Eugenio Marcos Oteruelo y 'El nombre de los bueyes'

Eugenio Marcos Oteruelo, esta semana en la librería café Tula Varona.
Hay en Eugenio Marcos Oteruelo cierta voluntad de mantener en alto la sospecha del síndrome del impostor. Él, que en el ámbito poético ha estado en todos los ajos literarios, sobre todo en los más abiertos y democráticos. Del Ékole al Ágora, espacios en los que el primer mandamiento es el amor por la poesía. Pero entre el tiempo que ya es tanto que esconde la edad llega el momento de pasar a libro su poesía. Y es El nombre de los bueyes (Aliar Ediciones), que como declaración de principios remite primero a los orígenes pero luego a lo actual, a lo que ha ido pasando. «Yo no sé si merezco tanta atención por este libro», avanza, pero, aunque no sea cuestión de cantidad, hay 198 páginas de poesía en donde aparecen encabezados de los grandes nombres de la literatura universal para dar paso a versos que hablan de lo íntimo o la inquietud de vivir o de asuntos de primer orden como son nombres del León real. Por ejemplo, un poema dedicado a Carlos Mijares.
«Escribo de la vida. Ya con 14 o 15 años publicaba en La Voz de Astorga. Luego estuve 35 años en el banco en la Plaza de las Cortes, en lo que es ahora Abanca. Y siempre en contacto con los poetas, organizando cosas. En el Ékole había grandes nombres como José Luis Puerto, Rafael Saravia, Antonio Manilla, Luis Artigue...», resalta, y parece que desvía el tiro que mira a El nombre de los bueyes. ¿Por qué alguien escribe poesía? ¿Para entender el mundo o para aguantarlo? «Yo pienso que hay algo de explicar el mundo. O para entenderlo como una manera de transmitirlo. Es como las orillas del camino de Kavafis».
En esas orillas de la vida de Eugenio Marcos Oteruelo hay el recuerdo y el presente de once hermanos en Pozos, en la Cabrera. El de Alfredo Marcos Oteruelo, su hermano, que fue catedrático de Filosofía y director de Diario de León. El del resto de hermanos y familia que ahora van siendo hijos, sobrinos, nietos. El del maestro Cirilo que le dijo a su padre: sácame a los hijos de aquí y que estudien. El de Manso y Titín, que son los bueyes de El nombre de los bueyes y en los que el poeta ve la representación casi al unísono de la docilidad y la fuerza.
Sobre este libro ha dicho Alfonso García en este mismo suplemento que «me gusta e interesa la poesía que me emociona, contesto cuando me preguntan. Es el caso, porque en estos versos la emoción permite paladear, saborear de forma pausada poemas con mucha belleza, con una extraordinaria carga de significados. Y de construcción plástica y explosiva que clava algunos versos como dardos misericordiosos en la memoria. Contraposiciones, contrastes, metáforas «fundidas a hierro en los labios de la noche», versos llenos de sugerencias y de hondura, que tienen impacto en la reflexión, el ritmo interior de la fuerza salmódica de algunos textos, intensos, el lenguaje vibrante, lleno de descubrimientos cuando la palabra es «como senda de luz». Hermosa senda, lectura muy gratificante. El nombre de los bueyes».Y es una gran forma de poner en valor el poemario desde el sentido de la oportunidad actual para dar paso ahora tal vez a otras publicaciones en donde Eugenio Marcos Oteruelo aprovechará la pausa después de este torrente literario que es su libro.
A modo de biografía se puede destacar que Eugenio Marcos Oteruelo, nacido en Pozos de Cabrera Alta, es graduado social por la Universidad de León. Es gestor cultural y coordinador de eventos literarios en recitales como Lëkole Poetique, además de impulsor de los home-najes anuales al poeta modernista Rubén Darío en el Parque del Cid. Sus poemas han sido incluidos en las antologías Sagrado invierno (El Cordel y las Violetas, 2012), La palabra en la noche (Cultural Norte, 2017), Árbol de Alejandra (Karima Editora, 2019) y Bendita inocencia (Asociación Cultural La Armonía de las Letras, 2024), así como en las realizadas por Ágora de la Poesía. Colabora en revistas literarias y artísticas como AUCA, Sentimientos Invisibles o Camparredonda. Participa en numerosos recitales de poesía, como Poesía para Vencejos, El Molino de Flavia, FIP Palabra en el mundo o los realizados en el Centro Penitenciario Villahierro y en la Escuela Oficial de Idiomas de León. Y se dice en la contra del libro: «Haciendo gala de un verso expandido y palpitante, la poesía que va haciéndose a la luz en la mesa del escritorio gravita sobre acontecimientos cotidianos en la vida de cualquier ser humano: la infancia, la familia, el entorno natural que descubrimos con los primeros primeros ojos, las cicatrices que han dejado muchas caídas, las ráfagas de melancolía cuando los vientos vienen contrarios. De manera especial, se filtran en el poemario contenidos de plena actualidad, como las migraciones.