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Acudió, en sustitución de su anciano padre, a defender al reino de Castilla frente a Portugal

La Dama de Arintero o el valor de una mujer convertida en caballero

Esta leonesa es conocida por ser una gran guerrillera que luchó como un hombre

 

Ana Gil - león
Ana Gil 20/10/2004

Para conocer un poco mejor el personaje de la guerrillera leonesa conocida como La Dama de Arintero, es preciso encuadrar su vida en la época en la que vivió este personaje histórico. Ocurrió en los tiempos de los reinos de la Corona de Castilla que, tras la muerte del monarca Enrique IV en 1474, se quedó sin heredero. Las Cortes habían jurado como reyes a la Princesa Isabel, hermana del difunto rey, y a su esposo, el príncipe Fernando, heredero del trono de Aragón. Algunos poderosos señores de la nobleza y varias ciudades con voto en ellas habían alzado pendones por la infanta doña Juana, hija del difunto rey, bastarda para muchos, legítima para otros. Fue entonces cuando se empezó a tramar una sublevación, a la cabeza de la cual estaba don Alfonso, rey de Portugal, deseoso de agrandar su reino con la unión de Castilla. Cuando las noticias de la sublevación alcanzaron a la Corte, docenas de mensajeros se desperdigaron por los reinos de la monarquía, llamando a los vasallos leales a las armas en defensa de los Reyes Católicos. Cientos de caballeros y miles de peones acudieron a la llamada real y se concentraban cerca de Benavente, donde los reyes habían levantado sus Reales. En Arintero, pequeño pueblo de la montaña leonesa, sus vecinos habían alzado pendones por los Reyes Católicos y varias personas se unieron a la causa. Sin embargo, al Señor del lugar, el noble conde García de Arintero, las noticias le causaron gran congojo. Él, que había peleado cien combates en las lejanas fronteras del reino de Granada, era ya mayor y no podía acudir a la batalla con sus reyes. De su matrimonio con doña Leonor sólo habían nacido siete mujeres y no tenía hijos varones que pudiesen sostener el honor del linaje y el derecho de sus monarcas. Por primera vez en siglos, ningún señor de Arintero acudiría al llamamiento de la Corte. El valor de una dama La callada angustia del padre conmovía profundamente a una de sus hijas, Juana, la mediana, que no soportaba ver postrado a su padre por la desesperación de no poder servir a sus legítimos reyes y concibió la audaz idea de ir ella a la guerra en defensa del honor y el nombre del linaje. El padre se negaba: "Una mujer en la guerra, imposible", pero a cada objeción de él, ella respondía firmemente y le desbarataba los argumentos. Tras varios días, el conde García acabó cediendo y dio su consentimiento a su hija. Fueron dos meses de duro trabajo. Juana, la Dama de Arintero, aprendió a dominar el fiero corcel de guerra y a manejar la espada y la lanza. Se habituó al peso de la armadura y a las fatigas del oficio de la guerra. Tras el duro aprendizaje, del débil cuerpo de la dama surgió el noble y hábil Caballero Oliveros, nombre de guerra de la Dama de Arintero, quien se encaminó, desde su solar de Arintero, a unirse a las huestes reales. Parecía un perfecto caballero y nadie sospechó cuando se presentó, en el campamento de Benavente, al escribano para formalizar su inclusión en las tropas reales. En los meses sucesivos, gracias a su manejo de la espada y a su valor y coraje, el Caballero Oliveros se ganó la fama de caballero valiente y esforzado. En febrero de 1475, las mesnadas reales llegaron a la vista de la rebelde Zamora. Pronto se inició el cerco de la ciudad y el asalto de las murallas para tomar la ciudad. A punto de concluir la jornada, varios caballeros, entre los que estaba el infatigable Caballero Oliveros, se apoderaron de una de las puertas principales de la muralla permitiendo el paso de las mesnadas leales y consiguieron que la ciudad se rindiese. A cambio de su lealtad a los Reyes legítimos, Fernando e Isabel concedían el perdón y confirmaban los fueros y privilegios. El descubrimiento La siguiente batalla fue en Toro, donde el rey de Portugal había reunido a un poderoso ejército. El Caballero Oliveros, se enfrentaba contra un caballero, cuando, debido a la violencia del golpe, se le rompió su jubón y dejó al descubierto un seno. Varias voces gritaron a la vez: «Hay una mujer en la guerra». El rumor se extendió y llegó a oídos del almirante de Castilla, a quien tuvo que desvelar su verdadero nombre y las causas de su presencia en el ejército. En rey, admirado por el valor de la dama, no sólo la perdonó, sino que concedió a Arintero y sus vecinos numerosos privilegios. En su regreso a Arintero, Juana, mientras hacía frente a unos traidores que querían arrebatarle sus privilegios, cayó herida mortalmente.





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