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La Vieja del Monte

 

Omar Alvarado González de Quintana del Castillo - 30/12/2018

Estoy horrorizado por lo que leo, especialmente en las Redes Sociales, con motivo del asunto de la Vieja del Monte. Si bien es cierto que las controversias encarnizadas por asuntos análogos siempre se han suscitado (véase Jacob Grimm versus el resto de los investigadores y rapsodas alemanes del XIX, por su inflexible corolario de que la transmisión desde el vehículo oral tradicional al manuscrito contemporáneo habría de ser íntegra, sin veleidades fabuladoras), la virulencia observada en lo publicado, con referencia al asunto aludido es, de verdad, absolutamente incalificable. He decidido obviar una introducción sobre el origen de todo mito y su relevancia dentro de la aportación al conocimiento universal, indudable y bastante menospreciada por el academicismo historiográfico que, lógicamente, en terrenos prehistóricos, no cuenta con las mejores herramientas. Pero la posibilidad de que el Mito de la Vieja del Monte provenga directamente de esos tiempos arcaicos es lo que, en esencia, me parece bello, bellísimo… perturbador, con independencia de la evolución sincrética o distorsionada que haya tenido que experimentar. No nos engañemos: ni los Reyes Magos fueron Reyes históricos que se pusieron en marcha para visitar a un niño profético y por un aviso sincrónico al ver aparecer una estrella en el cielo, ni Santa Claus tenía una alegórica fábrica de hacer juguetes sobre el Círculo Polar Ártico y un servicio logístico que hoy envidiarían Seur y DHL. Ambos son referencias a metáforas traducidas de la bóveda celeste, que venían a significar hechos concretos registrados por los sacerdotes astrónomos y que en el caso de los Reyes coincidía con un cambio de Era (un vuelco del espacio Tiempo), la transición del Aries precesional al actual Piscis (ya crepuscular hacia un nuevo “amanecer” en Acuario, por causa de esa misma precesión) y que hasta el mismo Virgilio se encargó de poner en relevancia. No querer ver en Papa Noel y su trineo de renos voladores, una adaptación medieval al mito de Faetón “repartiendo” un nuevo sendero eclíptico, una nueva referencia calendaria, ante el extravío del antiguo camino de cenizas (la Vía Láctea) es permitir que se vierta por el inodoro postmodernista, uno de los más hermosos periodos de la historia (prehistoria) de la Humanidad, cuando, por encima de todo, predominaba la inquietud por recibir el conocimiento heredado durante eones (en los Vedas ya se habla de carros de fuego y coluros equinocciales incendiados y desubicados) y transmitirlo asimismo a las generaciones futuras sirviéndose del vehículo más humanamente conmovedor que existe: la Poesía. De la “Vieja”, el “Monte” y el “Pan”, resaltaré tan sólo lo del Monte, lo que parece más evidente. Desde Eliade hasta Dechend, pasando por todos los investigadores de la Historia de la Ciencia más insignes, está universalmente admitido que, en todo mito, sea por la Polinesia, las junglas del Yucatán o el Creciente Fértil, la referencia a una Montaña (Monte), identifica metafóricamente algún suceso que ocurre (u ocurrió) cíclicamente en torno al SOLSTICIO DE VERANO y que poseía la suficiente y capital importancia como para tener que ser recordado. Lo de “Pan” es mucho, muchísimo más sugerente, pero demasiado arriesgado e improbable y sólo dejaré dicho que el mito de Pan, junto con el del Molino de Hamlet (Amlodhi; Amleto, Kulervo, Kai Khosro, Iudistira, Quetzalcóalt… Kronos, etc) es el más ubicuo de todos los existentes sobre el orbe, y anterior a este último; posiblemente su precursor. ¡Tanto da! Es muy peregrino pensar que el término se haya transmitido hasta el presente en su total integridad; eso visto por una mente científica, de hemisferio cerebral izquierdo… pero ¿quién pone barreras a lo que puede fabular el derecho? Daría para un Mahabaratta completo lo que se podría especular sobre “lo que es” y “de dónde” proviene, pero todos los grandes descubrimientos siempre partieron de muy enfebrecidas intuiciones, tenidas por peregrinas, y de escasas referencias contrastadas; que se lo digan a Kepler y a Newton… por ejemplo. Y si os parece poco lo que “nos ha llegado” desde el pasado, tan escaso que es fácil dudar de su consistencia para atreverse a formular una mitología sólida y localizada entre nuestras fronteras leonesas diseñadas sobre precedentes cantábro-astur-vacceos, os recordaré que, ya en el Gilgamesh, la primera saga cosmogónica completa de la que se tiene registro histórico, se describe una contienda entre el héroe que titula la obra y su alter ego, Ekindú, en la que, AFERRADOS A SUS CINTOS, ambos giran sobre un imaginario eje (polar-eclíptico) intentando desestabilizarse mutuamente hasta que… deciden sumar esfuerzos y proseguir juntos. Queridos leoneses. ¡Hagamos como ellos!... y avancemos juntos recordando y reivindicando nuestros mitos, aunque precisemos “reconstelarlos” una vez más (no sería la primera), en vez de intentar trabarnos con reivindicaciones al límite de lo transigente que, más parecen, pataletas pueriles, que verdaderas aportaciones en un cometido que debería de competernos a todos. (Me avergüenza tener que reconocer que yo NUNCA había oído hablar de la Vieja del Monte, hasta que Toño – Antón Glez para los feisbukeros - empezó a “dar la vara” – la vara de Kronos/Cronos - con ello. ¡Gracias "mangarrán"!) Omar Alvarado Escritor y Cantautor

   
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