ENTREVISTA
«La historia permanece como una pátina sobre los paisajes en los que sucedió"
Julio Llamazares se propuso volver sobre los pasos de su padre para curarse por las conversaciones perdidas.El viaje a los escenarios de la guerra civil comienza y termina en una plegaria por una generación perdida y tantos muertos olvidados

Es la crónica de un reencuentro aunque entre ambos dista un abismo de 80 años. Julio Llamazares ha salido en busca del tiempo perdido con su padre, uno de silencios y palabras perdidas. El viaje mi padre — que se presenta en Espacio Factor el 3 de octubre— es en realidad el periplo del escritor a través de los paisajes de la guerra civil, de los escenarios inundados de muerte y dolor de un jovencísimo recluta desde La Mata de la Bérbula hasta la Sierra de Espadán.
—Fué y volvió, como Ulises. Ulises encontró a su madre, usted quería buscar al padre, como Albert Camus. ¿Es lo que hacemos siempre?
—Bueno, en cierto modo puede ser así. Pero en El primer hombre, que supongo es la novela de Albert Camus a la que te refieres, éste intenta saber quién fue su padre, pues no llegó a conocerlo, ya que murió cuando él tenía sólo un año, y yo lo que hago en este «Viaje de mi padre» es tratar de saber un poco más de él, puesto que lo conocí de sobra por suerte, recorriendo los caminos que él recorrió en la guerra civil española y, a la vez, saldar una deuda pendiente, esa deuda que todos tenemos con nuestros padres y que se acrecienta cuando ya no están por no haberles escuchado más cuando podíamos hacerlo, es decir, por no haber tratado de entenderlos más de lo que lo hicimos porque cuando están presentes nos parece que van a vivir siempre. Y porque, cuando somos jóvenes, todos creemos que la única vida interesante es la nuestra.
— Tardó seis meses en seguir los pasos de su padre. ¿Cómo fue su viaje interior durante todo ese tiempo?
— Es lo que trato de contar en el libro: ese viaje interior a la memoria de la guerra y de mi padre. Todos los viajes son interiores. Viajamos por un territorio pero el viaje sucede en nuestro espíritu. Viajamos para saber más de nosotros aparte de por conocer territorios o países. El paisaje es un espejo, nos refleja y modifica nuestro espíritu de la misma manera en que lo hacen otras cosas: la lectura, la música, la pintura… En este viaje, en concreto, dada su particularidad, el paisaje toma más relevancia si cabe que en otros libros, pues es el paisaje en el que se libraron unos hechos históricos que no sólo modificaron a quienes los vivieron sino a todos los españoles durante décadas y todavía hoy continúan haciéndolo. Por mucho que algunos se empeñen en defender lo contrario, la guerra civil sigue influyendo en la vida de este país y no sólo en su política y va a seguir haciéndolo durante bastantes años más.
— El viaje es muy cinematográfico. De hecho, mientras lo leía veía de manera nítida el horror de la guerra y la nostalgia de tu recuerdo.
—No sé si lo pensé así o no. De todos modos, es verdad que los paisajes de este libro, los paisajes de León y de Castilla, de Aragón y de Levante que recorro son, como dices, muy cinematográficos tanto por su geología y como por su historia, que sigue impresa en esos paisajes, la mayoría desiertos y abandonados como esas líneas férreas de Valladolid a Ariza, en la provincia de Zaragoza, y de Calatayud a Caminreal, en la de Teruel, por las que mi padre y sus compañeros viajaron a la guerra en vagones de ganado y que hoy agonizan después de años abandonadas ofreciendo al viajero imágenes propias del cine del Far West: depósitos y cables y raíles oxidados, vías muertas, estaciones y hangares a medio caerse... Pero también los paisajes de Teruel y de Zaragoza, algunos casi lunares por su degradación geológica, o de las sierras del Maestrazgo y de Espadán, en Teruel y en Castellón, son lugares que impresionan, sobre todo sabiendo que en ellos se libraron algunas de las más terribles batallas de la guerra civil y que en ellos murieron centenares de miles de soldados españoles, la mayoría de ellos casi unos niños. Como alguien dijo, la guerra es un lugar en el que se matan jóvenes que no se odian por culpa de viejos que sí se odian. Es una definición que suscribo..
— Todos nos arrepentimos por no haber conocido más de la vida de nuestros padres. ¿Ests más cerca hoy de él que antes del viaje?
— Supongo que sí. Por lo menos tengo la sensación del deber cumplido. Aunque es un deber que nadie me impuso, me lo impuse yo. Durante años, desde que murió mi padre, pensé en hacer este viaje en su honor, pero cuando de verdad tomé la decisión de hacerlo fue cuando me reencontré con su amigo Saturnino, un maestro de Aviados que fue su compañero de aventuras y de vida (estudiaron juntos en León, fueron a la guerra juntos y siempre fueron amigos) y al que por su longevidad (murió con 95 años hace diez) le pude preguntar muchas cosas que no le pregunté a mi padre en su momento. Ellos son los dos protagonistas de este libro, pues los dos me acompañaron en mi viaje a través de la península.
— ¿Qué tiene este género de especial?
—¿La literatura de viaje? Para mí es fundamental. La literatura de viajes es la literatura en estado puro aunque no se entienda así muchas veces. De hecho, en España no tiene mucho prestigio, salvo entre autores concretos, no así en el mundo anglosajón o centroeuropeo, donde es un género tan valorado y tan cultivado por los escritores como la novela. Para mí la literatura de viaje es la literatura en estado puro pues responde a un impulso primario del hombre, que es el de contar lo que ha visto a quienes no lo conocen, algo que hacían los primitivos viajeros, pero también los viajeros de hoy. En estos días en los que las vacaciones se han terminado para la mayoría todo el mundo cuenta a sus familias y a sus amigos sus viajes. Pues eso es lo que hacemos los escritores viajeros: contar lo que hemos vivido y visto, lo que nos ha sucedido y hemos pensado, lo que hemos sentido y lo que nos ha emocionado en nuestro viaje para trasmitir nuestra emoción y nuestra experiencia a nuestros lectores. Da igual que sea un viaje a Nueva Zelanda o la Patagonia argentina que por la provincia en la que vivimos: lo importante del viaje es la emoción. En eso la literatura de viajes no se distingue de la novela o de la poesía.
— Hay algunas paradas más infames que otras.
—Infames no sé, emocionantes y especiales muchas: la llegada a Caminreal, el pueblo de Teruel ya cercano al frente en el que mi padre y sus compañeros desembarcaron de madrugada después de un viaje de veinticuatro horas en tren (en vagones de ganado, ya te dije, o sea, sentados en el suelo y sin poder ver por dónde iban, pues los vagones de ese tipo no tienen ventanillas, ¿para qué?) y donde permanecieron acampados varias semanas, en las eras del pueblo, a 20 grados bajo cero; la visita al Cerro Gordo de Concud, a pocos kilómetros de la ciudad de Teruel, donde mi padre y su amigo Saturnino, al día siguiente de llegar, vieron el primer muerto en combate de los muchos que verían en la guerra; la visita a la escuela de guerrilleros de La Cerollera, que me enseñó un vecino de la aldea; y por supuesto, ya al final del viaje y del libro, el paso al anochecer por la sierra de Espadán, entre Onda y Segorbe, donde mi padre y Saturnino habrían perdido la vida como la mayoría de sus compañeros de regimiento de no haber sido por la picardía de uno de ellos, nunca supe cuál porque ninguno me lo quiso desvelar y mira que se lo pregunté… Todo el viaje estuvo lleno de momentos especiales para mí, bien por la belleza de los escenarios, bien por la memoria que albergan aún al cabo de casi un siglo, porque, como digo en el preámbulo del libro, la historia permanece como una pátina sobre los paisajes en los que sucedió.
— Cree que aún se ve la guerra en términos de frentismo demasiado simplistas?
— No es que lo crea, es que es así. Cualquiera que siga la política española o escuche las conversaciones de la gente en las televisiones o por la calle puede comprobar que la guerra civil española sigue enfrentando a los españoles. Lo que quiere decir que hemos aprendido poco de ella, al revés que los europeos de sus guerras, pongo como ejemplo a los alemanes. En nuestro país, por desgracia, hay gente que aun justifica el levantamiento militar que dio lugar a una guerra civil que provocó la muerte de un millón de españoles. Es incomprensible.
— Hay sacas que permanecerán para siempre sin desenterrar. ¿Qué es la memoria?
—Yo estoy con el que dijo que la guerra civil habrá terminado cuando el último muerto en ella salga de las cunetas. Un país digno no se puede permitir tener a cien mil compatriotas enterrados fuera de los cementerios ochenta y pico años después de terminada la guerra civil. La memoria no se borra despreciándola, al revés.
— Canción de cuna para mi padre. ¿Para cuándo su próximo poemario? No es justo que nos deje con ocho versos en los labios
— No sé si es justo o no. En todo caso, confío en volver a publicar poesía. Últimamente he vuelto a escribirla y algún día verá la luz, espero. Todo a su tiempo.
— ¿Quiénes son ahora los héroes de segunda fila?
— Pues los mismos de siempre. Los que, como mi padre y Saturnino, están luchando ahora en guerras en las que no querrían participar y que nunca pasarán a los libros de historia. Pero también todos esos millones de personas anónimas que sostienen con su trabajo el engranaje de un mundo del que sólo conocemos a los que lo manejan y a los que se benefician de él. Siempre fue así y así seguirá siendo hasta su final, me temo.
— Siempre se ha hablado de la quinta del biberón en la zona republicana, pero también la hubo en la zona sublevada. ¿Cómo es que la edad de las cerezas se pase entre muerte y fuego?
— Es cierto. Y hubo jóvenes, casi adolescentes, en los dos bandos. Como también hubo padres de familia ya mayores (los del saco los bautizaron en la zona republicana) que se vieron obligados a ir a la guerra a medida que iban muriendo los movilizados en los primeros años de la contienda. La guerra civil fue una masacre general, murieron miles de jóvenes inocentes, en los dos bandos, enviados al frente como carne de cañón. Por eso es incomprensible que todavía haya gente en este país que no la condene, incluso que la considere un episodio noble y digno de recordar con orgullo. Una cosa es recordar la historia y otra no comprender o reconocer lo que ha sido. Y parece que en España, por desgracia, cada vez abundan más los nostálgicos de la dictadura que propició la guerra civil.
— ¿Estar con Saturnino era reencontrarse con su padre?
— Un poco sí. Los dos vivieron la misma época, las mismas experiencias traumáticas y los dos fueron maestros de pueblo, sobrevivieron a un tiempo de miseria y odio. Estaban hechos de la misma pasta y, como me dijo Saturnino, más que amigos fueron hermanos. Por eso, cuando le grabé a este sus recuerdos de la guerra, estaba escuchando a mi padre en cierto modo independientemente de que pudiera haber diferencias entre lo que contaban.
— ¿Cuál fue la conversación cuando regresó a La Mata?
— Como la cuento al final del libro. Una conversación en silencio, como son todas las conversaciones entre los vivos y los muertos. Y entre los escritores y los lectores, me doy cuenta ahora que lo pienso.
— ¿Qué tenemos que aprender y qué que olvidar de la guerra civil?
— Muchas cosas. A respetarnos, a relativizar las ideas, a resolver las diferencias hablando, no con la violencia, que se vuelve en contra de todos, a comprender que no todo es blanco o negro, que la vida está llena de matices. Esto por lo que respecta a aprender de la guerra, de todas las guerras. Olvidar nada. En todo caso recordar siempre para no caer en los mismos errores ni traicionar la memoria de los muertos, que seguirán siempre recordándonos que existen, sobre todo si siguen sin ser enterrados como lo que fueron: personas como nosotros, con sus ideas o sin ninguna idea, con sus familias, con sus amigos, con sus sueños y sus ilusiones... El tiempo de las cerezas, o sea, el de la juventud, es el mejor de todos, pero, como al soldado de la canción de la Comuna francesa que la escribió antes de morir o a los españoles que, como mi padre, tuvieron que ir a la guerra y nunca volvieron o volvieron heridos en el alma de por vida después de lo que pasaron y de lo que tuvieron que ver, la guerra se lo robó. En su honor he escrito este libro.