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TRIBUNA | El derecho a una muerte digna

Diario de León | 16 de octubre de 2019

La experiencia dolorosa de perder amigos, el encontrarnos en la estación de la «caída de la hoja» y por estar cerca el día de los santos y los difuntos, todo ello me ha llevado a hacer una reflexión en alta voz sobre algo tan inusual en los medios de comunicación y a la vez tan normal en la vida ordinaria como es la muerte y el derecho que tenemos todos a una muerte digna.

 

Muchas personas creen que la teología católica exige prolongar la vida el mayor tiempo posible, pero esto no es cierto. Desde el siglo XVI, los moralistas católicos han enseñado que uno no tiene que usar «medios extraordinarios» para prolongar la vida de una persona que está muriendo. Además, según Pío XII y Juan Pablo II, no hay nada de malo en usar medicamentos para eliminar el dolor de una persona moribunda «incluso cuando el resultado es una disminución de la conciencia y un acortamiento de la vida». Desde la perspectiva cristiana, el período de muerte es un tiempo de compasión y reconciliación. No se debe dejar de lado a las personas simplemente porque ya no pueden contribuir a la economía. Deben ser atendidas con amor, respeto y dignidad. Pero esto no significa prolongar la vida a través de medios extraordinarios. En 1980, la Declaración sobre la Eutanasia del Vaticano decía que «no se puede imponer a nadie la obligación de recurrir a una técnica que ya está en uso pero que conlleva un riesgo o una carga». Del mismo modo, en el Evangelio de la Vida de 1995, Juan Pablo II escribió: «Es necesario determinar si los medios de tratamiento disponibles son objetivamente proporcionales a las perspectivas de mejora. Renunciar a medios extraordinarios o desproporcionados no es equivalente al suicidio o eutanasia; más bien expresa la aceptación de la condición humana frente a la muerte».

 

Los problemas legales, éticos y médicos relacionados con la muerte nos obligan a pensar en cómo queremos morir, en desearnos una muerte digna y sin dolor. Pero hoy tendemos a dejar la muerte en manos de profesionales en hospitales y residencias de ancianos, ocultándola a la familia y a la sociedad. Como resultado, cuando nos enfrentamos con nuestra propia muerte, la de un miembro de la familia o la de un amigo, a menudo no estamos preparados para lidiar con la complejidad de las decisiones que es necesario tomar, especialmente con el uso de tecnología médica para prolongar la vida. Los expertos legales, éticos y médicos aconsejan a las personas que se preparen para largas y graves enfermedades y para la misma muerte mediante la firma de un documento anticipado y la elección de una persona que tenga un poder notarial para las decisiones de atención médica. El poder notarial para la atención médica designa a alguien para que tome decisiones médicas por uno mismo si está inconsciente o incapacitado. Este tipo de reflexiones siempre es embarazoso e iniciar una conversación de esta naturaleza con un familiar, amigo o conocido requiere diplomacia, pero cuanto antes se haga, mejor. Pensar en morir es un antiguo ejercicio espiritual personificado por la frase latina «Memento mori», «Recuerda que has de morir».

 

Después de los recuerdos y la reflexión sobre la larga enfermedad y la muerte de mis amigos, he llegado a la conclusión de que es necesario enfrentar la inevitabilidad de la muerte y planificarla para poder tener una muerte digna, a la que todo ser humano tiene derecho.

 

(En memoria de dos de mis amigos que se han ido este verano: Ángel Morán, amigo desde la infancia hasta hace un mes que nos dejó a la edad de 77 años, después de una larga y dolorosa enfermedad, y Santiago Villafañez, amigo y compañero de trabajo pastoral en la parroquia de San Francisco de la Vega, que también se ha ido este verano, después de una dolorosa enfermedad. Que descansen en la paz del Señor).

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