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Laurita

Pedro García Trapiello | Columnista político

Diario de León | 23 de noviembre de 2019

Ella siempre estaba. Siempre. Y ya no está. Laurita se fue. Qué mujer, qué biografía. Era mandil y señora galana. Guapa. Era un servir y que no lo pareciera, sonreía. Era una noria de cultura popular y refranes bien traídos, le fluían, gracia de ser hija de maestro de crónicas audaces siendo concejal en Sabero, donde ella nació. Tener un padre sentencioso da su ventaja; de oírselo a él, por ejemplo, cantaba ella el Gernikako Arbola de pe a pa sin entender un pijo de euskera ni pisar Vascongadas en sus 97 años. Igual en liturgias o doctrina, lo sabía todo y practicaba mucho, ventaja de tener hermano cura, beneficiado de la Catedral, profesor de dibujo y periodista al que trajo a vivir a su poblada casa con su biblioteca y su voz de plumines, versos, odiseas o milagros. Muy religiosa Laurita. Del Cielo le caía algo de su fortaleza, seguro, pero el resto salía de ella, hebra de bilorta, hecha a no parar por tener solo dos brazos, nueve hijos y, además, ocuparse de la caja del autoservicio familiar, purrir en la multigranja de La Palomera o arrimar bríos a la finca grandona del Páramo, «ventajas» también de ser la esposa de Porfirio, no menos brioso y de «acaudalada familia», como rezó la gacetilla de su petición de mano en la prensa local. Y si era poco, ¡qué fina cocinera! con doce o más sentados cada día a la mesa familiar, discípula del inefable Picadillo de tapas rojas. Ay, Laurita, toda tu vida, toda, trenzando verbos: fregar, lavar, planchar, hacer camas, tejer, cortar telas y hacer ropa («más vale hacer que mandar»), ser enfermera, peluquera, ordenar, coser, reciclar, hacer pan, jabón, membrillo, manteca o quesos, curtir, hilar, embutir, escabechar, rezar, madrugar, llorar, velar, atender a un hijo especial, lumbre encendida... ahí la muerte no pillaba ranura y solo se te coló al final, rauda, sin agitación, casi dulce, en tu cama, la luz tenue, hijos alrededor, sonando un hilo de gregoriano, recitándote Jose las preces del tránsito... «y lo mismo que una lamparita se fue apagando la soberana». Ahora la orfandad nos será brutal y tus hijos ya solo dormiremos en un colchón de lágrimas por no haberte pagado todo.
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