martes. 29.11.2022

¡Qué se mueran los viejos!

Nací en Grajal de Campos, en mi casa. En aquellos tiempos el médico solo tenía que cruzar la calle para atender los partos, porque en Grajal, como en casi todos los pueblos de León había médico.
En mi infancia y en mi juventud conocí médico y practicante, maestro, veterinario, párroco y capellán de las monjas. A todos ellos los tratábamos respetuosamente de usted y siempre pronunciábamos su nombre con “don” delante. “Donlucio” o “Donicasio” eran unidades gramaticales en sí mismas, amén de instituciones sociales.
Un día llegaron unos políticos a contarnos que se había descubierto algo maravilloso, llamado autonomías, y que gracias a ellas la administración iba a estar más próxima al pueblo administrado; que pronto pasaríamos de ser un apartado pueblo de León a ser una nueva Jauja.
Dicho y hecho, en pocos años, como dirían en Román Paladino don Camilo José Cela o don Francisco Umbral, todos los servicios se fueron a tomar por el culo. Un día se fue la maestra (la seño) para no volver jamás, le siguió el veterinario y el capellán de las monjas. También el médico y el practicante dejaron de serlo del pueblo para pasar consulta de vez en cuando o venir a certificar defunciones. Hasta las monjas se fueron, porque nuestro señor obispo, que rezará mucho por nosotros, pero nos ama poco, participó también del cesaropapismo castellano y no cuidó a sus ovejas como Dios manda.
El paroxismo llegó hace cuatro o cinco años siendo caudillo de Castilla el tal Juanvi. Por la penuria de coches al servicio de los médicos de la vecina Sahagún, se pusieron las consultas médicas en Grajal de 8 a 9:30 de la mañana, a 10 bajo cero algunos días de invierno, porque a las 10:00 de la mañana el coche tenía que estar a disposición de los servicios veterinarios. Y es que, en opinión de la Junta de Castilla y León, los cerdos castellanos (y me refiero a la cabaña porcina) tenían prioridad a los pacientes leoneses de Grajal.
Y finalmente llegó la puntilla. Leo en este diario, que esta misma semana, bajo el pontificado del Mañueco diabólico y el antileonés i-Jeta, cobardemente y con alevosía, un mandado de la Junta ha pinchado un cartel a la puerta del consultorio informando que el médico reduce el número de consultas a dos, una o ninguna a la semana. Y, esto lo añado yo, en un pueblo en declive demográfico y con la población envejecida, cuando más atención se necesita: ¡qué se mueran los viejos!
La desatención al mundo rural ya no es solo desinterés, es infamia y miseria moral perpetrada desde la lejana Valladolid por unos señoritos, unos jetas y unos muñecos diabólicos títeres de los cárteles de la automoción y la viticultura.