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Robles, capital del ‘planeta Arroyo’

La familia del recientemente fallecido artista confirma su intención de poner en marcha la gran biblioteca que Arroyo no pudo ver finalizada en Robles de Laciana. Lo aseguraron en la presentación de la muestra madrileña ‘El buque fantasma’..

 

Un aspecto de ‘El buque fantasma’, exposición que podrá verse en el Jardín Botánico de Madrid hasta el 17 de marzo. J. J. GUILLÉN -

Otras obras de esta exhibición, algunas de cuyas piezas fueron culminadas en Robles. J. J. GUILLÉN -

12/01/2019

álvaro soto/ dl | madrid

Eduardo Arroyo aprovechó hasta su último hálito de vida para pintar. En sus meses finales, se despertaba en medio de la noche y cogía los pinceles para terminar sus cuadros. «Ya no tenía fuerzas, aunque él no se daba cuenta porque quería seguir viviendo, pero se levantaba y pintaba», recuerda su viuda, Isabel Azcárate. De esta forma tan artística finalizó el 14 de agosto Arroyo, fallecido en octubre, El buque fantasma, su cuadro póstumo y el que da nombre a la exposición que ayer se presentó en el Jardín Botánico de Madrid. ‘

El buque fantasma —que culminó entre junio y agosto de 2018 en su taller de Robles de Laciana— es una alegoría del personaje del marinero maldito creado por el compositor Richard Wagner para sus óperas. Los azules, amarillos y rojos modelan un gran cuadro, tres metros de ancho por dos de alto, en el que un submarino marrón de ruedas naranjas ocupa el espacio central y dos caballitos de mar, inspirados en una imagen que Eduardo Arroyo vio en una calle de París, sostienen los laterales. Completan el cuadro las máscaras de Fantômas, el personaje literario creado por Marcel Allain, un elemento característico de su estética. «Siempre le gustó disfrazarse, taparse, estar y no estar», certifica Azcárate. La muestra reúne 38 pinturas y esculturas firmadas por Arroyo (Madrid, 1937-2018) desde el año 2000 hasta su fallecimiento, una etapa vital, fecunda y madura en la que el artista de raíces leonesas culminó algunas de sus creaciones más importantes. Personajes emblemáticos en la imaginación de Arroyo como Dorian Gray, Moby Dick, Don Juan Tenorio, Falstaff, Madame Butterfly o Doña Inés se reúnen en el Jardín Botánico madrileño, un lugar en el que el autor tenía gran ilusión por exponer. «Decía que si le hubieran pedido esta muestra en el Reina Sofía, no habría querido, pero aquí estaba encantado», apunta Azcárate, que glosó la figura del Premio Nacional de Artes Plásticas en 1982 y Caballero de las Artes y las Letras de Francia, país en el que se exilió en 1958. «Es muy difícil acomodarse a que no esté, pero por lo menos se puede decir que tuvo la satisfacción de hacer siempre lo que quiso. Afirmaba que no debía nada a nadie y por eso decía lo que quería».

La exposición, que forma parte de una trilogía que se instaló en la Fundación Maeght de Saint-Paul-de-Vence (Francia) en 2017 y pasó por el Museo de Bellas Artes de Bilbao en 2018, se completa con la proyección de la película Arroyo. Exposición individual, producida en 2011, y en la que el artista se explaya con un monólogo de 24 horas en el que interpreta su obra.

Tres obras inacabadas

Fabienne di Rocco, colaboradora de Arroyo durante décadas, heredera junto a la viuda y al hijo del artista y comisaria de la obra, explicó que el creador dejó dos obras inacabadas: Tres visitadoras en la cocina de Agatha Christie, que se inspira en los Diez negritos y retrata a la escritora británica; y La bella y la bestia, donde pudo pintar a Lenin y donde «tenía pensado incluir a Stalin, Mao y Marx». «¿Qué vamos a hacer con eso? El de Lenin no tiene sentido completo, pero en el caso de Agatha, sí, ahí se puede hacer algo, pero es algo que se tendrá que hablar», añadió Azcárate.

El futuro de estos cuadros y, en general, el legado de Eduardo Arroyo continúa siendo una incógnita. Por ahora, la familia sólo confirmaba ayer la apertura en Robles de Laciana, donde Arroyo se retiraba durante temporadas —y en la que, de hecho, está enterrado—, de una gran biblioteca que incluirá los volúmenes del autor; y también el mantenimiento de sus dos estudios, el de Madrid y el de Robles. Sobre el destino de sus obras artísticas aumentan las dudas. «Lo único que nos dijo es que no quería una fundación. Si creáramos una fundación, se levantaría indignado», cuenta Di Rocco. «Sí nos pidió que guardáramos sus cuadros y su biblioteca. Somos tres herederos y no queremos que se pierda su obra, sino todo lo contrario, que vaya hacia arriba», agrega su colaboradora y comisaria artística.

   
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