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Smart boss

María Jesús Muñiz | Jefa de sección de Economía

María Jesús Muñiz | 05 de octubre de 2019

Delegar nunca ha sido fácil. Es cuestión de confianza, pero también de ego. ¿Quién se apunta el mérito? ¿Es el talento cuestión de grado empresarial? ¿Aporta más un cerebro presuntamente privilegiado que un montón de ellos librados del yugo de la obediencia y puestos a crear y producir? 
No es fácil. Lo reconocía estos días desde la cima de la estructura y las finanzas, pero sobre todo de la revolución de la cultura empresarial, la economista leonesa Noelia Silván, al frente de la transformación en la poderosa multinacional farmacéutica Roche. Los primeros pasos del disruptivo sistema scrub y la libertad de los equipos, en los que el directivo es ahora un coach motivador que tiene que refrenar sus ansias de mando en favor del talento grupal, atacan directamente las costumbres y sobre todo el corazoncito vanidoso de quien está acostumbrado a recibir reconocimientos con nombre y apellido. 
Sin embargo, la organización empresarial tradicional está plagada de ineficiencias y el nuevo sistema aporta flexibilidad, rapidez, adaptabilidad,... Y muchas personas motivadas e implicadas. Seguramente presionadas por la responsabilidad de los encargos recibidos, pero también esforzadas en llevarlos a cabo de la mejor manera posible. 
La empatía, insistía Silván, es hoy más que nunca la principal herramienta del directivo. Sí, ese que se guarda su suprema sabiduría y su aquí estoy yo, que para eso me pagan, a cambio de un complejo ejercicio de escucha y apoyo, de cesión de confianza y méritos y de organización de una estructura que le despoja de sus imperiales atributos. Es para conferírselos a otros. Los de la inteligencia común, los de la implicación que lleva a cada uno de los demás a aportar lo mejor de sí, los de la humildad de reconocer que nadie sabe todo ni tiene razón siempre. 
No es fácil. Pero los primeros resultados son más que alentadores: proyectos que antes tardaban cuatro años en arrancar ahora tienen un plan de negocio en poco más de cinco meses; se dejan de lado enredos («los inevitables politiqueos que surgen al escalar una propuesta y trasladarla de nuevo a la base») que nos han absorbido siempre tiempo y energía y que se ha demostrado que sobran en su totalidad porque no aportan nada, al menos nada bueno. 
Llega la revolución de las organizaciones con sus bonanzas y sus esperanzas. ¿Llegará a todos? Veremos. 
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