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Eutanasia

Cristina Fanjul | Periodista en la Edición Digital

Cristina Fanjul | 14 de febrero de 2020

La muerte no existe. La muerte no existe y su creación es tan sólo la representación de los miedos con los que llenáis los espacios vacíos, esos que recortamos a las distracciones que conforman la vida. La muerte no es nada, pero en cierto modo, esta es una simplificación paradójica  porque la nada tampoco es... nada. La naturaleza aborrece el vacío, esa cualidad imposible que sólo la metafísica es capaz de abordar. La muerte, esa que discuten en el Congreso para aprobar una ley que no es más que derrota de la humanidad, se ha convertido en un espacio banal, excesivamente insípido, un momento en el que tratamos de eliminar todo rastro de vida, porque la vida duele y el progreso que alumbró el siglo XX la ha disfrazado hasta convertirla en una anécdota intrascendente, un chascarrillo breve en el que compramos por internet la epopeya para no tener que arriesgarnos a vivirla. Es comprensible. Sísifo lleva miles de años lastrado por el recuerdo del sufrimiento y ahora, cuando su horizonte se reduce a una pantalla y no tiene montañas que subir, quiere abandonar. La muerte no existe, a no ser en este espejismo con el que queréis domesticar la vida, reprogramarla en una impresora que la dote de asepsia, de anestesia, que elimine cualquier capacidad de pensar o sentir. La muerte no existe. Existe el dolor, el amor, la razón, la vida, que no debería terminar con dulces y soma en un hospital de moribundos. La muerte es  fajarse cuando la vida llega su final.


Hay que legislar sobre la muerte, aunque con ello no hagamos más que burocratizar la vida. Hay que evitar que la tiranía del dolor impida que la vida llegue hasta el final, pero echo de menos un debate sin consignas ni palabras huecas, sin ideología ni lemas de charlatán. Porque al final, la muerte nos hace compartir trinchera.

«No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, pensó. Entre el dolor y la nada elijo el dolor».

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