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CULTURA ■ PATRIMONIO

El sitio de su recreo de Eugenio de Nora

Fallecido la semana pasada, premio Castilla y León de las Letras, representante de la poesía civil y natural de Zacos, De Nora tenía en un molino de San Andrés el lugar para regresar a su tierra, que dejó en 1949 al irse a trabajar a una universidad suiza

 

Imagen actual del molino de San Andrés que pertenece a la familia de Eugenio de Nora. MARCIANO PÉREZ -

Fachada del inmueble, en fotografía de 1998. CORTESÍA FAMILIA DE NORA -

P. RODRÍGUEZ / E. GANCEDO | MADRID / LEÓN
07/05/2018

En Eugenio García de Nora (Zacos, 1923-Madrid, 2018) todo es antes, salvo el presente de su muerte. Que, de alguna manera, o como ocurre casi siempre, ha rescatado su memoria y recordado a todos su reconocimiento, y no sólo en León. Murió en la madrugada de este 2 de mayo pasado, en Madrid, pero en 2007 había sufrido un derrame cerebral y su vida había quedado anclada definitivamente a la capital, cuidado por sus dos hijos: Eugenio y José, mellizos y dedicados en cuerpo y alma a la atención, primero de su madre, Carmen, y luego de su padre. Así, el antes de Eugenio de Nora es León por todas partes, aunque hay que remontarse a 1949, a su niñez y juventud. De ahí, a las siguientes cuatro décadas, hasta 1989, reside en Suiza, donde trabaja como profesor de Literatura en la Universidad de Berna. En ese antes quedan León, la Cepeda, Villamejil (como tierra paterna), Zacos (lugar de nacimiento), y un recoleto molino de San Andrés del Rabanedo, donde curiosamente vivió por el nada azaroso destino sino por el empeño emprendedor de su padre.

Fue premio Castilla y León de las Letras en 2001. Y, sí, hace mucho de ello. Pero en De Nora, según cuenta su hijo Eugenio, «no hay ningún sentimiento de haber sido olvidado por su tierra. Al contrario, amaba León y quería a Zacos, de hecho se sentía muy orgulloso por el homenaje que le hicieron en su pueblo», asegura. «Pero mi padre, también te digo que al contrario que mi madre, era de poco contar. No sé por qué. Pero era así. No expresaba sus opiniones sobre sentimientos. Pero se sentía reconocido», añade este hijo del poeta cepedano, y asegura que es la única línea argumental que le hace justicia: la ausencia de reproches.

Con la pena por su desaparición, los hermanos Eugenio y José se mueven ahora «entre la tristeza y la tensión que provoca, aunque ya estaba muy mal, el pensar que hubiera podido salir de esta. Aunque los últimos días fueron tan malos que también hay algo de liberación», confiesa Eugenio casi a modo de reflexión en voz alta. Así que, ante un poeta leonés que opta por la discreción, no se encontrará la exaltación superficial de su tierra, sino el cariño constante que representa el recuerdo de sus años de infancia y juventud. Y es aquí donde cobra valor el molino de Eugenio de Nora, ubicado en San Andrés del Rabanedo, en las proximidades del Ayuntamiento. Esa es la casa de De Nora hasta que se traslada a Berna en 1949. Precisamente los años en los que, en 1944, funda la revista Espadaña junto a Antonio González de Lama y a Victoriano Crémer. Intelectualmente, toda una audacia literaria en unos años que fueron negros para España.

«La conexión leonesa de mi padre, a causa de su enfermedad, se ha ido perdiendo en los últimos años. Pero le gustaba ir. Tenía amigos como los hermanos Natal, y seguía algo la labor literaria de paisanos como Luis Mateo Díez, José María Merino, Juan Pedro Aparicio, Julio Llamazares... Estoy seguro de que compartía origen y se sentía leonés. Cepedano, seguro. Pero era poco expresivo en esos sentimientos. No te puedo decir cómo definiría a los leoneses. Mi madre, en cambio, que era aragonesa, y muy comunicativa, le decía: ‘Qué cazurros sois los leoneses’...», afirma, como si en cambio el afecto silencioso de De Nora fuera su fórmula magistral.

El padre emprendedor

«El molino de León era nuestro lugar de todos los veranos. Mi abuelo Ricardo, que era un emprendedor pese a aquellos tiempos, cuando le dijeron que mi padre podría tener futuro con los estudios, fue cuando decidió trasladarse a León, a este molino. Y ahí es cuando monta varios negocios. De coches, garaje y mecánica, porque veía que era un sector en auge», narra.

Ese molino ahora es el recuerdo de Eugenio de Nora y algo así como el sitio de su recreo, en los tiempos que lo frecuentaba con sus hijos, y su mujer, Carmina, y el lugar donde creció. Ese es el León de De Nora. Allí está gran parte de los libros que sirvieron al autor leonés para formarse en tiempos de colegio y posteriores. Y también, seguro, la semilla incipiente de una vocación poética. Que luego cuaja en libros como Cantos al destino (1945), Contemplación del tiempo (1948) o España, pasión de vida (1953). Y que escribe ya fuera de su país. Pero, curiosamente, ahí está en San Andrés del Rabanedo el molino de Eugenio de Nora, que aún une su vida a la tierra que le vio nacer y crecer, aunque la dejara tan pronto. «A mediados de la década de los noventa entraron y nos robaron todo lo que pudieron. Maquinaria y demás. Pero todas esas cosas personales no las tocaron», explica Eugenio de Nora, el hijo del poeta de Zacos que convirtió sus versos, más que en poesía social, en una búsqueda de la totalidad literaria.



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