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Grajos... y grajas

Pedro Trapiello | Columnista político

Diario de León | 04 de septiembre de 2019

Señoras y señores, caballeros y caballeras, paisanas y paisanos, todas y todos... salvad a los grajos, o sea, salvad a las grajas, que aquí es lo mismo graja que grajo, pariente menor del cuervo, negro zaíno como él... y por tal, agorero y carroñón.

 

Con un «salvad a los grajos» clama Ecologistas en Acción para librar en concreto a los que un bando de alcaldía propone desahuciar de su choperita en Villadangos, donde -dicen- se localiza un área de nidificación única en España de este córvido hoy en fase vulnerable. ¿Vulnerable ya?... ¿quién no recuerda aquí los enormes bandos de grajas y grajillas (¡mira una boda!, decían los críos) que festoneaban el cielo de esta ciudad en sus mañanitas de ida y atardeceres de vuelta?... no pocas, a la catedral, ático bajo cubierta, nidal seguro con brozas, palitroques y excrementos que fue el más explosivo combustible cuando la techumbre de la Pulchra se hizo brasero por un rayo hace ya «titantos» años (en León, al grajo no se le quiere mucho... ya de antes).

 

Es ciertamente inédita la imagen del emjambre de nidos de graja que pueblan las alturas de esta sucinta chopera contigua al casco urbano de Villadangos. Asombra mucho la cosa; en jamás de los jamases se vio tal por aquí. El trajín pajarero que se traen en época de cría es gloriosa sinfonía de estadio chillón, graznidos que alborozan... o sobrecogen, pues el grajo parece no saber comunicarse de otro modo que con estridente corneta de alarmas (normal que nos suene a toque de mal augurio y que el pueblo le tenga casi tanta tirria como al mochuelo que ulula en la noche en alguna casa vecina señalando a un próximo difunto).

 

En su bando anima el alcalde a presentarle denuncias para ¡trasladar! a los grajos; el campesino y el vecino están de ellos hasta los buevos; dice que es un problemón y que el experto y la autoridad superior han de arreglarlo como sea, sin descartar (¿es alarma o amenaza?) que pueda haber ¡nido abajo!, matariles o se incendie la chopera, cornetazo alarmón que el ecologista ha interpretado como graznido y extorsión.

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