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Los filtros de Sócrates

Alfonso García | Columnista de opinión

Diario de León | 02 de septiembre de 2019

Perdernos alguna vez, aunque no sea de forma sistemática, por los vericuetos del pensamiento de clásicos y provocadores, no es mal asunto. Nunca es mal asunto acercarse a cierta sustancia de las cosas que mantiene en pie nuestras múltiples capacidades. Y no lo es porque hay detalles que nos invitan permanentemente a la reflexión. Los árabes, que recogieron buena parte del pensamiento de sus predecesores, lo llevan con frecuencia al proverbio: «Si lo que vas a decir no es más hermoso que el silencio, mejor quédate callado». Las culturas diversas suelen repetir verdades esenciales de manera diversa, adecuadas a su propia idiosincrasia. Otros, sin embargo, tienen un sesgo más universal, y como tal han pasado a configurar los rasgos fundamentales de lo que se ha venido en llamar cultura occidental. Cosa bien distinta es que atribuyamos a esta cultura cualquier tipo de supremacía.

 

Tal es el caso de Sócrates. A pesar de que sus ideas nos han llegado por vías indirectas, el griego sigue siendo hoy, después de tantos siglos, un pensador de referencia, especialmente en el campo de la ética. El más sabio de su tiempo, según la Pitonisa del Oráculo de Delfos, ejecutado con cicuta, su sistema de filosofar estuvo basado en el diálogo, a través de cual intentaba que el interlocutor descubriese sus propias verdades. Eso sí, sin perder nunca su carácter irónico, la conocida como «ironía socrática».

 

En este contexto hay que situar lo que algunos han dado en llamar «Los tres filtros de Sócrates», un buen proceso depurador. El primero de ellos es el de la Verdad: «¿Estás absolutamente seguro –pregunta- de que lo que vas a decir es cierto?». Segundo filtro, el de la Bondad: «¿Es algo bueno lo que vas a decir?». El tercero hace referencia a la Utilidad: «¿Será útil lo que vas a decir?». Examinada la respuesta por parte de cada cual, el propio Sócrates concluye en forma de axioma muy claro: «Si lo que deseas decir no es cierto ni bueno e incluso no es útil, ¿para qué decirlo?».

 

El mes de septiembre, con cierto síndrome posvacacional, aunque algunos las tengan ya olvidadas, es mes en buena medida iniciático, de renovación y comienzo de un nuevo proceso, seguramente lleno de promesas, proyectos e ilusiones. En un mundo de ruidos, desde el ámbito de la palabra al menos, se impone, además de la reflexión y la medida, el diálogo que enriquezca. Nunca ha de tomarse la palabra en vano. Por el bien de todos. Por la claridad de todo.

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