miércoles 27/1/21

Otra oportunidad perdida

Uno de los flecos colaterales en todo el embrollo de la negociación del Brexit que quizá no ha tenido demasiada repercusión ni en ámbitos políticos ni mediáticos ha sido el de Gibraltar y las condiciones en que va a quedar en lo sucesivo su relación con España y con el resto de la Unión Europea. Por primera vez desde la reapertura de la Verja en 1982, España tenía la sartén por el mango para imponer condiciones y avanzar hacia la recuperación de la soberanía del Peñón, ya que era la UE y no España de modo unilateral el que imponía la lógica implantación de una frontera física con control de pasaportes y mercancías en el límite entre España y Gibraltar. Pero hemos desaprovechado la ocasión lamentablemente y, al final, los llanitos se quedan con lo mejor de los dos mundos: siguen siendo británicos, con lo que pueden mantener en pie su legislación de paraíso fiscal; nido de lavado de dinero negro de orígenes dudosísimos; refugio de sociedades instrumentales opacas a cualquier fisco; refugio, en su tradición de amparo de contrabandistas y piratas, de negociantes que disfrutan de una fiscalidad privilegiada mientras juegan al golf en las cercanas urbanizaciones de lujo como Sotogrande o las de la Costa del Sol.
¿Y por qué hemos llegado a ese grado en la cesión? Pues para mantener los ocho o diez mil empleos de españoles del campo de Gibraltar en la Roca. Empleos de miseria. Porque, en realidad, Gibraltar ha vampirizado la economía de la zona condenando al subdesarrollo al entorno mientras el dinero turbio se refugiaba en su oscuro entramado societario. Y, a cambio, ha proporcionado empleos serviles de ínfima cualificación a unos cuantos miles de españoles que cada día cruzan la verja para servir a sus opulentos potentados del otro lado de la Verja. Les dejamos entrar y salir sin controles fronterizos, permitimos que sigan siendo un lavadero de divisas para organizaciones mafiosas, impiden un adecuado combate al narcotráfico, acogen a planeadoras que cruzan el Estrecho cargadas de droga y les mandamos mano de obra barata para el servicio doméstico o los empleos que ellos, desde su dorada prosperidad, no desean ya ejercer.
¿Qué se tenía que haber hecho? Aprovechando el Brexit, volver a implantar la frontera física y sus controles en la Verja. El argumento era muy sencillo: si ustedes quieren seguir siendo británicos, y el Reino Unido se va de la UE, entonces ustedes quedan fuera de la UE en ese mismo instante. No vale para nada que un alto porcentaje de llanitos votara en contra del Brexit en el referéndum. No se puede estar al plato y a las tajadas: o británicos fuera de la UE o, si tanto les interesa seguir sin frontera con Europa lo tienen muy fácil: vuelvan a la soberanía de España. También se debería abordar un programa serio de desarrollo de la zona del Campo de Gibraltar que ofreciera a sus jóvenes una mejor alternativa que dedicarse al narcotráfico o trabajar por cuatro perras en el Peñón. No es tolerable que se juegue y se venda nuestra soberanía por unos miles de empleos mal remunerados.
¿Cómo hemos quedado al final? Pues, lamentándolo mucho, una vez más, como la meretriz que, además de prestar su humillante servicio, tiene que pagar la cama. Les hemos dado todo lo que querían a cambio de unas migajas. Una pena. Ni barcos, ni honra. Es hora de reclamar más alto que nunca: ¡Gibraltar español!
Isaac Courel Valcarce (economista)