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CULTURA

¿Qué hay de nuevo en los 80, Vicente?

El escritor Vicente Muñoz presenta mañana ‘Regresiones’, un paseo nostálgico a la postmodernidad.

 

El escritor leonés Vicente Muñoz ante la Catedral de León en una foto que forma parte de un documental sobre escritores ‘underground’. - demian ortiz

CRISTINA FANJUL | LEÓN
04/03/2015

«¿Que qué hay de nuevo en los ochenta?» Vicente Muñoz se lo piensa pero lo tiene claro. «Un modo de entenderme, a mí mismo, por qué estoy aquí y ahora y por qué soy hoy lo que soy». Así que, el poeta nos coge de la mano y nos lleva hacia el lugar en el que todo comenzó, al tiempo que creó un tiempo nuevo: «el fin de una larga y traumática dictadura, la fiesta que supuso la Transición, la bonanza económica de aquel tiempo y el espíritu libertario y efervescente de la Movida...», recita mientras repasa las bandas de rock, los fanzines incendiarios, los bares alternativos, los artistas sin complejos... Es Regresiones, el nuevo libro del padre de los tripulantes, un «ejercicio de nostalgia» con el que regresa a los rincones de su infancia y juventud, al torreón del palacio Gaudí, a las tardes en el café Victoria, al pasaje del cine Mary, al CCAN, a los Cardiacos, en fin, que este libro no es solo la memoria melancólica del tiempo perdido para Vicente. Son muchos los que volverán ‘a casa’ al desenvolverse a través de sus páginas. Dice Gabriel Oca que al pasar las páginas del libro, ha vuelto a pasearse por el León del Toisón y el Pato Loco, el 44 y el Anarcoma, el Húmedo del Rojo, la Galocha y el Baquero, del Grano y la Tierra y el Cafetín de las mojadas. «Quiero decir que es novela de nuestra época y novela de León al mismo tiempo, del León de aquellos años, de los que vivimos el CCAN, de los que conocimos el Húmedo cuando era un vergel kinkillero y no un chiringuito de cotillón y despedida de soltero», rememora.

Mentiras y cassettes

El libro cuenta, además, con BSO, porque la música es la segunda pasión de Vicente, «escuchaba música y leía, leía y escuchaba música, hasta que comencé, sobre los dieciséis años, a escribir mis primeros relatos». Así que se cansó de seguir la música de otro y creó la suya. La experiencia se llamó Veredicto final. Luis, Ana Campe, Bingucho y Vicente se encargaron de marcarle el paso a la juventud leonesa con canciones que aún hoy siguen en la memoria de muchos. Pero otra cosa es la memoria y aquí mientes y lo sabes, Vicente, mientes cuando dices que no has rellenado nada con la imaginación. Por eso nada puede competir con la nostalgia. De verdad, que si volvieras al pantano de Luna, o al CCAN o al ático del palacio de Gaudí, si volvieras, no verías casi nada de lo que te muestran tus recuerdos, porque la memoria es todo menos aséptica, es nuestro tesoro, ese que abrimos cuando ya no queda nada que rescatar salvo la nostalgia. Sin embargo, te empecinas y dices que no, que este libro es un ejercicio de memoria orientado a una catarsis en la que no cabe la ficción. «Todo es real. Más o menos magnificado por la nostalgia, no lo sé, pero real como la vida misma, en este caso, mi propia vida», tan real como un espejismo...

Sólo la música; la música es lo único que no puede ser modificado porque la música son matemáticas, el lenguaje de Dios, absoluto, así que Vicente nos hace las mezclas con Los Cardiacos, Noches de Toisón, Volver al colinón, Parálisis Permanente, Quiero ser santa, y Gabinete Caligari, Que Dios reparta suerte... «Hacía años que no escuchaba estos temas, que no volvía a ellos, de hecho, durante mucho tiempo no escuché apenas música española, o al menos cantada en español, que si fuzz, jazz, surf, blues, psicodelia, fusión, hasta que de pronto, no sé por qué, sentí la necesidad de volver a ellos, a estos viejos discos del punk y del pop español: era el momento, como digo, de sentarme a escribir con perspectiva este libro»

Regresar a la infancia, revisitar la juventud cuando estás a punto de llegar a una edad que no te crees. Por eso para Vicente los ochenta sí fueron un tiempo mejor y sí, asegura, fue un niño feliz, un adolescente complicado y un joven con aspiraciones. De aspiraciones anda sobrado, como cualquier escritor, pero Vicente va más allá, «Estoy y soy. Esa es hoy mi principal aspiración», dice sirviéndose de su grito de guerra, ese con el que todos sabemos que es él el que se esconde detrás de los textos.

—¿Y la infancia y la juventud?

—Sí, fui un niño feliz, sin duda, aunque siempre melancólico, soy poeta, lo llevo en la sangre. He tenido y tengo una familia que adoro y una educación abierta y libre, y de todo ello estoy muy orgulloso y agradecido. Adolescente complicado, bueno, quizás tanto no, pero rebelde sí, y alternativo también.

—¿Por qué este libro y por qué ahora?

—Porque sentí que debía escribirlo, como todos los anteriores. No escribo por dinero, sino por necesidad, para entenderme mejor a mí mismo, lo primero, y exorcizar mis fantasmas y dudas y miedos. Para mí escribir siempre ha sido y sigue siendo una catarsis. Pero sobre todo esta novela, Regresiones, es una deuda que tenía pendiente desde hace mucho tiempo conmigo mismo, estaba en mi cabeza desde hace años, pero creo que no tenía la suficiente perspectiva para abordarla, hasta que hace poco más de un año, como un torrente, vino a mí... Y mi mano transcribió lo que me dictaba la cabeza. Tenía que escribirla, no sé por qué ni para qué, me da igual, y lo he hecho. Otro libro más. Pero este, más que ningún otro, yo en estado puro, y de rebote toda la generación que vivió a mi lado aquellos años y sabe de lo que hablo.

Lugar: Gran Café. Calle Cervantes, 9

Día y hora: mañana, a las 21.00 horas

   
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