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Balcón del Bierzo

Ernesto Escapa | Columnista de Diario de León

Diario de León | 10 de agosto de 2019

Congosto es un pueblo hermoso, con rincones apacibles llenos de sabor. La antesala de las eras recibe al viajero que hasta aquí llega y le ofrece el primer deslumbramiento ante la peña. Aunque vierte aguas al Boeza, Congosto asoma a las orillas del embalse de Bárcena, sobre el Sil. Pero no es lugar para entablar una disputa de cuencas la patria de Álvaro de Mendaña, descubridor de parajes tan lejanos y exóticos como las islas Marquesas y Salomón, allá por el dieciséis. Son Las islas de la imprudencia, de Robert Graves, que noveló aquella aventura.

 

El conjunto de Congosto se ve devaluado aunque no faltan ejemplos de meritoria recuperación. Sobresale en lo positivo la casona de los Canseco, blasonada y rasgada por un balcón pétreo. Y queda en el pueblo la granja de los frailes de la peña, que abajo labraban sus habichuelas. La iglesia nueva es obra mezquina de posguerra. Hasta el santuario de la Peña, que se eleva sobre uno de los miradores más aupados del Bierzo, se sube por una carreterita de montaña, que recorre dos kilómetros en lazo desde Congosto.

 

La peña de Congosto es un montículo que emerge en la planicie del Bierzo. En realidad, se trata de la última estribación de la Sierra Gistredo, que divide las aguas del Sil y del Boeza. Cuando las nubes no cubren su cima, como evoca un poema berciano de Luis López Álvarez, se convierte en la mejor atalaya de la comarca. La tradición sitúa en su cumbre la aparición de una de las siete vírgenes del Bierzo y efectivamente allí arriba descuella el santuario de la Peña. La imagen actual se adorna con una corona dorada que semeja un girasol desmedido para su talla.

 

Aparecida a un pastorcito medieval en la cumbre del picacho, el infeliz la bajó al pueblo, donde suponía que iba a estar mejor cuidada y más cómoda. Pero hete aquí que a la aparecida le gustaban los vientos y cada noche se marchaba de la iglesia del pueblo a lo alto del monte. Hasta que los de Congosto, que en este trance se mostraron un tanto duros de mollera, entendieron que lo que pedía era una ermita en la cima de la peña. Comparten el mirador de la peña el santuario, un hotel y el restaurante que ocupa el chalet del alemán Federico Honigmann.

 

La iglesia fue quemada en julio de 1936 y reconstruida por el ingeniero alemán en 1957, quien además aprovechó el tirón para hacerse en el mejor lugar una réplica del nido de águilas de Hitler en Berchtesgaden. Seguro en este resguardo, don Federico aprovechó los cotos Wagner y Vivaldi, que monopolizaron las explotaciones de hierro bercianas durante la posguerra. Los vestigios del coto Vivaldi emergen todavía en el camino hacia San Miguel de las Dueñas. Contaba con cargaderos directos al tren y siempre tuvo una solvente clientela centroeuropea.

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