Diario de León
Publicado por
MANUEL CUENYA
León

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EL ARCHICONOCIDO timo de la estampita, aunque pudiera parecer increíble, sigue dando buenos resultados en este mundo, en el que la avaricia acaba rompiendo la talega, de lo contrario nadie caería en esta vil trampa, pues quien cae es porque, en el fondo, está convencido de que recibirá una cantidad de guita superior a la que entrega voluntariamente a los timadores. Toquemos madera. Y no demos pie ni mano para que nos metan en salazón cual si fuéramos chorizos de Molinaseca. Como le ocurriera hace unos días a esa ancianita que abordaran unos cabrones a la altura de la calle del Cristo de Ponferrada. La avaricia no sólo acaba rompiendo el fardel, como suele decirse, sino que además se convierte en la sombra flageladora de quien aspira a recibir el oro y el moro. No se trata aquí de defender a unos estafadores sin escrúpulos que atentan contra la dignidad y la ignorancia de una viejecita o de cualquier ser desamparado, sino de concienciar a la población de que nadie, incluso quienes se nos muestran con apariencia simpática, nos van a regalar dinero por el puto morro, por nuestra jeta bonita, sin nada a cambio. Todo tiene un precio. Y en este caso el precio se paga muy caro. No están los tiempos como para que a uno le vayan obsequiando dinero por las esquinas. Confórmate, oh vecino, compañero, con lo que tienes, que nadie en su sano juicio te va a dar lo que no tiene, aunque te jure y perjure que te lo dará. Sospecha incluso de quien te habla con buenas palabras, pues en muchas ocasiones el sablista se muestra harto amable. Es ésta quizá su estrategia, acaso la mejor forma de entrarle al personal, sobre todo si lo que uno quiere es obtener algo, algo más. Los timadores, que no tienen un pelo de bobos y sí ojos de aguilucho, suelen elegir bien a sus presas. Casi siempre son viejecitos desmemoriados o desvalidos quienes pagan el pato. Pardillos que aún creen en la bondad humana. Los embaucadores suelen atinar al plato como un buen tirador. No se acercan, los muy capullos, a quienes se desenvuelven con soltura y andan avispados por los caminos trillados de la picaresca, esos caminos mil veces recorridos por los muchos pícaros que en nuestra España fueron, han sido y serán. La picaresca es algo que forma parte de nuestra idiosincrasia. Aquí el que no corre vuela, y hasta el más lelo es capaz, si lo dejas, de hacerte un reloj, averiado, claro está, y llevarte al huerto en un quítame allá esas ojeras. Fíate del tonto, del «tonto» disfrazado, que acabarás envainado.

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