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Los Panero o la infinita historia de una familia

maite almanza | 13 de septiembre de 2009

«Jardín perdido» derriba mitos sobre esta controvertida saga

El poeta astorgano Leopoldo Panero, de cuyo nacimiento se cumple este año el primer centenario, es sin duda uno de los escritores españoles más comentados desde el punto de vista personal, no tanto desde el literario. Pero a pesar de la leyenda negra que pesa sobre él y su familia no existía una biografía suya. Aunque posiblemente el fin principal de Jardín perdido. La aventura vital de los Panero, del catedrático de Lengua y Literatura Andrés Martínez Oria, no fuera llenar este vacío, lo cierto es que aborda, en forma de novela, la vida del autor de La estancia vacía y la de su familia, en un periodo que abarca cien años de esta saga, desde los padres del poeta, Moisés Panero y Máxima Torbado.

«No me interesaba solo recuperar unas vidas sino arañar en ellas para explicar el por qué de una obra literaria», señala el autor, salmantino de nacimiento aunque afincado en Astorga, que trata de derribar tópicos sobre los Panero «sin entrar en maniqueísmos de buenos y malos».

La novela describe a los padres de Leopoldo Panero como símbolo de una familia burguesa de cierto poder económico en la que éste viviría una infancia feliz, y a su abuelo materno, Quirino Torbado, a cuya biblioteca atribuye Oria el nacimiento del poeta a la literatura.

El autor sostiene que «la identificación de Panero con la poesía del régimen no tiene nada que ver con la realidad. Era de ideología marxista y estuvo en el Socorro Rojo. Alguna persona de Astorga lo delató y fue detenido y llevado a la cárcel de San Marcos, en León», explica, respecto a un episodio narrado en la novela. «Estuvo a punto de morir por sus ideas. Estaríamos hablando entonces de un joven que no tenía obra escrita, y habría pasado desapercibido». El libro también relata los intentos de la madre de sacarlo de la cárcel «por las buenas o por las malas. Anduvo callejeando por León pidiendo ayuda y todas las puertas se le cerraban. Era un caso dramático, noviembre de 1936, los momentos de mayor tensión de la guerra», explica Oria. Finalmente, es Carmen Polo, la esposa de Franco y prima de la madre, la que intercede por Panero. El autor también sostiene que, «para poner fin a la persecución que sufría su familia, no solo él, porque el padre era masón y estaba mal visto», Panero hubo de alistarse en el ejército de Franco.

El alto cargo nazi. Oria vincula la identificación de Panero con el franquismo con el hecho de que el poeta ocupó una seudo-embajada en Londres, o con las fotografías de las bienales hispanoamericanas de arte en las que aparecía junto a Franco y sus ministros. «Pero existen episodios que no se han contado y que clarificarían esto», resalta Oria, como una conversación de Panero, en una tertulia de los años cuarenta, con un alto cargo del régimen nazi al que le dijo que los alemanes iban a perder la Segunda Guerra Mundial. «Es lo mismo que decirle: me alegro de que la perdáis. Eso no lo dijo nadie. Hacerlo en la España de 1941 era probablemente jugarse el pellejo», apunta el autor.

Otro momento clave de Jardín perdido es la elaboración de Canto personal en respuesta al Canto general de Pablo Neruda, en el que el chileno acusaba a varios escritores de la época, como Gerardo Diego o Dámaso Alonso, de no haber intercedido por Miguel Hernández para sacarlo de la cárcel, «cuando en la novela se cuenta que no fue así». Este texto de Neruda, del que «Panero admiraba su poesía y su persona», suponía, según el autor, «no sólo un insulto a los amigos, sino una descalificación de la labor de España en América durante la conquista». Oria considera que escribir Canto personal no fue un error, sino que «explica la valentía de Panero, que fue el único que tuvo agallas para oponerse a un poeta reconocido, detrás del que estaba el comunismo internacional». El escritor relata en la novela que, a raíz de este episodio, se alejaron de Leopoldo Panero muchos de sus amigos, y él emprendió una cuesta abajo en su vida personal que lo llevó a beber y fumar en exceso, lo que según Oria podría haber precipitado «su brutal ataque cardíaco». Tras Canto personal Panero no volvió a publicar libros, aunque nunca dejó de escribir.

El autor describe al poeta como «un hombre extrovertido, de cierto magnetismo, con facilidad para hacer amigos». Describe sus tertulias en la casa familiar, con Luis Rosales o Luis Felipe Vivanco, con licores de por medio, y cómo la eterna presencia de los amigos exasperaba a su esposa, Felicidad Blanc. Jardín perdido también relata cómo ella se enamoró de Luis Cernuda. «Era un amor imposible, dada la homosexualidad de él», explica Oria, que analiza en su obra la viabilidad de una historia de amor «más allá de la carne».

Infidelidades. La novela refleja momentos de malos tratos «de cierta gravedad» de Panero hacia su esposa cuando al regreso de un viaje «él trata de hacerle confesar si ha habido alguien más, en un ataque de celos. Felicidad se siente acosada y le responde que sí, aludiendo a Cernuda, pero esto parece que nunca se concretó», señala Oria. El autor es consciente de que podría haber obviado ciertos detalles oscuros, pero sostiene: «No he tratado de edulcorar: en la novela hay situaciones extremas y otras muy positivas». Tampoco huye el relato de las infidelidades del poeta. «Panero parece que se sintió atraído por una joven de un grupo de coros y danzas de la zona. No conocemos esa historia de amor, pero sabemos que se fue con ella a un festival folclórico a Inglaterra. Felicidad se enteró, no sé si en aquel momento o posteriormente», explica. El autor también resalta que en sus últimos años Panero trató de rescatar la armonía conyugal.

La obra describe con lujo de detalles la muerte de Leopoldo Panero, el 27 de agosto de 1962, y las horas previas, y reflexiona sobre el último poema en el que aquél estaba trabajando, que encontraría su esposa sobre una mesa camilla. «Tenía compromisos ineludibles esa mañana en Astorga, pero le dijo a su mujer que no se encontraba bien. Probablemente había tenido un episodio previo de infarto», indica Oria, que no elude recordar que el facultativo que lo atendió en Castrillo de las Piedras vinculó su malestar con supuestos excesos de comida y bebida «cuando estaba ya infartado». «He preferido obviar su nombre. Pero su actuación como médico deja bastante que desear», dice el autor, que también narra los momentos terribles del traslado del cadáver a Astorga.

«El Desencanto». Oria vincula la aversión de los hijos hacia el padre con las diferencias que con Panero mantenían su esposa y su hijo mayor, que «se siente expulsado del núcleo familiar», y defiende que éstos influyeron en los hijos pequeños con su hostilidad «que después alimentaban unos con otros». «El rechazo de -˜El Desencanto-™ me parece brutal, no se corresponde con un hombre que era cariñoso con sus hijos y su mujer», cariño que evidencian varios de sus poemas, precisa el autor. Éste matiza que en la película «ella seguía enamorada» y afirma que Felicidad Blanc lo culpaba de haberla dejado. «Es como si al perderlo volcara en él culpas irracionales: -˜Pues ahora no te perdono que te hayas muerto, de tanto como te necesitaba-™». Oria también analiza a los hijos. Considera que Juan Luis es un gran poeta cuya obra «ha estado olvidada a la sombra del padre». Al hablar de Leopoldo María, aborda el asunto de la locura creativa, dado que el hijo mediano «tiene momentos de lucidez de los que surge una obra literaria interesantísima que dará mucho que hablar en el futuro», asegura. El autor cree que el segundo hijo, que «tiene sentimientos de amor-odio hacia su madre clarísimos», presenta «una patología mental que podía haber sido controlada con medicación», y que «en momentos de descontrol (Leopoldo María) abusa de alcohol y drogas». «Ella sacrificó su vida, sus horas, y su fortuna» (por él), y el hijo «la acusa de todo lo que le pasa», sostiene Oria. Mientras, Michi Panero es «un autor sin obra, un vividor, con una inteligencia vibrante, que habría dejado un legado oral probablemente insuperable si a alguien se le hubiera ocurrido grabarlo. La pena es que nadie lo hizo, él era demasiado vago para escribir y bebía mucho. Bebiendo mucho se escribe mal», apunta Oria.

El escritor amortigua las críticas que han recibido los tres hermanos: «A veces la imagen que se tiene de la tercera generacion es la de unos drogadictos que desbarataron toda la hacienda familiar. En parte sí. Perdieron la herencia de sus padres, que pudo haber sido fantástica. Pero a cambio nos dejaron una obra artística para el futuro, lo que otros con mucho dinero no han dejado», dice Oria. Finalmente, la novela recrea ambientes como la Astorga de los años veinte o los cuarenta, o el Madrid de la movida «cuando Michi se convierte en el rey de la noche».

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