lunes. 27.03.2023

Desde hace tiempo esperamos que se acabe ya la erupción volcánica. La verdad es que irrumpió de repente en la televisión y nos tuvo maniatados durante días, como si fuera una cosa transitoria. Pero ya va para largo y, a día de hoy, después de más de dos meses se oyen algunas voces que quieren tranquilizarnos con el próximo cese de sus bocanadas. Quedan detrás hectáreas arrasadas de construcciones y plantaciones, así como fajanas robadas al mar. No obstante, en el ánimo de todos prima el cese de los bramidos del volcán.

Los vulcanólogos estarán, dentro del vaivén de sensaciones, en su salsa. Tienen a mano un volcán vivo que se expresa con una explosividad sin parangón. Las bocas de emisión de lava se levantan en lenguas de fuego hacia el cielo para después buscar ladera abajo el mar, mientras van arrasando cuanto encuentran de camino. Las coladas avanzan con más o menos pereza quemando cuanto aparece, con una energía tal que engulle lo que toca. Parece que los edificios fueran de papel.

Los palmeños han tenido que desalojar sus casas y vivir confinados hasta que el volcán se calle. Algunos han podido salvar algunas pertenencias, en el mejor de los casos. La mayoría marcharon con lo mínimo y saben que ya nada será igual. Esperemos que no se olviden de ellos las autoridades. Todos los que han tenido que salir de sus casas están a la expectativa del final. Mientras, han de cuidarse de los gases contaminantes y de la ceniza, que cubre y a veces sepulta carreteras y casas.

Visto desde la distancia hasta parece hermoso el espectáculo que se nos ofrece, si no fuera que la destrucción y la impotencia están causando pérdidas irreparables. Las coladas, los ríos de lava brillan en su andadura y dan rienda suelta a las erupciones de las bocas volcánicas. Los conos acogen el magma que a impulsos levantan llamas de magnitud descomunal. En el cono del volcán rugen los innumerables terremotos que alertan sobre la fiereza del fenómeno. Toda esta actividad sísmica deja un rastro de paisaje inerte que pasma, aunque, pasado el tiempo, se pueda revertir el terreno y hacer fructificar sobre él nuevas plantaciones. Parece que el ecosistema marino puede recuperarse en menos tiempo.

Los que estamos a distancia estamos expectantes, deseosos de que esta actividad cese, con el ánimo de ver el final de un acontecer peculiar. No medimos con certeza la magnitud de este suceso, no nos hacemos a la idea del aporte que el volcán está depositando en la isla, nos extrañan los colapsos y los flujos, nos deslumbran los ramales y los lagos de lava, nos asusta el rugido de la noche en medio del silencio, nos acercan los drones al misterio de los cráteres, nos asusta la calidad del aire y el tornado de piedras…

Pronto cesarán las bocas eruptivas de alzar llamas y humos y vendrá la calma. Una calma para el exterior, para el turista y el televidente. Luego empezará la reconstrucción, la revisión de daños, el alzamiento de nuevas viviendas y carreteras, el deseado reencuentro con el pasado. Todo será distinto para muchos, para aquellos que lo han perdido todo. Pero más allá de toda destrucción, se levanta la vida de cada uno. Y esa vida está por encima de todo y será la pieza angular para volver a empezar. Ahí deben estar todos a una, y a la cabeza la Administración.

Cuando voy a entregar este escrito, por fin ha dejado de rugir y fluir el volcán. Parece que ha llegado su final. O eso nos parece. Solo la prudencia nos detiene. Nada será igual si, por fin, hace mutis por el foro y nos alerta sobre una nueva tentativa de vida. El éxtasis vivido a través de los reporteros y de los propios damnificados deja en el vacío un futuro incierto. Ojalá llegue pronto y sin recortes esa ayuda necesaria para poner en pie toda una isla. Se lo merecen.

El volcán de La Palma se despide en silencio
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