sábado 28/5/22

Juan José del Riego. In memoriam

No suele la muerte acompasarse muy armónicamente con la vida a pesar de ser su desenlace natural. Por eso a ese trance le damos el nombre de agonía, es decir, lucha. Achaques, vejez, enfermedad, hacen a menudo del final de la vida una pelea perdida de antemano, pero sobre todo a menudo dolorosa. Pero a veces sí ocurre, y entonces al tránsito le llamamos dormición. Así se dice de una vida que se apaga dulcemente al ritmo de la llama que se extingue, del sueño que te toma. Todos suspiramos por que así sea nuestro último suspiro ¿Se deberá ello al azar o a alguna característica personal? Yo quiero pensar que en el caso de mi amigo y pariente el médico Juan José del Riego Fernández, la muerte, ante su talante pacífico, de hombre bueno, no quiso plantearle mayor contienda y se lo llevó de la mano aprovechando una sosegada cabezadita en el sofá de su casa a sus 95 años. Yo andaba iniciando la adolescencia cuando él acababa su carrera de médico. Es la edad en que los referentes son los hermanos mayores, y él, por edad y por familia, de alguna manera también lo era. Lo conocí viniendo en bicicleta desde Villadangos, donde vivía con sus padres, a Benavides, atravesando el río Órbigo por el puente de Santa Marina tanto tiempo sin concluir que se decía que desde Hospital, donde él había nacido, una mano púrpura estaba impidiendo su remate. Venía enamorado a ver a su novia Marisi Gordón con laque se casó y tuvo 7 hijos. Después lo vi iniciarse en su profesión allí mismo en Benavides. Y si bien en mi recuerdo aun lo tengo presente participando en compañía de los estudiantes universitarios del pueblo, como joven que era, en la rondalla y en las fiestas, y desplegando simpatía y buen trato con la gente, una anécdota de esas que marcan, quedó en mi vida. Había prestado sus servicios médicos a una familia. Entonces le preguntó a mi padre, primo de su madre, que qué le parecía, que si debía cobrarles. Y es que había oído que aquella familia económicamente no andaba muy sobrada. Al verlo así abrumado, mi padre muy pragmático: “Bueno hombre, bueno, algo podrán darte, que tú también tendrás que vivir”. No les cobró. Y de raza que le venía. Se comentaba en mi familia cómo su padre, Don Tomás del Riego, también médico en Villadangos, de aquellos médicos cuya vocación iba un paso por delante de la profesión, era en este sentido ‘una calamidad’. Lo del cobro por los servicios médicos… como que no le iba. Su mujer, Rosalina Fernández, con cinco hijos que alimentar, también hubo de traerlo alguna vez a la realidad. Porque allí no solo eran servicios a domicilio o consultas sin cobrar, era también algún plato caliente que venía de la cocina, o tantos viajes con enfermos que él mismo traía en su coche al hospital a León. En una investigación que realicé sobre un ‘desaparecido’ de 1936 en el monte de Villadangos, una persona ya muy mayor a quien yo preguntaba por los fusilamientos que allí tuvieron lugar, me decía que si no hubiera sido por el cura y el médico que se plantaban delante de los camiones de los falangistas para impedirles el paso, muchos más hubieran muerto allí. Su última travesía del río Órbigo, pues quiso ser enterrado en Benavides, me hace revivir eso que nos queda de los que se van y que aquí dejo someramente apuntado de este hombre bueno. “Estos chicos de Rosalina y Tomás siempre fueron muy noblotes” se decía en mi casa. Espiritualmente inquieto, conjuraba sus temores en su libro “La noche interminable” y en sus poemas. Y la muerte le fue benigna. Justo lo que corresponde a una vida larga y plena. José María Fernández Criado