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La subida del monte Irago

La cruz de Ferro se eleva sobre un promontorio de piedras colocadas por los peregrinos

La cruz de Ferro se eleva sobre un promontorio de piedras colocadas por los peregrinos

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Enrique Alonso Pérez - león
León

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Con el tirón que para este cronista mantiene permanentemente el Camino de Santiago, volvemos también a comprobar cómo, los últimos repechos de la maragatería, para alcanzar los altos de Foncebadón y dar vista a la impresionante hoya del Bierzo, siguen siendo los que marcan el máximo esfuerzo del peregrinaje en tierras leonesas. En Manjarín intercambiamos con los caminantes conocimientos sobre historias y leyendas del lugar. En el año 1103, el rey Alfonso VI concedía al Concejo y vecinos del lugar, puerto y albergue de Foncebadón, un coto como recompensa a la solicitud con que aquellos vecinos y el ermitaño Gaucelmo, trataban a los peregrinos que iban al sepulcro de Santiago. Parece ser que las alturas de Foncebadón, una vez superada la meseta castellano leonesa, eran como una especie de vértigo psicológico para los peregrinos medievales, que se encontraban un tanto desorientado en aquella frontera natural, sobre todo en tiempo de nieves, y fue considerado el lugar, en los primeros tiempos de la riada peregrina, con lo que hoy calificaríamos punto negro . Por eso, el celoso ermitaño Gaucelmo, con el incondicional apoyo de las gentes de Foncebadón, construyó un albergue que diese cobijo a los caminantes y aseguró el mantenimiento de una señalización, con grandes estacas, a lo largo de la zona que las nieves borraban con harta frecuencia. No es extraño, pues, que don Alfonso VI, uno de los reyes que más fomentó e impulsó el tránsito por la Ruta Jacobea, distinguiese a estos decididos colaboradores con la concesión del citado coto, que las actas de la época recogen literalmente de esta manera: «Por la fontecilla y la Carrera, o sea al camino ancho que va por Cireruelo de Yusana, por la encrucijada de Astorga, de Potata y la peña de Candanedo, en el lugar que sale a la dicha Carrera, el camino de Fuencalada». Un tramo jacobeo en desuso Es bueno recordar, en vísperas del año Santo Compostelano 2004, que nos estamos situando en un tramo del Camino de Santiago, devaluado modernamente por encontrarse fuera de los circuitos favorecidos en las grandes planificaciones viales del turismo convencional. Pero no por eso debemos ignorar que la esencia histórica, y la valoración del auténtico peregrino, pasan inevitablemente por estos lugares ligados profundamente al peregrinaje tradicional. Nos estamos refiriendo al tramo comprendido entre Astorga y Ponferrada, que después de contemplar el sorprendente conjunto de Castrillo de los Polvazares, sigue Maragatería arriba, por la Somoza, hasta alcanzar la cota que nos ocupa de Foncebadón, desde donde inicia la sugestiva bajada hacia la capital del Bierzo atravesando algún despoblado -como Manjarín- y marcando hitos tan sonoros como Acebo, Riego de Ambrós, y sobre todo el incomparable marco de Molinaseca, una de las más bellas estampas bercianas, donde las huellas del Camino, unidas al atractivo espontáneo de un caserío típico del más rancio señorío rural, ofrece al caminante un obligado descanso para el disfrute de tanta maravilla. Hoy, cuando la fe cuantitativa mueve menos montañas, y la sociedad de consumo oscurece y desvirtúa el sentido que dio origen a estos grandes movimientos espirituales, subyace, sin embargo, en la entraña del pueblo, el deseo de emular aquellos acontecimientos que fueron base de una cultura, correa de transmisión del arte popular propio y foráneo, y parte integrante de nuestra historia. El puerto de Foncebadón, que protagoniza hoy este Retablo, ha vuelto a recuperar, tras ocho siglos de su primera institución, un refugio para peregrinos que dignifica al lugar y a los promotores que tuvieron esta iniciativa. La cruz de Ferro No podemos de reseñar también, como punto de referencia obligado, el arraigo popular y secular de la llamada cruz de Ferro, que desde los primeros tiempos del jubileo santiaguista, se alzó como símbolo de espiritualidad y como mojón entre las cuencas del Duero y del Miño. Una piadosa tradición, cuyo sentido no ha podido nunca contrastarse con fidelidad, invita al caminante a tirar un piedra en las inmediaciones de la base que sostiene esta cruz, y a continuación pedir un deseo, que muy bien puede ser cumplido. En torno a la cruz de Ferro, pueden contarse por toneladas las piedras acumuladas a lo largo de los siglos. Aunque esta cruz, tan emblemática entre los peregrinos ha sido objeto del vandalismo incontrolado de algunos majaderos que gozan a lo bobo con la destrucción de unos símbolos aceptados por unanimidad desde hace un milenio entre todos los peregrinos. Las alturas de Foncebadón eran como una especie de vértigo psicológico El caminante tiene que tirar una piedra en la base de la Cruz de Ferro y pedir un deseo

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