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Teoría de lo burgués

Antonio Manilla | Columnista, historiador y poeta

Antonio Manilla | 12 de agosto de 2020

En su tiempo, Josep Pla decía que la burguesía creaba la clase dirigente. Ahora, con la crisis —que es una y muchas, sucesiva y permanente, como un número periódico puro, como un estado de cosas del que no salimos—, aquella más bien procrea la clase obrera, funcionarial y manual. La pregunta, actualizada a nuestro tiempo, a mí me parece que sería quién crea a la burguesía contemporánea, que es la menguante clase media acomodada. La que lleva dos buenos sueldos a casa, aunque no sean de ministro. Pero buenos de verdad, ya me entiende.

De la clase dirigida, mayormente, no procede, así que habría que pensar que lo hace de la clase dirigente. Se ha producido una inversión. Políticos con casoplones, alcaldes con retiros dorados, concejales con segunda residencia en playas del sur. Nadie sale de la política con menos capital que con el que entró. Es el único misterio que no investiga Iker Jiménez y el que a mí más me interesaría esclarecer.

El servicio público, de alguna manera, se ha convertido en una inversión muy rentable en este país. Hablamos de corrupciones y corruptelas, pero también de honrados ejercicios del cargo público. En realidad, a lo que se ve, no hace ni siquiera falta transformarse en un apandador para forrarse, porque todos terminan con el riñón bien cubierto. Si no lo han conseguido durante el ejercicio de su cargo, ahí están los cementerios de elefantes, también conocidos como consejos de administración. Los que delinquen —se deduce— es porque quieren, vinieron al mundo predestinados al delito. Pudiendo no hacer el mal, lo hacen por vicio. Ellos no son así: la culpa es de la sociedad.

A estas alturas de la película, recordar que ministerio significa «servicio» puede considerarse un «fake» o noticia falsa. La nueva y fea burguesía procede de lo público, donde muchas veces valor y puesto cohabitan en un amable divorcio. La patada hacia arriba, que siempre se dijo que era un recurso franquista, a mí me parece que viene de mucho más lejos: por lo menos desde Corocotta, aquel líder cántabro que se entregó a los romanos para cobrar la recompensa que se daba por su propia captura. Que de las clases dirigente también haya un importante aporte a la población reclusa no viene sino a confirmar el teorema, por razones que serían largas de explicar en este espacio pero que todos mis inteligentes lectores tienen en mente.

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