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el imperio del gran muro

Visto desde el aire, el embalse de Matalavilla impresiona, desplegado cual fiordo en un valle de erosión glaciar y contenido por una presa que, con 115 metros, es la más alta de la provincia; un mamotreto de hormigón que irrumpe en el paisaje sin desentonar, como parte de un entorno a medio camino entre Salentinos, Matalavilla y Valseco

 

El embalse de Bárcena tiene una capacidad de 65 hectómetros cúbicos e irrumpe en un valle de erosión glaciar cuya vista es espectacular desde el aire. Con la ayuda de un dron, La Mirada del Zángano ha sabido capturar la esencia del paisaje recogido en est -

rgs dron -

maría carro
16/11/2018

Los 115 metros que separan el suelo de la cresta del gran muro del embalse de Matalavilla pueden parecer, desde abajo, tan sólo una impresionante obra de ingeniería civil concluida a finales de la década de los 60; pero realmente ese mamotreto de hormigón, el más alto de la provincia, retiene mucho más que líquido embalsado. Tras él, más allá de su esqueleto abovedado, se abre un paisaje insólito cuya magnitud únicamente se puede apreciar desde el aire. Una vista poco frecuente que ha sabido resaltar La Mirada del Zángano, plataforma de vídeos no profesionales grabados con drones que pertenece a la operadora RGS Dron y que domina el arte de capturar la belleza que, generalmente, escapa al ojo humano.

Entre Páramo y Palacios del Sil, en el Bierzo, el embalse de Matalavilla recoge las aguas del río Valseco y de otras traídas subterráneas, además de trasvasar agua del propio Sil, para luego derivarlas a la presa de Ondinas, dedicada a la producción hidroeléctrica. El gigante muro que hace de barrera al agua forma parte del paisaje de esta zona del Alto Sil como cualquiera de las cumbres que se vislumbran a su espalda. Ha convivido durante décadas con los habitantes del entorno y ha sido, cómo no, un mirador alcanzado por muchos al final de sus pronunciadas y largas escaleras. La recompensa del esfuerzo han sido, siempre, las vistas. Tras el muro se abre un surco de agua que se asemeja a un fiordo, de cariz especialmente impresionante en esta época del año, cuando la nieve cubre los picos y crea un ambiente especial.

Lo 65 hectómetros cúbicos de agua que concentra el embalse de Matalavilla cuando las lluvias han sido copiosas sirven a la producción hidroeléctrica, pero también es lugar de peregrinación de pescadores cuando la veda está abierta y su cola soporta a más de un grupo de bañistas que buscan el refresco en los meses de más calor. En todo caso, su potencial es, desde luego, mucho mayor.

En un punto intermedio entre Salentinos, Matalavilla y Valseco, de camino también a Salientes, otro pueblo de la zona que merece especial mención, el embalse divide un valle de erosión glaciar de gran valor natural. En las inmediaciones campa el oso pardo y sobre el terrenos se elevan castaños de porte noble, el árbol que, por excelencia, identifica al Bierzo. Y en medio de todo, es gran muro, más protagonista que el propia agua. Un elemento ya del patrimonio industrial que ha sabido capturar, como pocos, La Mirada del Zángano.





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