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Las leonesas esclavizadas por los nazis

Cristina Fanjul | 19 de enero de 2020

VÍCTOR DEL REGUERO Y WENCESLAO ÁLVAREZ OBLANCA
VÍCTOR DEL REGUERO Y WENCESLAO ÁLVAREZ OBLANCA
Los historiadores Víctor del Reguero y Wenceslao Álvarez Oblanca sacan a la luz una historia de miseria y supervivencia silenciada hasta ahora

Fue un escándalo que sacudió la capital. En 1938, el himno de Riego sonó de madrugada en la calle José Antonio. Los vecinos lo denunciaron y fueron detenidas siete jóvenes. Todas ellas habían sido obligadas a ejercer la prostitución en un chalet de la misma calle que el régimen había creado para el 'esparcimiento' de los militares de la Legión Cóndor. Esta es su historia...

Los aviadores nazis lo llamaban turismo bélico, demostración del desprecio que sentían no sólo por las prostitutas de las que abusaban, sino por la sociedad española. Con el fin de que los militares de la Legión Cóndor no sufrieran ninguna enfermedad de transmisión sexual, se dispuso para ellos un prostíbulo en el centro de León. El chalet, ubicado en lo que entonces era José Antonio —hoy, Gran Vía de San Marcos—, fue expropiado a un industrial republicano que al comienzo de la guerra se exilió a Cuba por temor a la represión.

Es una de las revelaciones de la obra La Guerra Civil en León. oEn ella, Víctor del Reguero y Wenceslao Álvarez Oblanca nos cuentan qué pasó con el burdel que el régimen abrió para el alivio sexual de los militares de la Legión Cóndor.

Y es que la miseria y el aumento del número de hombres en la ciudad debido a la guerra multiplicó de manera exponencial el número de mujeres obligadas a ejercer la prostitución. Prohibida por la II República con el fin de impedir que la pobreza obligara a niñas y jóvenes a sobrevivir con la venta de sus cuerpos, la rápida victoria con la que Franco se impuso en León hizo que las autoridades favorecieran la trata, si bien la carga punitiva se la impusieron a ellas, a las que condenaban a penas de cárcel y al pago de una multa que, la mayoría de las veces, no eran capaces de pagar. En uno de los juicios que se llevó a cabo en la ciudad, la proxeneta de una de las prostitutas le dijo al juez que lo único que tenía la joven condenada era la cama y una muda.fialandon1

El chalet blanco que fue utilizado por los nazis. DL

Destaca Francisco Martínez Hoyos que el régimen toleró en la práctica el ‘sexo mercenario’. De hecho, en la mayoría de las ciudades, la prostitución aumentó en un 40%, prueba de la situación a la que se arrojó a las capas más vulnerables de la sociedad. En el caso de León, la mayoría de las que se vieron obligadas a ejercer procedían del campo y habían acudido a la capital a trabajar como criadas.

La Iglesia calificaba a estas mujeres ‘perdidas’ y limpió su conciencia justificando su existencia como un «mal menor» que garantizaba la dignidad de las ‘decentes’ para que así pudieran preservar la virginidad antes del matrimonio.

Fue este ambiente en el que el régimen nacional-católico propició la apertura del burdel de la calle José Antonio, al que acudían los militares de la Legión Cóndor para ‘relajarse’ tras sus entrenamientos mortales.

Las siete mujeres que aquella noche prestaban servicios en la casa como prostitutas fueron detenidas

La historia de este establecimiento ejemplifica la hipocresía de la sociedad y del nuevo régimen que aún tardaría dos años en hacerse con el control del país.

Apenas echó a andar la comisión Provincial de incautación de Bienes, creada en León como en el resto de capitales de provincia por el decreto Ley de 10 de enero de 1937, el Juzgado de Primera instancia de León declaraba embargado preventivamente el chalet de Eusebio González Orejas.

«Como cabe suponer, los alemanes se hicieron habituales de las casas de prostitución, por lo que los mandos de la Legión Cóndor hicieron gestiones para mantener bajo control la compra de servicios para satisfacer los instintos sexuales de los soldados», destacan los autores en el capítulo del libro recogiendo unas palabras de la historiadora alemana Stefanie Schüler-Springorum.

Trataban con ello de evitar la propagación de enfermedades venéreas, ya fuese disponiendo que en determinadas casas solo pudieran entrar oficiales y soldados alemanes, ya abriendo burdeles a disposición exclusiva de estos.

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Fue el gobernador militar de León el que firmó la orden para que la casa de lenocinio se abriera, unas semanas después de la llegada de los alemanes a León. La explicación que se dio en el documentos fue que el burdel era «necesario para sus servicios».

Como responsable del prostíbulo se contrató a una conocida en el submundo, una portuguesa de 30 años llamada Manuela Iglesias Palmeiro y conocida en el ambiente como ‘La amparo’.

Los documentos revelan que en el chalet hubo no menos de siete mujeres al mismo tiempo. Y la situación jerárquica de los militares nazis así como la imposibilidad de comunicarse con las jóvenes arroja la certeza de los abusos que tuvieron que sufrir.

La connivencia de las autoridades franquistas con el burdel queda claro por la ausencia de restricciones que tenía frente a las que sí se imponían al resto de la población. De hecho, la vida en aquel lugar se prolongaba hasta altas horas de la madrugada. Fue así que surgió el escándalo que provocó su cierre.

Una noche, el 19 de junio de 1938, sonó a través de la radio el Himno de Riego y, a continuación se escucharon mofas y carcajadas por las ventanas abiertas del burdel. Varios vecinos denunciaron lo ocurrido. Fueron Francisco Fraile Rueda y su mujer Matilde García Camaño, que vivían en el número 29 de la avenida de José Antonio, el mismo edificio en el que residía el capitán de ingenieros destinado en la ciudad como jefe de Transmisiones, Luis de Ussía y Gavaldá, años después conde de los Gaitanes, presidente de la empresa minera MSP y hombre de confianza de don Juan de Borbón. Ussía, que presentaba servicios como militar en el bando sublevado, dijo haber escuchado el himno republicano desde su casa «y al mismo tiempo se tocaba un piano, entre carcajadas y risas impropias del respeto que se debe tener por todo patriota cuando se interpreta».

Las siete mujeres que aquella noche prestaban servicios en la casa como prostitutas fueron detenidas e ingresaron al día siguiente en la prisión de San Marcos. Se llamaban Julia Ramos Fernández (23 años, originaria de Toledo), Brígida Llamas castillo (43, viuda, de Cea), Manuela Sanzo Ibáñez (19, de Pozuelos del rey, Palencia), Rosa Suárez González (24, de Moreda, Asturias), carmen Medina Gálvez (23, de Madrid), Rosario López Vega (23, de Santalavilla) y Luz Aladro Quirós (24, de Oviedo). Todas ellas sufrieron doble victimización. La primera, la humillación de ser violadas por los alemanes; la segunda, la inculpación por algo que no habían cometido. Los culpables, de rositas. Tuvieron, eso sí, que declarar varios días después. Los valientes se llamaban Heinz Nessmann, rudi Borttrich, Otto Hohmann, Heinz Stegmeier, Georg Kaselowaki, Herbet Grossmann, Alois Ratzinger, Walter Scholz, Karl Kurz, Pe Moeldes y Walter Ramno, todos ellos veinteañeros a excepción de uno de ellos que tenía treinta y tres años. En el juicio, negaron que esa noche hubiera sonado himno alguno.

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Durante el proceso, que los militares nazis pasaron en sus residencias (algunos alojados en residencias de leoneses acomodados y otros en el Oliden), las leonesas permanecieron encarceladas en el campo de concentración y, meses después, en la Prisión del Castillo. Una de ellas, Manuela Sanzo Ibáñez, la más jovencita de todas, casi una niña, fallecía de sífilis en el Hospital de San Antonio Abad un mes y medio después de su detención. El juicio terminó con el sobreseimiento provisional de las actuaciones. Las seis prostitutas y la encargada recobraron la libertad el 26 de septiembre de 1938, cuatro meses después. En contraposición, ellos siguieron sus vuelos de entrenamiento para los bombardeos con los que asolaron Europa durante la II Guerra Mundial. En mayo de ese año, los aviadores protagonizaron sobre cuatro pueblos de Castellón el ensayo de la bomba Stuka, un proyectil de precisión que lanzaron sobre Albocàsser, Ares del Maestrat, Benassal y Vilar de Canes. Detonaron 500 kilos de armamento que causaron decenas de víctimas.

El chalet fue desalojado y precintado y el mismo general Gistau que lo había puesto en manos de la Legión cóndor dio orden de restituirlo a la comisión Provincial de incautación de Bienes a finales de junio de 1938, lo que al parecer generó tensiones con los mandos alemanes.

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