+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario Diario de León:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 

LITERATURA

Adiós a la poeta de alma limpia y verso claro

Fallece Paca Aguirre, última ganadora del Nacional de las Letras Autodidacta, escribía versos con ritmo parsimonioso.

 

Francisca Aguirre. ESTEBAN COBO -

miguel lorenci | madrid
15/04/2019

Cinco meses después de ganar el Premio Nacional de las Letras, nos deja Francisca Aguirre Benito (Alicante, 1930), Paca para todos, poeta de alma limpia y verso claro. Le llenaba de orgullo que el jurado destacara al premiarla la «clarividencia machadiana» de su trabajada poesía. Hija del pintor Lorenzo Aguirre, viuda del poeta y flamencólogo Félix Grande, y madre de la poeta Guadalupe Grande, Paca Aguirre fallecía a los 88 años en su casa de Madrid. Sus restos descansarán en el cementerio de Tomelloso (Ciudad Real), junto a los de su marido, fallecido en 2014. Tenía Aguirre la clara conciencia de «haber escrito mucho, defenestrado bastante y publicado poco» y a don Antonio Machado como «el primero entre los dioses literarios».

Ganadora del Premio Nacional de Poesía en 2011 con Historia de una anatomía, poemario que le dio antes el premio Miguel Hernández, el Nacional de las Letras fue el galardón más relevante de su carrera. «Que se lo den a una mujer es una alegría para todas; algo muy bueno, y con ellas lo comparto», aseguraba al recibirlo en noviembre pasado. Se lo dedicó a su padre Lorenzo Aguirre, «un hombre muy culto, un pintor extraordinario y un intelectual de enorme valía a quien mató Franco». Fue, en efecto, uno de los últimos ejecutados a garrote vil por el franquismo y a él le dedicó Aguirre los poemarios Trescientos escalones e Historia de una anatomía.

«Sin la palabra seríamos animales estúpidos», decía Aguirre, un autodidacta cuya universidad fueron «los libros de viejo» y para quien la poesía fue «la gran consoladora, que está por encima de casi todo y se enfrenta al gran vacío final». «La poesía, tan eterna con el teatro, tiene la misma mala salud de hierro que garantiza su vida inagotable», decía.

Paca Aguirre fue una atleta de fondo en el ámbito poético en el que debutó en 1971 con Ítaca, poemario que mereció el premio Leopoldo Panero. Entonces ya era una adulta que se movía con ritmo de perezoso el mundo de la creación. «Tardé muchísimo en darle el visto bueno a aquel poemario que comencé a escribir siete años antes. Mareé la perdiz hasta que creí que estaba suficientemente adobada» ironizaba.

Mantuvo desde entonces ese lento caminar en busca de una voz poética propia marcada por una machadiana sencillez, la naturalidad y la ironía. «Mi generación no tuvo fácil el acceso a la cultura, así que me he pasado a vida rastreando como un topo la genialidad para nutrirme de la poesía de los grades, husmeando en su obra para sacar lecha de un alcuza», aseguraba una rendida admiradora de César Vallejo, Garcilaso, Hölderlin, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Rilke, Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca. «A todos los he he leído hasta caerme», repetía. No creía en las corrientes y sí en los poetas.