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«La debilidad de las instituciones se la debemos a la crisis»

RODOLFO MARTÍN VILLA / POLÍTICO. Con la espina clavada de no haber podido ser presidente de Castilla y León, advierte de que el peligro principal está en la falta de espíritu más que de consenso y recuerda que la transición es el único proceso que no ha terminado en guerra.

 

Rodolfo Martín Villa, en un momento de la entrevista con Joaquín S. Torné en el Club de Prensa. RAMIRO. -

El público llenó el Club de Prensa de Diario de León. RAMIRO -

MIGUEL ÁNGEL ZAMORA | LEÓN
21/11/2018

Aseguró que le queda clavada la espinita de no haber podido ser presidente de Castilla y León, autonomía para la que había diseñado un proyecto y en el que sigue creyendo «aunque quizá aquello no se explicó bien». Alertó sobre los peligros de la democracia actual, que pasan más por la falta de espíritu que por la de consenso. Y lanzó un llamamiento a forjar una verdadera división de poderes. Rodolfo Martín Villa, entrevistado por el director de Diario de León, Joaquín S. Torné, inició el ciclo de conversaciones que el decano de la prensa leonesa pone en marcha para celebrar el 40 aniversario de la Constitución.

—Gabriel Cisneros, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, José Pedro Pérez Llorca, Gregorio Peces Barba, Jordi Solé Tura, Manuel Fraga y Miquel Roca y Junyent. ¿Qué le dicen estos nombres?

—Hay un artículo que Gabriel Cisneros, compañero y amigo escribió sobre los otros seis. La Constitución se llamó la de la reconciliación y el consenso pero nosotros ya estábamos reconciliados. En definitiva, Gabriel Cisneros escribía como los ángeles y se pudo hacer el sueño de gente distinta de procedencias distintas que de mayores logramos, entonces con 40 y ahora con 80, conseguimos el sueño del joven español de convivir todos para con todos.

—Partíamos de las dos Españas, se atravesó la transición con consenso pero aquello logró acabar con las distancias enormes y ahora volvemos a las dos Españas por la Constitución, Cataluña y País Vasco. ¿Va a ir en positivo la evolución?

—Siempre lo más difícil es lo que queda por hacer. El problema político grave actual es la independencia de Cataluña y ahí no puede haber concesión. La libertad es básica pero está desapareciendo un encuentro que fue muy importante en la Constitución, que es el de los veteranos republicanos antifranquistas y el de los jóvenes reformistas. Tarradellas, Carrillo, Rubiales y el Gobierno de Adolfo Suarez eran parte de un gobierno de 20 personas Cuatro eran militares pero los 16 restantes no. Suárez tenía 36 años y todos los demás, excepto los responsables de Hacienda y Educación hablamos tenido responsabilidades de gobierno de Franco. Con mejor o peor intención, teníamos credenciales democráticas discutibles, pero las ansias de reconciliación eran más importantes que las políticas. Sin un intercambio social en los últimos años del franquismo y sin voluntad de transformación hubiera sido imposible.

—En el referéndum del 78 el 70% de los vascos y el 90% de los catalanes apoyó la Constitución. ¿Dónde hemos perdido el norte?

—Torcuato Pérez Miranda, rector de Oviedo que era nuestra universidad para los leoneses entonces, resumió los problemas de España en sus intentos de democracia. Uno era la lucha de clases, otro era el problema militar, luego el religioso y por último la unidad nacional. Llegamos en 1975 a un país rico. Hemos avanzado más pero entonces la renta era el 80% de la media europea. Las mujeres en la universidad ya eran el 40% y sociedad abierta trajo régimen político abierto. Aquella falta de sintonía ente la sociedad y la vida oficial nos vino bien. Y también la actitud de la iglesia. Diario de León era el periódico de la Diócesis y el director era el canónigo penitenciario. («Hoy no», bromeó el director, Joaquín S. Torné). La iglesia había tenido su propia transición y dejó de pujar por la confesionalidad del Estado y había clamado por la libertad. El cardenal Tarancón llevó a la iglesia la misma libertad que él demandaba. El mundo militar en un proceso político en el que el jefe supremo era el rey era complicado. Y el tema de la unidad nacional era el más delicado. El nacionalismo catalán y vasco nacen cuando España pierde sus ultimas colonias en el 98.

—¿Hoy España está débil?

—Yo nací el 3 de octubre de 1934. Mi madre era de La Robla y tenía muy presente la revolución de Asturias, que acabó quemando la Catedral y la Universidad de Oviedo. La Generalidad de Cataluña no tenía problemas de los que ahora se piden, las transferencias y demás. Yo tenía 72 horas cuando Companys proclamó la independencia de Cataluña. Hemos tenido un momento de debilidad derivado de la crisis que ha hecho mella social y económica y nos ha conducido a una debilidad institucional aprovechada mal. Y ahí no caben compuertas. En las Cortes de 1931 es diputado por Murias de Paredes José Ortega y Gasset y acuña la frase: «Con Cataluña convivamos, con León conllevémonos». No es tan mala la Constitución que ha permitido darle soluciones civiles. Lo único que se hizo fue intervenir militarmente y amenazar con bombardear la Generalidad. Y quien juzgó a los amotinados fue un tribunal militar. Ahora lo hemos podido hacer civilmente. Tiene que haber ambas opciones, pero la Constitución ha sabido dar respuestas civiles.

—¿Por qué nos resulta tan difícil establecer un marco nuevo y reformar lo que pide la evolución de la vida?

—Hay un vector común, son constituciones que una mitad de España le impone a la otra mitad. Cuando el régimen ha sido sacrificado ha sido porque el gobernante no ha encontrado resistencia. Somos un pueblo que no ha participado en guerras contra otros, nos falta una dimensión del mundo y de cómo se celebraron los acontecimientos de las guerras mundiales, pero nos hemos entretenido con nuestras guerras internas. Es la primera vez que un régimen no se despidió con una guerra sino con una transición. Creo que hay cuestiones como la unidad nacional, la forma única del Estado, que son los temas más sangrantes. Los poderes tienen que ser independientes, quien hace las leyes quien gobierna y quien las enjuicia tienen que tener libertad. Eso no es modificable. Otras cosas pueden y deben serlo, pero es escandaloso que haya acuerdos para renovar el Consejo General del Poder Judicial, que no es el órgano de gobierno de los jueces, sino del poder judicial. No pueden ser los jueces los que lo decidan, pero tampoco pueden repetirse esas decisiones por mayorías políticas. Lo que pasa es que hay cosas que son de difícil o imposible cambio. Hace 43 años tuvimos que inventar una ley para crear la Constitución. Ahora las cámaras son impecablemente representativas. A lo mejor hay que preguntar a los españoles cuáles tienen que ser los limites de esas cámaras. Hemos tenido la suerte de que el rey Juan Carlos I y el rey Felipe VI están de acuerdo en la independencia de los tres poderes, pero hay que preguntárselo a los españoles también. Hoy no existe el grado de cohesión, de cohabitación y complicidad entre las fuerzas políticas para iniciar el camino. Si no existe esa cohesión y si algunos de ellos piensan que hay cosas fundamentales que hay que conservar, no es importante el ámbito para el cambio. El Estado autonómico tiene aspectos discutibles, porque a los mesetarios nos gustaría una cosa y a los periféricos otra, pero hemos hecho una descentralización en el que el Estado recauda el 80% y gasta el 20% y las autonomías recaudan el 20% y gastan el 80%. El Estado tendría que recuperar competencias de Educación y Justicia y el gobierno del CGPJ. No soy optimista porque no deba de hacerse sino porque creo que falta acuerdo y reconciliación

—Se necesitan 3/5 de mayoría en el Congreso para la reforma y no la hay. La política se ha convertido en una ocurrencia que cabe en un tweet. En esas 3/5 partes no puede haber acuerdos también en sanidad?

—He ido al terreno donde puede haber más complicidad entre partidos. Hace 40 años hubiera sido muy difícil entender a Carrillo y Fraga juntos, pero luego le presentó en una conferencia. Lo que falta es eso. Y luego hay artículos que necesitan mayoría reforzada. Mucho cambio no hay que hacer en sanidad cuando es el ejemplo. Operar un estómago o un cáncer no es de derechas o de izquierdas. El problema es enseñar la historia de una manera o de otra y los valores de los jóvenes. Creo que en las grandes cosas, si se preguntara a los españoles sobre, unidad, solidaridad, bienestar, no habría consenso posible y no hay campo de encuentro.

—31 de octubre de 1978 se aprobó la Constitución. Senado ya quería ser una cámara territorial. Seguimos igual 40 años después...

—El Senado territorial tiene más de declarativo que de cierto porque aún no se sabía como se iba a organizar el territorio, porque la Constitución solo hacía referencia a Cataluña, País Vasco y Galicia por su estatuto de autonomía. Luego estaban las diputaciones y ayuntamientos, los repartidos de competencias... ahora ya lo tenemos así y ahora sí que le quitaría al Senado la función de control de Gobierno, que debe de estar en manos del Congreso. Debería de ser una cámara de segunda lectura que pudiera rectificar cosas. Hacen falta relaciones multilaterales entre los gobiernos y las cámaras autónomas y la vida local, esa es la reforma que falta.

—¿El fuero vasco fue un error?

—Se respetaron los llamados derechos históricos, el tema foral de impuestos y Suárez se encontró una herencia no buena porque el franquismo reconoció el sistema fiscal de Alava y Navarra y lo suprimió en Guipúzcoa y Vizcaya con un razonamiento discutible. Navarra y Alava se habían ido al bando ganador en la guerra y las otras dos al bando perdedor. Esa discutible decisión permitió reconocer los derechos forales. No me parece mal el sistema de reparto, hasta tiene ventajas porque cuando yo pago el IRPF en Madrid tengo la conciencia de que se lo estoy pagando al Estado y sin embargo se lo está gastando la Comunidad de Madrid. Como el Gobierno Vasco recauda todos los impuestos y tiene que darle dinero a las autoridades centrales para los servicios comunes, hay una injusticia no en el concierto sino en el sistema. No es que los de Vitoria paguen menos impuestos que los de León, no es cierto. Pero sí es verdad que País Vasco y Navarra tienen más fondos para hacer frente a los servicios comunes.

—La primera reforma de la Constitución en 1982 fue para Maastricht y la de 2011 para la estabilidad presupuestaria. Las dos tienen que ver con la UE. Debería existir una Constitución europea?

—Los estados nacionales somos una comunidad autónoma de Europa. Somos soberanos pero menos. Europa reduce nuestra soberanía. Las leyes que aprueba nuestro parlamento están más que limitadas por las directrices europeas. Y a veces el Parlamento se encuentra un proyecto de ley para adaptar una ley a la normativa de la Unión Europea. ¿Y eso quién lo aprueba? ¿Una administración? ¿Un gobierno democrático? Hay un desencuentro de soberanías que limita el poder. En el fondo, Europa, que no se sabe si es de los ciudadanos o los mercaderes, es la Europa del euro. Si un ciudadano como Puigdemont que es requerido por el Tribunal Supremo de un país que forma parte de Europa y se solicita que venga a declarar a España y un tribunal de Alemania lo niega es que no hay Europa de los ciudadanos. Hemos hecho la reforma del Código Penal pero no de algunos delitos. No puede ser que un juez de León pida a un juez de Hamburgo que un señor que ha delinquido aquí no venga de Hamburgo como si lo pidiera a un juez de Granada, algo no esta bien. Europa se ha hecho con dificultades pero soy partidario de la UE y nos ayudará a resolver problemas. Rajoy hizo cosas contra la crisis gracias a leyes aprobadas por Zapatero, pero si en grandes delitos no se puede pedir a un juez de otro país que venga, es que no tenemos Europa. Y si eso pasa con pequeños delitos, es porque no hay un Código Penal único con jueces gobernados con criterios únicos. La reforma de 2011 fue la última con cierto consenso. La Constitución debería recoger mejor la igualdad de género, por encima de lingüismo, de eso de señoras y señores, hombres y mujeres, que son cosas triviales. Los gobernantes de la transición no teníamos este problema entre los fundamentales. No era un problema que estuviera en primera fila. Hay cuestiones que están perjudicando más que favoreciendo la igualdad, y un tema es la lingüística. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

—Las redes sociales han desmadrado la libertad de expresión. ¿Parece que se puede decir cualquier cosa?

—No se ha escapado nada, es que han venido cosas nuevas. Yo me moriré con el móvil de toda la vida y sigo escribiendo cartas con pluma de tinta. Pero en ese terreno pasa como con la imprenta. El gran reto para las sociedades y el entendimiento fue lo mismo. La iglesia y los frailes escribían a mano y aquello la dejó desubicada. La Constitución no es mala, es que yo que opino sobre política no me atrevería a decir cuál es la solución para respetar la expresión y hacer frente a los excesos. Me satisface que ustedes lo denuncien porque aquí somos muy corporativistas.

—¿Deberían convocarse elecciones en vista de los problemas con los presupuestos?

—Creo que se están sacralizando demasiado los presupuestos. En una situación tan minoritaria como la del Gobierno, no me escandaliza el acuerdo Sanchez-Iglesias sobre el salario mínimo interprofesional, sino que me parecen razonables. Lo que me escandaliza es que eso condicione a los grupos políticos. Creo que algunas cosas el Gobierno podría sacarlas adelante por decretos, como el salario. No hace falta que la norma tenga rango de ley. Otras, que son novedades, se pueden promulgar por Decreto Ley que lo podría aprobar el Congreso. C’s y PP podrían estar a favor, no ya por una generosidad política que pudiera calificarse de ingenuidad, sino porque algunas deben salir adelante y no pueden condicionar la política nacional por grupos que se quieren declarar fuera de la nación española y tendrían que reconsiderar su postura.

—¿Repetiría el mismo reparto territorial de León con Castilla?

—Ese tipo de queja la recuerdo de siempre. Creo que hay cuestiones que influyen más, como las cosas del carbón. Me he movido para bien o para mal por muchos sitios y más o menos, me parece que ese tipo de reacciones se dan en muchos sitios. Yo ya había salido del Gobierno y me pareció, a lo mejor me equivoqué, pero no me equivoqué solo, porque hubo una asamblea de diputados y senadores de concejales y senadores e la UCD que con el apoyo del PSOE decidieron la integración de León en Castilla. Puede que debiéramos haberlo explicado más. Yo creía que una Castilla y León fuerte podía desarrollar una política de autoridad en todo el territorio nacional y que sin unión no tendría ni fortaleza ni autoridad. En mi influyó mucho y volvería a influir la necesidad de hacer frente a las tentaciones separatistas. Me hubiera gustado ser presidente de Castilla y León. Iba a poner la sede en Tordesillas, no en una capital de provincia. No iba a tener delegados territoriales en las provincias, ese papel se lo iba a asignar a las diputaciones, para mejorar su calidad representativa. Era un diseño distinto, muy diferente.

   
2 Comentarios
02

Por AndyCapp47 16:01 - 21.11.2018

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Y como no se publique, lo hare en otros periodicos de tirada nacional y provincial citando el nombre de este periodico que se ha negado a hacerlo.

01

Por Ricardo 10:59 - 21.11.2018

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La debilidad de las instituciones se la debemos a la corrupción permanente, al dispendio sin sentido, al saqueo, malversación y choriceo de fondos públicos, al escaqueo de los funcionarios, al nepotismo, a los privilegios de la casta y al incremento de las desigualdades territoriales y sociales.

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