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Hoy he vuelto a saber de Umbria

 

Bernardo Gutierrez San Miguel de León - 26/11/2018

Compré la caja, con enorme ilusión, en el primer bricolaje que abrieron en la ciudad, hace ya muchos años. Era de madera clara, ancha, tipo cofre, de esas que no se podían regalar sin previa manualidad de cromo, serigrafía y barniz, pero de buena calidad, consistente, con unas robustas bisagras de latón, dulces al cierre, nada que ver con lo que vino después, y lo digo tanto en su mérito, pues duró mucho (bastante más que casi todas las que tuve luego, incluidas las carísimas inglesas de aluminio compartimentado con tapitas individuales de cristal), como en su demérito, pues no era una caja estanca, aunque entonces, sin más botas que las de goma de pierna entera, esa utilidad solo se podía aprovechar cuando caías al río, cesta con caja adentro, o en los días de lluvia incesante, que todo lo empapaban. Me costó lo que, entre propina y propina, no tenía, convencido como estaba de que su destino, entre práctico, original y divertido, era lo único importante, pues ya en la misma tarde en que entró en mi casa nos esperaban, embolsados, los materiales apañados tiempo atrás para su acondicionamiento, a saber, unas corcheras grandes y largas en las que mi abuelo enrollaba, en verano, los aparejos de pesca de la mar, un bote de cola blanca, entero y nuevecito, reservado para el proyecto; una pequeña regla verde; un buen puñado del tabaco de pipa de mi padre, cuyo olor, además de a gloria bendita, repelía al pulgón come plumas de las moscas de pescar; un par de agujas pinchadas en el tapón de una botella, imprescindibles para desenredar los nudos de los hilos de atadura de los aparejos; y unas tijeras de punta curva que a la postre no me sirvieron para nada, pues acabé recortando las tiras de corcho con el más afilado cuchillo que encontré en la cocina de mi madre, intentando igualar todas las tirillas a la medida de las hojas interiores de la caja, dónde las fui pegando en espaciadas filas, capaces de albergar, ordenadas por colores y tipos de plumas, las moscas de pescar, que, por docenas, guardaba desperdigadas en botes de Nivea, cajas de puros, carretes de fotografía y latas de pastillas para la tos. Cuando acabé la distribución pensé, orgulloso, que el proyecto merecía mayor ornato, y así, rebuscando, alguna que otra pegatina pasó a adornar las tapas de la caja, y entre ellas una, la primera y mejor colocada, que, bajo la enseña de “Umbria”, reflejaba, en colorines, cascada de fondo incluida, el tortuoso cauce de un salvaje río de montaña, tan espectacular como necesaria y notablemente truchero, o al menos así lo suponía yo, ensimismado al contemplar las trazas del agua, tan distintas de las mías, Porma y Esta arriba, dónde había aprendido a pescar. El adhesivo había venido, al parecer, con mi tía, de Italia, a la vuelta de un antiguo viaje, y de tan relevante que aparecía en mi caja no puede con las ganas de investigar un poco más en aquel enorme diccionario enciclopédico que ocupaba toda una estantería del salón, tratando de corroborar la bondad truchera de los ríos de la Umbría, de lo que a mis trece años quedé plenamente convencido. Muchas tardes pasé luego desenredando los nudos de las moscas de la caja, y ordenándolas, pinchadas en las tirillas de corcho, colocadas por plumajes y colores, indios por un lado (acerados, negriscos, rubiones, avellanados, palometas y plateados), pardos por otro (corzunos, aconchados, langaretos, flor de escoba y rubiones), y al final, junto al tapón de botella porta agujas que viajaba encajado en las últimas filas, los demás plumajes de los gallos de León que me parecían de difícil encaje en las categorías conocidas, sesiones revisorias que siempre acababan espolvoreando sobre las ordenadas moscas una abundante ración de tabaco de pipa, sin perder ocasión de enseñar la colección a cualquier pescador que se cruzara en mi camino, con la ingenuidad de los niños orgullosos. Aquello llegó a convertirse en pura magia, un deseado ritual que en toda estación olía bien, a tabaco y a truchas, de tanto llevar la preciada caja dentro de la cesta de pescar, rebozada entre los lomos de los peces, las salgueras y los helechos destinados a conservar la pesca. De hecho, con el tiempo, el uso tiñó la madera de un negro imborrable, sus bisagras atesoraron tanta holgura como óxido, varias tirillas de corcho se habían desprendido, otras estaban rotas, y alguna de las pegatinas de sus tapas pasaron a mejor vida, desprendiéndose y dejando a su paso una fea y descolorida huella vacante. No tuve pues más remedio que relegar aquella caja al lugar en el que reposan los antiguos trebejos de la pesca, dónde aún la conservo, compartiendo balda con el resto del equipaje imprescindible en el que guardo el tiempo y los sentimientos, y, mira tu que cosas, ha sido justo hoy, más de cuarenta años después, cuando he vuelto a saber de Umbria, esta vez como sede de un programa de cocina que pusieron en la televisión, y la verdad es que, tras contemplar el torrente y la enorme cascada que hacía de fondo al “laboro” del parlanchín cocinero, me he pasado media tarde recordando la caja de la infancia, llena de sueños e ilusiones, abierta al borde de un río que siempre acababa en Umbria. Por lo demás, de poco importa ahora el tiempo que tardé en comprender que el paraíso estaba aquí, que era éste y no aquel, y que nunca podría haber ninguna pesca mejor ni más satisfactoria que la de cualquiera de aquellos días, cuando el mundo se paraba debajo del puente de Bachende, o en el Villar de Anciles, en Escaro o en la tablona de Vegas del Condado, para que aquel niño pudiera encontrar dentro de su caja la mosca con la que pescar alguna de las enormes truchas que se estaban cebando sin parar, y no solo estoy hablando de una añoranza personal, sino de algo que conocen muy bien todos los pescadores antiguos de aquel fluvialmente glorioso León que poco a poco se nos ha ido escurriendo de las manos, aguas abajo, con todo lo demás, llevándose gran parte de las truchas, de los ríos, y de su pesca, que, como fue, ya nunca volverá. Tempus fugit Espero que en Umbria les haya ido algo mejor.


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