viernes 20/5/22

El aparato se tragó el ‘cedé’ empujado por mi dedo y al instante me devolvió el segundo movimiento, ‘largo’, de un concierto para violín de Vivaldi, el cuarto (o Invierno) de los conocidos como Las cuatro estaciones. Estaba en plena selva y el coche avanzaba pesadamente por un camino de arcilla roja y pegajosa, rasgado a grandes grietas excavadas por la lluvia infinita del invierno tropical.

Yo me encontré de pronto inerme en manos de aquella melodía y su tristeza melancólica, aislado de la selva por los cristales del coche todoterreno, cuando empezó una lluvia torrencial, un aguacero repentino de esos que en el trópico parecen dejar al cielo sin reservas de agua. Así que, anclado provisionalmente entre dos mundos, mientras el coche cabeceaba sin parar, me preguntaba qué hacía una música como esta en un sitio como aquel. La música me remitía a un mundo tranquilo y ordenado, aquella Europa mediterránea, donde el llamado «cura pelirrojo» había compuesto música y más música hasta el ultimo suspiro de su apacible existencia. Pero, ¿de dónde venía la tristeza emanada por la voz del violín? ¿O era tal vez que la tristeza solo estaba en mí, recordando aquel mundo que era también mi viejo y añorado hogar?

Fue ya a principios del siglo XX, cuando al frente de compañías bananeras y en lucha con la selva sembraron los valles de plantíos de plátanos y fundaron en torno a ellos poblaciones con nombres de ópera

Al otro lado de los cristales se extendía la nueva tierra que un día lejano se había aparecido a los rudos campesinos españoles con los acentos deslumbrantes de un repentino paraíso; una tierra que fulminó su costumbre de vivir al ofrecerles un mundo nuevo y desmesurado con los árboles más altos jamás vistos en bosques de nunca acabar, frutas dulcísimas, ríos anchos de tan lento fluir que se dirían inmóviles, extraños pájaros parlantes, serpientes instantáneas, monos gritadores columpiándose en las ramas de los árboles y nativos semidesnudos, cuya sonrisa volvía su cara aún más redonda.

Solo que no hay paraíso sin manzana. Tal vez ellos no lo supieran o ya lo habían olvidado, pero allí estaba la manzana original de la codicia y la mordieron tan a gusto y con tanto afán que, en un intento inaudito de subvertir o invertir el mito, fueron ellos los que expulsaron al paraíso. Yo no podía ignorarlo y acogí la melodía del violín en «andante» como el lamento triste por una pérdida irreparable.

El vehículo marchaba por un rincón de la misma tierra que muchos años atrás había padecido a un presidente impresentable, un militar lamentable que a sus desafueros represores añadió delirios de presunto científico. Uno de sus inventos hilarantes cuajó en el remedio prescrito para atajar una epidemia de escarlatina, todo un disparate legendario como lo fue su orden de recubrir las pocas bombillas del alumbrado público con papel de celofán rojo. Su carrera científica marcó un hito de gloria en los anales correspondientes, cuando anunció la existencia de otros cinco sentidos que sumar a los cinco sabidos hasta entonces, y entre ellos, como ya podía esperarse en un macho de su laya, el bautizado como sentido de la procreación. Y ya en el límite de la apoteosis, él proclamó en fin —y debe entenderse como el término de esta serie y no de sus desastres incontables—, que matar una hormiga era delito mayor que matar a un hombre, porque este podía reencarnarse y aquella no. Así fue como con el aval de teoría tan depurada no tuvo reparo en «echarse», como dicen en Centroamérica, a más de 15.000 campesinos, una matanza de proporciones bíblicas, cuyo solo pensamiento puede infundir temblores de ansiedad en la conciencia más roma.

Pero un hombre solo sería incapaz de completar hazaña tan mortífera sin el concurso, por activa o pasiva, de otros intereses y otras codicias multinacionales. Muchos años después de los españoles, los que llegaron fueron por casualidad unos paisanos de Vivaldi. Fue ya a principios del siglo XX, cuando al frente de compañías bananeras y en lucha con la selva sembraron los valles de plantíos de plátanos y fundaron en torno a ellos poblaciones con nombres de ópera. Y alguna vez, cuando acuciaba la nostalgia, cantaban canciones de la tierra lejana, evocando con los ojos cerrados el paisaje familiar de suaves colinas cubiertas de vides y de olivos, al fondo un mar sereno y sobre el mar el azul en bloque de un cielo luminoso. Solo que al abrirlos allí seguía aquel otro paisaje de su aventura allende el mar, no menos bello y mucho más vibrante con el brillo de un verde exacerbado en masa tras la lluvia.

Una melodía me había conmovido también a mí. Pero a todo esto ya había cesado el aguacero, de modo que detuve la música y bajé los cristales. Por la ventanilla entró un aire muy cálido, una bocanada de aliento tierno y vegetal, exhalada por la tierra y los árboles lavados y aún chorreantes. Allí seguía aquel verdor innumerable y fragante de después de la lluvia. Sentí entonces compasión de una música tan frágil y desprotegida frente a la fabulosa exhibición genésica del mundo vegetal que me rodeaba con toda aquella potencia seminal capaz, igual que se comía los caminos, de tragarse dictadores, imperios, ambiciones y músicas, aunque fueran tan bellas como la de Vivaldi. El paraíso había vuelto y yo estaba allí.

Vivaldi en el paraíso
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