viernes. 12.08.2022

No es verdad el panorama idílico que se pinta en busca del voto; la vida perfecta sólo parece posible si todo el mundo durmiera con quien sueña; el resto, ajetreos; turbulencias, las que despejan la bruma de las mañanas plomizas de mayo y terminan por aflojarle la risa a las tardes del fin de semana, o el mítico aleteo de las mariposas que tanta esperanza infunde a los que comienzan una campaña electoral sin tener asegurados, siquiera, los veintisiete votos de compañeros de lista. Con la paz entre el tálamo y la mollera se agota una fuente esencial de conflictos, agitadores de los cimientos del equilibrio mínimo que necesitan los mortales para emerger sensatos, de vida interior envidiable, y disimular la batalla desatada que libran cada día en su cabeza. Nueve de cada diez problemas generales nacen de pequeños inconveniente particulares; el décimo será por mascar chicle con azúcar. Estas campañas electorales de cercanía son trenes que vuelven a poner a cero los relojes de la memoria para recordarnos lo viejos que somos y lo tontos que fuimos por bailar sin rechistar ni descanso las melodías cautivadoras que arreglaron mensajes mediocres, de ritmos pegajosos, indigestos; hasta que las urnas y los pies reventados aconsejaban el paso a la reserva después de haber mantenido la verbena que alumbró los últimos cambios; con los cambios llegan siempre las tragedias, por esas puertas que intencionadamente dejan entreabiertas, reclamo irresistible a la curiosidad. Los cambios que empujan los votos acarrean frustraciones en los sueños de las megalomanías políticas; acordarse de Fernández Ladreda ayuda a presagiar el futuro que pinta en Ordoño II. Las campañas electorales son convenciones de queseros en mitad del cuento de la lechera; orgías de curtidores de pieles de osos sin vender; una oportunidad única para convencer a un elector de que se meta en la urna con alguien a quien no le compraría un coche de segunda mano, o con quien no iría ni a coger duros. Luego, tienen un punto similar al dolor que deja el amor; que cuando acaba, el dolor, empuja a salir a la calle a buscarlo; la última, sin ir más lejos, dejó corazones rasgados que ahora regresan a la lona con las costuras de las cicatrices a punto de reventar.

Qué viejos somos, qué tontos fuimos
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