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Académico tunante

APICULTOR Y BAILARÍN, ASTRÓLOGO Y CATEDRÁTICO UNIVERSITARIO, TORERO Y ORÁCULO IMPENITENTE, DIEGO TORRES VILLARROEL MURIÓ CON LOS 86 CUMPLIDOS. divergente

 

Retrato idealizado de Diego Torres Villarroel -

ERNESTO ESCAPA
21/06/2015

Hijo de un librero, estudió gramática latina en pupilaje con un humanista. Luego una beca le permite instruirse en el Colegio Trilingüe, donde permaneció cinco años, recaudando más materiales literarios para su obra que estricto provecho académico. En 1715 marcha a Portugal, donde actúa como bailarín, titiritero, guitarrista y militar, después de haberse hecho pasar como médico en Coimbra. Volvió a España con una cuadrilla de toreros y se ordena subdiácono, para complacer y aplacar a su padre. En 1716 se matricula de sagrados cánones, mientras se dedica al estudio de la astrología y las matemáticas. Participa con gracejo en la controversia de jesuitas y dominicos sobre la llamada «alternativa de cátedras», tomando partido por el tomismo frente a los ignacianos. Después de pasar por la cárcel, es declarado inocente y se le nombra vicerrector, cargo que ostenta durante medio mes. Ya entonces, era sustituto de la cátedra de matemáticas. Acosado por la hostilidad académica, se traslada a Madrid, donde prosigue la publicación de sus Almanaques y Pronósticos (entre 1718 y 1756), con creciente éxito. Lo más valioso son las escenas costumbristas con las que introduce las predicciones de cada año. En 1726, vuelve a Salamanca para opositar y consigue la cátedra de matemáticas. Los estudiantes le ofrecen un homenaje multitudinario, acorde con la dimensión de su prestigio esotérico. En Madrid había trabajado como bordador y exorcista de espíritus y brujas, complicando en sus enredos a la condesa de Arcos, que lo hospedó en su casa durante un par de años. Ya en Salamanca, se ve envuelto en un lance de honor y tiene que huir a Francia. De regreso, en 1732 es desterrado a Portugal, donde permanece dos años. En 1734 reanuda su tarea docente y literaria en Salamanca, y en 1745, con los cincuenta cumplidos, es ordenado presbítero. En 1750 pide la jubilación anticipada, que obtiene un año después. Esta situación le permite disponer de tiempo para su obra literaria, que reúne y publica por suscripción en catorce volúmenes.

Torres Villarroel domina con maestría los resortes del lenguaje, de manera que su prosa es resultado de una elaboración muy cuidada, tanto en el manejo verbal como en la complejidad sintáctica, buscando siempre el pasmo del lector. La admiración por Quevedo influyó en su obra literaria y en la mirada que aplica a la sociedad de su tiempo. Si bien en Ocios políticos en poesías de varios metros (1726) ya asomó su talento para la burla, en Sueños morales (1727 y 1728), basada en los Sueños de Quevedo y subtitulada Visiones y visitas de Torres con Francisco de Quevedo, satirizó con crudeza a sus contemporáneos. Quevedo lo despierta y le confía las persecuciones que ha padecido por su intento de corregir los extravíos humanos. Juntos deambulan por las calles de Madrid, haciendo sátira de los diversos oficios de la villa. Torres profundiza en la invectiva quevedesca, haciendo más cruel la burla, que adopta, según Sebold, «el sombrío expresionismo del Bosco». Todo discurre en el corazón urbano de la capital, y no en la tenebrosa ultratumba, de manera que su expresionismo contrasta de forma violenta con el realismo del escenario. A menudo, la degradación moral se corresponde con una apariencia repulsiva y grotesca. Pero lo más valioso sin duda de la obra es el prodigioso dominio del lenguaje que sirve de cauce para la sátira.

La crítica actual rechaza la calificación picaresca para su Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor Diego de Torres Villarroel (1743-1758). No es la historia de un marginado ni la de un santo, que eran los dos únicos tipos de biografías que se escribían entonces. El protagonista es un burgués con extraordinaria ambición profesional. Tampoco aparece la pretensión moralizante y a su ascendencia la trata con esmerada consideración, sin ningún reproche. Sólo algunos episodios sueltos y el cascarón formal tienen aire picaresco, pero enseguida se centra en la apología burguesa, que relata el ascenso social y económico de un hombre oscuro por su cuna. Su pretensión declarada es «desvanecer con mis confesiones y verdades los enredos y las mentiras que me han abultado. Dividida en seis partes o «trozos», que corresponden a las décadas de su existencia, recorre su andadura, desde la infancia que resuelve con prisa, hasta el trago pesimista del viejo caduco y enfermo de su último tramo.

Lo que más juego evocador le da es la etapa estudiantil, adornada de travesuras. Los tres primeros libros recogen los episodios más cercanos a la picaresca, con el relato de su huida a Portugal, donde lleva vida de vagabundo y lo mismo hace de criado de un ermitaño que de bailarín, guitarrista o torero. También nos cuenta que antes de su vagabundaje lusitano había fundado la cofradía burlesca del Cuerno. Las partes siguientes recrean sus estudios desordenados, el acopio tumultuoso y autodidacta de conocimientos dispersos, sus extrañas lecturas y la accidentada carrera académica, que lo arroja al acomodo final como sacerdote. A pesar de su óptica bufa, la Vida de Diego de Torres Villarroel constituye un documento elocuente sobre la trayectoria singular de una época y emerge como uno de los ejemplos descollantes de la literatura española del dieciocho, poniendo broche a la tradición narrativa de la picaresca.



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