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Un quejío ilustrado

REDACCIÓN | 02 de febrero de 2020

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El ilustrador Sete González rinde un homenaje a Camarón

pilar martín

Que a Camarón lo mató el tabaco, y no la droga, o que de niño cantó porque quería y no porque fuera un «muerto de hambre», son algunas de las ideas que deja claro el ilustrador Sete González en Camarón. La leyenda del Genio, donde no solo homenajea al cantaor de La Isla, sino que le hace justicia.

Sete González tenía 14 años cuando Camarón murió (1992), una edad en la que aunque no era muy «consciente» de la importancia del genio del flamenco, sí que reconoce a Efe que años después, «inconscientemente» y «sin saberlo», se dio cuenta de que lo llevaba dentro y que había hecho un «estudio» de «su música, su voz y su personalidad». Fruto de este trabajo casi onírico, nació esta obra publicada por Lunwerg en la que el texto va dando paso a la música, y ésta se encarga de darle vida a las ilustraciones que González ha realizado para narrar la vida de José Monge Cruz, un cantaor que, como dice una de sus letras, llevaba dentro de su sangre un potro de rabia y miel. «Camarón -cuenta- era hombre de pocas palabras y de mucha mirada intensa porque él se expresaba más a través de su mirada, de su esencia; y no pasaba desapercibido. Era bastante mejor persona que artista, jamás habló mal de un compañero».

En su primer libro ilustrado Sete no se ha quedado en lo que cualquier seguidor de este gitano rubio pueda saber, sino que ha querido aportar datos nuevos con los que hacerle justicia. Porque sí, porque a Camarón hay que hacérsela con el único objetivo de que su sueño siga cabalgando el tiempo. Situaciones como sus juergas en los Billares de Callao, su pasión por montar y desmontar «aparatos de música electrónica», «esta serie de cosas que no eran conocidas por el gran público hasta que Netflix sacó la película dedicada al genio, cuenta Sete.

Pero también ha desmentido otras creencias con ilustraciones llenas de ese poderío digno de un quejío, sobre todo las relacionadas con la causa de su muerte: «Camarón no se murió por la droga, se murió por los tres o cuatro paquetes de tabaco que se fumaba al día».

«Camarón tampoco no era un muerto de hambre -continúa el artista- su padre faltó y él tuvo que salir a buscarse la vida como sus hermanos, pero era un chiquillo y él no cantaba para ganar dinero, sino para comprase sus chucherías».

Y con este conocimiento, González nos acerca más al cantaor, ése hombre «abrumado» por su «responsabilidad con el pueblo gitano» y por «la fama», porque «era una persona muy simple y lo único que le interesaba era su familia y llevar un plato de habichuelas».

Además de con el texto, el ilustrador nos eleva el nivel de la lectura con unas ilustraciones con lenguaje propio que parten en tres etapas la vida de este gitano de camisa partía: su niñez, su llegada al mundo del cante y su éxito y posterior muerte.

«Alberos y marrones para definir la etapa en Andalucía y esa luz de Cádiz, y luego empezamos con los verdes cuando empieza su revolución y esa esperanza en todo lo que estaba haciendo; y por último el morado que va asociado a la muerte y cuando ya entra en la etapa de que se le va a apagando la vida», describe. Pero no solo con el color, sino también con las líneas y el trazo definido para devolvernos no solo a Camarón, sino también a su madre, su padre, la fragua, su Chispa, Paco de Lucía, Lola Flores o Tomatito. Algunas de las personas que pasaron por su vida, por esos 42 años de existencia en los que «nunca pasó desapercibido».

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