Diario de León

francisco luis arold

la rebotica más musical

nació «con oído absoluto», esto es, que desde niño escucha las notas «ya afinadas». fue pionero en el negocio de discotecas móviles (al principio, un tocadiscos en una furgoneta) y dueño de un negocio mítico que ahora cierra puertas

norberto

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emilio gAncedo
León

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Algo de jazz, un tango argentino, una pieza clásica, quizá de Beethoven… un tropel de notas —alegres, enérgicas o melancólicas—, asaltan al transeúnte y al peregrino cuando encaran la calle Sacramento, al costado de la Real Colegiata, ensimismados en sus quehaceres y en sus destinos, y de repente se alegran o se llenan de nostalgia, según cada natural, y no falta quien se detiene en seco ante el imprevisto concierto y se acerca a husmear de dónde surge tanta armonía.

Así descubrieron muchos la tienda de instrumentos Arold, rebotica musical, lugar de animadas tertulias, intensos ensayos y exhaustivas sesiones de afinación, al frente de la cual llevan —desde hace 35 años— Francisco Luis Arold y María Luisa Lario. Aquí se agolpan partituras y maracas, castañuelas y flautas, guitarras y órganos, y multitud de anécdotas en un establecimiento, tan entrañable como sus dueños, que el 15 de mayo echa el cierre por jubilación. Arold vio la luz en 1946, en Pamplona y de padre alemán (se llamaba como él, esto es, Franz Ludwig), nacido a su vez en Kleinheubach «para la parte de Frankfurt», precisa, y llegado a España poco antes de estallar la guerra civil. Aunque ejerció diversos oficios, fue reparador, afinador y restaurador de pianos y órganos de iglesia, y fino constructor de estos últimos. Casó con una extremeña de Serradilla y para allá marcharon cuando Francisco era bien pequeño, dadas las difíciles condiciones de vida que la posguerra había impuesto en las ciudades. Trabajó el teutón en pantanos locales para pasar con su familia, después, a Zamora, Astorga... y León, ciudad elegida por Franz «para reparar los armoniums de la zona», explica Arold, quien añade cómo en algún pueblo (por ejemplo, Mansilla Mayor) todavía existe una de las placas que colocaba su padre, con su nombre, tras el arreglo. «Era muy estimado», resume.

Arold nació «con oído absoluto», «posiblemente hereditario», anuncia. ¿Y qué es eso? «Pues que desde niño yo escucho una nota, cualquiera, aunque tocada muy rápido, y te digo cuál es». A los once años se puso a estudiar piano con Vicenta García Osuna y se examinó en el Conservatorio de Valladolid: a los 16 acaba la carrera, «con todo sobresalientes». Entretanto, la familia se desplaza a Almazán y Soria para reparar órganos pero Arold decide viajar a Alemania a estudiar para concertista. Ante la escasez de medios y «ya que la presunta herencia de mi padre se reveló inexistente», dice, regresa a España.

A los 18 ingresa en el ejército, en el Burgos-36, y con la promesa, por parte del director de la banda, de asignarle la plaza de oboe, plaza que, «por razones que nunca comprendí, no se me asignó», suspira aún. Visto lo cual prosigue sus estudios de Bachillerato en el instituto nocturno, pero también entra como componente del grupo Los Mágicos, que tocaban en el Recreo, el Casino, el Aero Club... Formó otro que sólo actuó tres veces, el Arold’s Group, aunque amplió colaboraciones en orquestas de baile como Brasil o Ritmos Modernos. Con Los Celtas de España, formación de La Coruña, estuvo nada menos que cuatro años tocando «música de entretenimiento y cabarets» entre Berlín, Mainz, Múnich, Dusseldorf y Colonia. «Asuntos de amor» lo traen de nuevo a España, donde se establece definitivamente, impartiendo clases de piano y guitarra en San Cayetano, el Seminario Menor y multitud de colegios. También abrió el primer bar musical de León, en el que se escuchaba un órgano Hammond de manera diaria, el Pub 3.000, pero también tocaba en el Derby y en otros más. Abrió la tienda en 1976, juntando todos los instrumentos que había traído de Alemania y así inició un periodo «de ventas exitosas pero cobros desastrosos», dejándoles a deber los grupos locales «dos millones de pesetas» de la época que sólo remontaría poco a poco y con mucho esfuerzo. Fue pionero en llevar discotecas móviles por los pueblos (al principio, un tocadiscos en una furgoneta). Construyó él mismo un órgano («a ratitos, durante tres años») y siguió ofreciendo conciertos aquí y allá. En resumen: «Hemos tratado de que lo que hacemos no sea sólo una venta, sino que quede... un amigo».

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