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El baile del ahorcado

Menos fantasmas

 

Cristina Fanjul
14/05/2019

Nada ha cambiado en esta comunidad. Por eso, no hay nada con lo que podamos contar, que podamos dar por sentado. Todo ha ido a peor desde hace tanto tiempo que ni siquiera recordamos si es el espacio eterno en el que se teje la vida de los hombres o si, por el contrario, acabamos de despertarnos para comprobar que en un momento la siesta volverá a comenzar. Sale Mañueco a enmendar los últimos 32 años de su partido y lo hace sin sonrojarse. La nueva era de la política consiste en negar lo que hacíamos ayer, juntar palabras para crear realidades que se ajusten a verdades inapelables, mentiras en las que basamos la convivencia común. «Crearé una consejería del medio rural», promete el candidato, como si generar sueldos de cien mil euros fuera el bálsamo de Fierabrás para poblar una tierra en la que la muerte parece ser la única posibilidad. Ese el remedio de Mañueco contra la pobreza y la desolación: poblar con burocracia, aumentar este estado feudal a costa de los impuestos de una clase media que ya no existe. Lo mismo en las cuencas, una tierra de nadie con un paro cercano al 70%. No es el sanchismo el culpable de las políticas que arrinconaron León al olvido. No fue el PSOE el que decidió que los fondos Miner fueran un trasvase de subvenciones desde Laciana hasta Boecillo. Para eso se necesitaron seis planes quinquenales más dos años de propina.

Seamos claros. Nos acercamos a un lugar inhóspito en el que el frío y la incertidumbre no se nos despegará del cuerpo. A más promesas, mayores serán las mentiras. Puede que este sea el momento idóneo para comenzar a tratar al votante como si la relación se dispusiera de igual a igual, aunque a lo peor, lo que no se ha hecho en 32 años tampoco se materializará en cuatro.

Estamos a punto de abandonar la segunda era de la historia. La diferencia la marcará quien sea capaz de hablar con los ciudadanos sin envolver su discurso con el papel de celofán que secuestre su voluntad en los próximos cuatro años. Necesitamos políticos que no apelen más a la fe. Menos fantasmas.

   
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