaces de recoger la sangre toda, y todas las lágrimas derramadas por los pueblos masacrados por las tiranías. Ni la tierra, ni el cielo, ni el más allá misterioso es para quien cada mañana se levanta contando muertos, sigue contando muertos a mediodía, y por la noche, el recuento se duplica, sin que, por ello, deje de dormir, y sueñe amasando su ración de muertos para el día siguiente.

Si el cielo no es para todos, algún otro misterioso lugar tiene que haber para que los genocidas, los que machacan a los pueblos, los que se burlan de las lágrimas de una madre, los que no miran la faz de los niños asesinados, el llanto de las mujeres violadas, la osadía de quien mata con un tiro en la espalda, sin ver la cara de quien ni siquiera conoce, ni la amargura de sus gestos, ni la triste soledad de no poder levantarse y seguir en bicicleta hasta la casa donde esposa e hijos siguen angustiados y en balde esperando su llegada. Para los que se callan, oyendo los gritos de la madre que, tirando de una pierna saca a su hijo muerto del pozo, los horrores de las zanjas esparcidas tras el retroceso del ejército ruso, donde miles de civiles: ancianos y ancianas, hombres, mujeres, adolescentes y jóvenes, incluso niños, tal vez mártires todos ellos —tal vez sin ninguna causa, ni buena ni mala—, sino simplemente por el ansia del cazador al que dispararle a la presa humana, fue el delicioso y madrugador placer, o un aperitivo antes de la orgía nocturna. Es difícil imaginar a esos cazadores haciendo puntería con los pobres de la tierra —tan pobres como ellos—, esperando como premio la carcajada del colega o la condecoración del dictador.

Si el cielo no es para todos, ¿dónde van a ir los asesinos de tantos inocentes?

¿Dónde va a ir quien ha lanzado sus tanques como manadas de lobos feroces, dirigidos por cosacos ahítos de sangre, para martirizar a un pueblo inocente?

¿Dónde va a ir quien dirigió sus aviones y helicópteros como pájaros de fuego y muerte contra un pueblo campesino con casas de madera y techos de latón?

¿Dónde va a ir —nadie querrá recibirlo—, quien destruyó hospitales, escuelas, edificios enteros, fábricas e industrias, dejando hambre, dolor, desolación y muerte por doquier?

¿Dónde va a ir quien ha violado, torturado, robado, asesinado por la espalda, tirando en zanjas comunes a miles de ucranianos?

¿Dónde va a ir quien, miente más que un bellaco, mantiene a su pueblo en las tinieblas y, condecora a quienes cometieron todas esas atrocidades en su nombre y a su servicio?

¿Dónde va a ir quien amenaza a la humanidad con sus armas nucleares, si sus proyectos de destrucción y muerte en Ucrania no se ven cumplidos?

¡Putin, Putin…! Solo un acento final te falta para añadirte a los Nerones, los Hitler, los Trujillo, los autores de la masacre de El Higueral (El Salvador), las juntas dictatoriales o inquisitoriales que hubo, asesinos de pueblos, criminales, genocidas de la humanidad, a los que, como a Caín, «Él les dirá, la voz de la sangre de tu hermano clama justicia a mí desde la tierra. ¿Qué estás haciendo?» Y todos los caínes del mundo tendrán que dar explicaciones por la sangre derramada.

Putin cree que está siendo el enviado del cielo para hacer la voluntad de Dios, aniquilando apocalípticamente a Ucrania. Y es que el patriarca de todas las Rusias, Cirilo I, sin hacerle caso a Francisco I —que le dijo, «ve y dile a Putin, que, la guerra nunca es camino»—, pero Cirilo I, no tuvo valor para decirle nada, y ante el mundo, roció con agua bendita al zar de todas las Rusias, Putin I. ¡Qué vergüenza para todos los cristianos! El patriarca y el zar se santiguan y cantan, mientras los aviones, los tanques, la desolación y la barbarie se abaten sobre Ucrania en divina misión de tierra quemada.

¡Qué paradoja!, mientras los pobres ucranianos mueren o angustiados esperan la muerte, el representante de Cristo en Rusia compadrea, haciéndole el juego, con el tirano. Qué tiempos aquellos de la Iglesia del silencio, perseguida y humillada, pero divina, admirada y querida, con la que ahora se nos presenta, colaboradora con el régimen que la tiene asustada y bien amarrada, mientras masacra a sus hermanos. Riqueza y poder, tapan la boca, de quien no se atreve a decir públicamente que el zar Putin I es un genocida, y bien seguro que Cirilo I, lo sabe, pero como un muerto, el hombre llamado a denunciar y a gritar, se muerde la lengua y se calla.

¡Qué pascua rusa le han preparado al mundo la locura de un zar ambicioso, y la cobardía de un patriarca miope que santifica la invasión de Ucrania como «guerra santa» contra terroristas!

Y fue por eso que, aunque le vi con la cruz, no le tomé por cristiano.

Y aunque le vi con la cruz, no le tomé por cristiano
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