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RETABLO LEONÉS

La densa historia de Rueda del Almirante

No es la primera vez que este Retablo dedica un apunte a la extensa y noble tierra de Rueda. La personalidad histórica que la define nos conduce hacia esa villa señorial que, sobre un cerro dominante, como dueña y señora de una co

 

Fotografía de un curioso ventanal en la iglesia parroquial de Santa María, en Rueda del Almirante - DL

Enrique Alonso Pérez - LEON.
Enrique Alonso Pérez 10/12/2002

Como todas las villas y poblados que deben su origen al carácter defensivo que las obligó a nacer, nuestra histórica y mermada Rueda del Almirante ha visto crecer sin embargo a las antiguas aldeas de su jurisdicción y dominio, mientras que ella, agobiada por el escaso espacio laborable y las incómodas cuestonas que la distancian de la vega, ha minimizado progresivamente su censo y muestra los cada vez más espaciados restos de la fortaleza medieval que floreció en el siglo XII. Rueda del Almirante es un signo más de la desidia leonesa en conservar su patrimonio histórico y cultural. Villas como la de este comentario, que perdieron su sentido de supervivencia al término de los enfrentamientos seculares de moros y cristianos, han sido casi siempre recuperadas por las antiguas Comisiones Provinciales de monumentos o a través de las modernas Direcciones Generales de Patrimonio Artístico o de Turismo. Rueda, por el contrario, ha permanecido olvidada, aislada y hasta expoliada, pues hemos podido ver, en el cercano pueblo de San Miguel de Escalada, un hermoso blasón de los Almirantes de Castilla luciendo en una casa levantada por los años veinte. Al hilo de la historia La jurisdicción medieval de Rueda del Almirante abarcaba 39 pueblos, prácticamente todos los de la comarca, y en la época de más esplendor -que coincide con los siglos XIII y XIV- llegó a tener tres parroquias: la de Santiago, la de San Andrés y la que actualmente se conserva, que es la de Santa María. Es de suponer, por lógica, que su población en estos tiempos fue muy superior a la que tuvo a partir del siglo XVI, en que comenzó a decaer. Parece ser que sus edificaciones de entonces se extendían ampliamente por la ladera nordeste, hasta tal punto que el centro de la villa estaría probablemente en un lugar de la ladera que todavía se conoce con el topónimo de «Media Villa». En la parte dominante del cerro, donde hoy se concentra el caserío actual, se encontraba emplazada la sólida fortaleza rodeada de murallas, y la entrada principal se hallaba situada en un extremo de la muralla, escoltada por dos hermosas torres, que aunque hoy no se corresponden con huella alguna, nos han quedado reflejadas en numerosos documentos escritos, entre los cuales hemos podido leer el apunte del historiador y crítico Julio Puyol, que en su libro La Pícara Justina, juicio Crítico (1912), cuando habla del Almirante de Castilla, don Luis Enríquez de Cabrera, y los pueblos adscritos a su jurisdicción, dice textualmente: «Entre ellos Rueda, que aún hoy se llama del Almirante, donde poseía unas torres ya desaparecidas» Leyendas Al igual que todos los pueblos que tuvieron cierto protagonismo en las cabeceras de señoríos medievales, Rueda disfruta también de ese halo teñido de misterio que alimentan las leyendas y sucedidos. En una antigua plazuela, hoy desdibujada por el arruinado conjunto de sus edificaciones, se administraba justicia según las severas costumbres del medievo, y aún se sigue llamando aquel lugar, por sus connotaciones justicieras, «El Rollo». Por otra parte, con ocasión de algunas excavaciones llevadas a efecto por los vecinos, se han encontrado restos de vasijas antiguas, monedas y hasta un sarcófago de piedra que contenía un esqueleto de talla poco corriente, por su gran medida, inusual en la época. Pasadizos secretos Pero lo que más ha llamado la atención, a la hora de especular con las tan traídas escaramuzas de moros y cristianos, es sin duda el descubrimiento de los inevitables pasadizos secretos que prestigiaban toda fortaleza de aquella época. Según el testimonio de algunos vecinos, allá por los años cuarenta, profundizaron en una excavación próxima a las ruinas del castillo y «llegaron a descubrir un hueco grande cuya terminación no hallaron, y al arrojar piedras en él, iban a perderse a lo lejos dejando tras sí un extraño y sonoro ruido». Las conjeturas que hacían los más ancianos, se encaminaban a pensar que este lóbrego pasadizo se comunicaría con la entrada de la cueva que todavía se observa a la parte del saliente, entre el río y la cuesta, y que la tradición señala como la entrada al túnel que comunicaba con el castillo de la localidad.





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