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El miedo

Ara Antón | 20 de septiembre de 2020

«El miedo está siempre dispuesto a ver las cosas peor de lo que son», decía Tito Livio, allá entre los años 59 a. C. al 17 d. C. en Roma. Era historiador, así que me gustaría, por aquello de mantener la esperanza, concederle que sabía de lo que estaba hablando. La vida es nuestro valor primero. Es lo único que nos parece real y somos lo que vivimos o, con mayor concreción, la forma en que lo vivimos.

El miedo es una de nuestras emociones primarias. Es el instinto que nos ayuda en esa lucha por la existencia, aconsejándonos el enfrentamiento o la huida, cuando has sopesado —sin que ni siquiera nos haya dado tiempo a ser conscientes de la situación— que tenemos posibilidades ante el problema creado o que son inferiores o incluso nulas. Por tanto, es absolutamente necesario para nuestra supervivencia, pero también es una de las emociones, si no la que más, nos puede invalidar para avanzar, construir, crear...

Y en esas estamos. Basta con escuchar, o leer durante unos pocos minutos, cualquiera de nuestros variados —o quizá no tanto— medios de comunicación, para que el miedo se haga con nosotros, domine nuestro razonamiento y nos deje inanes y desorientados, si no va más allá y nos arrastra al nerviosismo, aceleración del ritmo cardiaco, subidas de tensión, alteraciones gastrointestinales, agitación, insomnio, etc... Síntomas que, por sí mismos, aumentan la sensación de miedo, hundiéndonos en un círculo vicioso de muy difícil salida.

Para escapar de esta situación, necesitaríamos unos conocimientos y una información capaz de frenar el poder que sobre nosotros ejerce ese miedo. Ocurre que tal vez nadie pueda aportarnos esos datos porque no existan o porque no interese proporcionarlos, pues una población asustada —sobre todo con el riesgo de una amenaza para su salud— es fácilmente manipulable. ¿Por qué nos llegan exhortaciones de que hay que ser prudente, pero no temer? ¿Para que no nos tapemos la cabeza con la almohada y nos quedemos quietos, esperando el final? Claro que hemos de acudir al trabajo y los niños al colegio. Pero, ¿en qué podemos basarnos? No basta con hacerse los «duros» y seguir; hay que tener unos datos.

Tampoco podemos reunirnos para encontrar apoyos. Y lo de los aplausos ya está más que sobrepasado y se ha convertido en un acto huero, si no superficial y hasta estulto. Después de tantos meses creyendo que esta pandemia no ocurría en la Edad Media, ni siquiera en el siglo pasado, resulta que nada ha cambiado y seguimos esperando, con fe, que además del miedo es lo único que queda, a que el virus mute o se aburra de matar y, como ya ocurrió en otras ocasiones, se debilite. A no ser que sea un camino estudiado para ejercer poder, en cuyo caso deberíamos traer a la mente el pensamiento de Will Smith, «Deja de permitir que gente que hace tan poco por ti controle tanto de tu mente, de tus sentimientos y de tus emociones».

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