Por donde se sale al cielo
La obra de José Enrique Martínez no es solo un ejercicio de erudición ni un archivo de reseñas. Es una defensa de la poesía como forma de conocimiento y una afirmación de Granada como uno de los grandes territorios simbólicos de la lírica

Granada es un palimpsesto poético. En sus calles, en sus colinas y en su memoria cultural se superponen siglos de escritura, de música verbal y de diálogo con la tradición. Esa condición casi mítica de la ciudad como espacio privilegiado para la lírica es el eje que vertebra la obra ensayística de José Enrique Martínez, Poetas en Granada y La ciudad ilustrada, dos libros que, leídos en conjunto, conforman un ambicioso proyecto de crítica literaria, pero también de testimonio cultural y de afirmación del valor de la poesía en el presente.
Ambos volúmenes nacen de un mismo gesto intelectual: rescatar la palabra crítica del olvido circunstancial y otorgarle una forma duradera. La ciudad ilustrada surge en el marco de un proyecto colectivo impulsado por el poeta granadino Francisco Acuyo, que reunió durante años lecturas, debates y conferencias en torno a autores vinculados a Granada. Para evitar que esas reflexiones se disiparan en la fugacidad del acto oral, se decidió fijarlas en pliegos cuidadosamente editados, todos bajo un mismo título y un mismo espíritu: pensar la literatura desde la cercanía, desde la conversación sostenida y desde la atención al texto.
Cuando Martínez es invitado a participar en ese proyecto, lo hace desde una posición singular. Leonés, pero profundamente vinculado a Granada por razones académicas, personales y literarias, asume la propuesta como un reto. Su respuesta no es improvisada: opta por reunir una selección de reseñas críticas publicadas en El Filandón, el suplemento cultural del Diario de León, dedicadas a poetas granadinos o estrechamente relacionados con la ciudad. Aquel primer pliego, de unas sesenta páginas, funciona como anticipo de una empresa mayor que cristalizará poco después en Poetas en Granada, un volumen que supera las doscientas páginas y recorre la obra de cerca de treinta poetas, algunos de ellos representados por numerosos poemarios. El alcance del libro desborda la mera compilación. Martínez no se limita a ordenar reseñas: construye una auténtica cartografía poética, donde cada autor ocupa un lugar específico dentro de una tradición viva. Granada aparece así como un núcleo de irradiación lírica cuya importancia se entiende mejor cuando se la sitúa en una perspectiva histórica amplia. Andalucía, recuerda el ensayista, ha sido desde la Antigüedad una tierra fecunda para la poesía: de Séneca a los poetas arábigo-andaluces, de Góngora a la escuela antequerano-granadina, hasta llegar a la figura inevitable de Federico García Lorca y a la poesía posterior a la Guerra Civil. En ese contexto, Granada no es una excepción, sino una condensación especialmente intensa de esa herencia.
Uno de los grandes aciertos del libro es la atención detenida a dos figuras que, para Martínez, representan líneas fundamentales de la poesía española contemporánea: Luis García Montero y Antonio Carvajal. La insistencia en ambos no es casual ni responde únicamente a la amplitud de sus respectivas obras. García Montero encarna la llamada poesía de la experiencia, una línea realista, comunicativa y muy influyente, que ha marcado a varias generaciones de poetas. Carvajal, en cambio, representa lo que Martínez denomina con precisión conceptual experiencia de la poesía: una escritura de raíz barroca, profundamente formalista, donde el poema es un espacio de experimentación verbal y de diálogo renovador con la tradición. No es casual que Martínez haya dedicado a Carvajal un estudio monográfico de gran calado, Rumor del verbo ardido (2020), publicado también en Granada, lo que refuerza la centralidad simbólica de la ciudad en su pensamiento crítico.
Desde estas figuras centrales, el ensayo se abre a una reflexión más amplia sobre el estado actual de la poesía en España. Martínez evita las respuestas simplistas y se muestra consciente de la dificultad de trazar mapas estables en un panorama caracterizado por la proliferación de publicaciones y la fragmentación de tendencias. Frente a la inflación de etiquetas —poéticas de la incertidumbre, del malestar, nuevos realismos, escrituras minimales—, propone grandes vías simbólicas que atraviesan la tradición moderna: la órfica y la prometeica. La primera aspira a la plenitud, al canto y a la armonía cósmica; la segunda se instala en la carencia, el residuo y la rebelión interior. Ambas, subraya, siguen siendo absolutamente fecundas.
En este análisis, Martínez observa un cierto declive de la poesía de la experiencia y una consolidación de una lírica más meditativa y reflexiva, de mayor ambición trascendente. Sin embargo, rehúye el diagnóstico cerrado: la poesía contemporánea, afirma, se mueve entre la comodidad de una lectura expedita y la exigencia de una escritura formalista y experimental. Al final, las clasificaciones resultan secundarias frente a la verdad del poema y la singularidad de cada autor. Esa exigencia se extiende inevitablemente al lector. Para Martínez, la poesía nunca ha sido un género de consumo masivo, y probablemente no deba serlo. Sus lectores son pocos, pero intensos. Leer poesía implica atención, relectura, esfuerzo interpretativo. Cita a Paul Celan como ejemplo paradigmático: Ningún poema verdaderamente complejo se agota en una primera lectura. En un tiempo marcado por la inmediatez, esta defensa de la lentitud y de la relectura adquiere un valor casi ético.
El libro dialoga también con otros territorios poéticos, como el leonés, al que Martínez concede una relevancia inesperada desde la posguerra, con figuras como Leopoldo Panero y el grupo Espadaña, hasta llegar a las grandes voces contemporáneas. Especial atención merece el llamado «tridente» formado por Antonio Gamoneda, Antonio Colinas y Juan Carlos Mestre, tres pilares de la poesía española actual, cuyas obras representan distintas formas de indagación en el dolor, la belleza, el misterio y la utopía. No menos significativa es la atención a las voces jóvenes, especialmente femeninas, que van consolidando su lugar en el panorama poético español. Martínez las menciona sin afán de exhaustividad, consciente de que toda lista es necesariamente incompleta, pero reafirmando una idea clave: lo que importa no es el origen ni la etiqueta generacional, sino la calidad de la poesía.
En el trasfondo de Poetas en Granada late, además, una defensa firme de las Humanidades y de la crítica literaria. Desde su posición universitaria, Martínez reivindica el valor de estos saberes frente a la lógica utilitarista del mercado, apoyándose en la idea —formulada por Nuccio Ordine— de la «utilidad de lo inútil». La crítica, tanto académica como periodística, aparece como una mediación necesaria: orienta al lector, estimula al autor y acompaña, sin negarlo, al impulso comercial del libro. En conjunto, un proyecto intelectual que invita a leer despacio, a pensar la tradición y a entender que, mientras haya memoria, lenguaje y esperanza, seguirá habiendo poesía.