Diario de León
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ernesto escapa
León

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Que vengan iniciativas para el medio rural, que sólo ha conocido mermas. Cuando apuntaba la democracia en España, el territorio que ahora forma Castilla y León hizo más de un alarde injustificado. Por entonces, sucesivos ciclos migratorios habían laminado el mundo rural, relegando al olvido o a una condición residual muchos de los oficios con tradición. De aquellas fechas fue el cierre de muchas minas de carbón, mientras algunos pueblos de nuestras periferias levantaban la bandera nuclear. Por esa vía íbamos a ser modernos. Pero Valencia de don Juan rechazó la instalación en el Esla de una central nuclear. La central recaló por fin en el Ebro burgalés, y hoy es el día que sus promotores industriales siguen pidiendo que se prorrogue la actividad durante otros diez años. Aunque sea la instalación más vieja del universo atómico.

Pero la central de Garoña no ha sido nuestra única contribución nuclear. Simultáneamente, funcionaron las minas de uranio de Sahelices el Chico, que está en el Águeda salmantino; la fábrica de combustibles de Juzbado, junto al Tormes; y las instalaciones de Lubia, en el Duero soriano, donde el franquismo jugó a fabricar su bomba atómica, después del susto con las pruebas en la ciudad universitaria de Madrid. Así que hubo un momento en que fuimos los únicos en disponer del ciclo nuclear completo. Sólo nos faltaba el cementerio de residuos, que el primer gobierno socialista proyectó en Aldeadávila de la Ribera, en el Duero fronterizo. A la vuelta de treinta años, se lo ha quedado, con su dote, la Mancha de Cospedal.

Las cautelas derivadas del accidente de Fukushima fueron reduciendo aquellos alardes a vestigios con fecha de caducidad, mientras el universo rural aspiraba a encontrar un horizonte despejado. Que no consista siempre en hipotecar sus expectativas. Unas veces, los mandobles vienen asociados al deterioro ambiental que ocasiona la tentativa de nuevas energías. Ocurrió con los cielos abiertos del carbón y luego con los parques eólicos. Y sigue ahí la amenaza del fracking, cuyas consecuencias resultan cada vez más temibles. Las compensaciones para esos daños terminan casi siempre en el capítulo de fallidos. Pasó con los planes Miner y viene ocurriendo con la ineficiente distribución de las ayudas de la Política Agraria Común.

Tampoco ha sido más venturosa la tentativa de reforma local emprendida por Montoro, aunque parece que va a incorporar correcciones sustanciales y, después de unos cuantos mamporros, este viernes el Consejo de Ministros enviará al parlamento un proyecto diferente de aquel primer guantazo al municipalismo. En la batalla para encauzar la reforma jugó un papel sustancial el rechazo de base de las pedanías, reforzado por la propuesta de Ordenación del Territorio de la Junta, que apoyan los partidos mayoritarios. Pero no es suficiente con dejar de recibir empujones.

El universo rural de la Comunidad, que dio la primera expresión al municipalismo español, mantuvo durante siglos repleta la despensa nacional con su actividad agrícola y ganadera. Incluso después de todos los despojos, sigue albergando el diez por ciento de nuestra riqueza, porcentaje que dobla al nacional. Por eso es tan importante que la apuesta del Ade Rural funcione. Hay un precedente positivo. En diez años, la industria agroalimentaria creció el 25% y no ha tocado techo.

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