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El arte de la convivencia

ENRIQUE MENDOZA DÍAZ ABOGADO | 05 de marzo de 2019

Un ejemplo clásico, muy descriptivo. Varios erizos se encuentran, y obedeciendo al instinto natural de estar juntos para calentarse entre sí y no sufrir el frío, se estrechan unos contra otros. Pero en este momento se dan cuenta de que así cada uno pincha a los demás. Entonces se separan. Más tarde hacen un nuevo intento de acercamiento, llevados por la necesidad de huir del frío; de nuevo notan la experiencia desagradable de los pinchazos. Finalmente encuentran una distancia media: así se calentarán algo y al mismo tiempo no se pincharán. Es entonces cuando queda constituido un orden social. El respeto a las ideas ajenas siempre supone las ideas propias. Lo mejor es enemigo de lo bueno.

En España es, por desgracia, muy corriente el menosprecio, el desdén y hasta el odio hacia los que no piensan lo mismo que uno, y ésa es la causa primera de la falta de convivencia auténtica entre los españoles. Veo con desagrado cómo se están obturando posibilidades abiertas, se van exacerbando las diferencias y las pugnas de intereses, en perjuicio de todos ellos; se abre paso la mentira y se pierde todo respeto a la verdad. Se ha empezado a llamar «fascismo» a cualquier cosa. Desde-el-otro-lado, se ha generalizado el nombre «populista» o «podemita» hasta cubrir todo lo que no sea «fascista». Se atiende, sobre todo, a lo político; ante una persona, no se mira si es simpática o antipática, guapa o fea, inteligente o torpe, decente o turbia, sino si es de «derechas» o de «izquierdas». El ambiente está cada vez más enrarecido: se dicen cosas atroces, absurdas, que causan vergüenza si se conserva la cabeza clara y un mínimo de decencia.

Hoy, en muchos países, está rota la unidad interior, porque algunas ideologías han roto la conciencia unitaria de la sociedad, y han producido un enfrentamiento de los ciudadanos que están enfrentados, radicalmente, porque su oposición arranca de maneras incompatibles de entender la vida. La fuerte y pertinaz proclividad de los españoles al adanismo, al gusto de comenzar algo como si en relación con lo que se hace nada se hubiese hecho o nada hubiese existido antes. La envidia. Este vicio cainita, que es la negación del diálogo, de la porosidad, de la comprensión, de la justicia y del trabajo en común, ha venido minando durante centurias las energías de nuestro pueblo. Llevamos demasiado tiempo reduciendo la ética a un casuismo farisaico y perturbador. La línea del bien es la del amor y la justicia; la línea del mal es la de la envidia y el odio. Ahí donde asoma la gratuita hostilidad hacia el otro está el máximo disolvente espiritual. Todo esto me parece lo contrario de lo que necesitamos.

Los nuevos tiempos requieren una nueva moral adecuada a los problemas de nuestra sociedad liberada-de-los-antiguos-prejuicios. Casi todo lo que se oye en muchas tertulias o predican los-influencers-de-moda es interesante para pasar el rato y diagnosticar a los protagonistas; pero no es razonable. Por miríadas se cuentan los escritores que, a pesar de su enciclopédica ignorancia y de su vaciedad especulativa, son prodigiosos artistas de la palabra. Son los especialistas de la emoción. Nuestros intereses, nuestros deseos, nuestros estudios, nuestro nacimiento, nuestro estado de ánimo, nuestra propia anatomía y las presiones sociales son otras tantas tentaciones de falsificación, ceguera, desvío y error. Hay que desposeerse de lo que no es racional para la aventura del pensamiento. La vida tiene un elemento de urgencia: sobre todo, porque una demora en aclarar algunas cosas puede significar que se cierren posibilidades que condicionan lo que va a ser el mundo durante mucho tiempo. Grandes desastres de la humanidad se podrían haber evitado si se hubiese ejercitado algo más y adecuadamente el pensamiento.

Se planea, por ejemplo, cualquier reforma de nuestra Constitución. ¿Se asegura así el éxito?: de ninguna manera. Todo depende de quien la lleve a efecto. La vida tiene siempre ángulos imprevisibles, meandros incógnitos que necesitan soluciones vitales. Para vivir ampliamente, generosamente, los pueblos, como los individuos, necesitan su estilo. Quizá España necesite un nuevo contrato social. O no. O, sencillamente, baste con mejoras, con nuevas formas de hacer política, capaces de construir un proyecto que genere ilusión a la mayoría de los ciudadanos. Donde lo importante sea el contenido, el qué se hace y el cómo se hace. El deterioro de las instituciones españolas no tiene su raíz en el texto constitucional.

Siempre he creído que, si la democracia no está inspirada por el liberalismo, por la llamada a la libertad, por su constante estímulo, pierde su justificación y acaba por convertirse en un mecanismo -más poderoso que otros- de opresión. El liberalismo se inscribe en este campo del humanismo, tanto en sus concepciones primarias como en su ideología política y su teoría económica. El resultado de esta manera de entender la libertad será el exclusivo protagonismo del hombre. Frente al espíritu de conflicto preconiza el espíritu de acuerdo: interdependencia, paz y bien común. Y, en mi opinión, la gran institución vinculativa es la Patria, capaz de resolver antinomias. La democracia consiste en que las mayorías ejercen el poder, y respetan a las minorías, sobre todo el derecho a intentar convertirse en mayorías; si esto se abandona, no hay democracia.

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