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POR emilio gancedo

Barricadas hechas con letras de molde

l. La literatura rebelde prolifera en estos días difíciles con el fin de comprender cómo funciona, hoy, el poder. antologías sobre el 15-m, manifiestos como los de stephane hessel, folletos que llaman al activismo... todos son deudores de un puñado de obras que bucean en el complejo ser del mundo actual

 

POR emilio gancedo
10/06/2012

Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer movimiento. (…) El rebelde (es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo) da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es». Albert Camus, El hombre rebelde (1951).

Vivimos tiempos agitados. Tiempos en los que palabras como rebelión, manifestación, concentración, insurrección o incluso desobediencia civil son pronunciadas, publicadas y escuchadas o leídas en muy diversos foros. Mineros, maestros, médicos, periodistas y muchos otros colectivos exponen estos días sus quejas y demandan que no se recorten sus derechos, que no se lime su futuro. Unas imágenes que, por cierto, no sólo se proyectan en las televisiones de España ni únicamente en los países atacados con mayor virulencia por la actual y rampante crisis económica: movimientos como el 15-M han elevado a la categoría de mundial, y desde hace sólo un año, el hecho de plantarle cara al sistema, de denunciar sus injusticias, desde Melbourne hasta Wall Street. El tema de la rebeldía ha regresado a primera plana después de algunas décadas de dulce dormitar conformista, de anestesia general en las que se han ido incubando los rasgos más señeros de este raro tiempo que ahora vivimos. Tiempo en el que el pensamiento torna, de nuevo, a preguntarse: ¿Vale la pena rebelarse? ¿Tiene algún sentido la indignación, la sublevación? ¿Qué es, en realidad, la rebeldía?

A resolver esas preguntas, o al menos a iluminar parte de esos rincones oscuros, ayudan, como siempre, los libros. Aunque en este caso habría que hacer una matización, un corte entre dos épocas. La rebeldía tal y como se entendía antes de la II Guerra Mundial —aunque después, y hoy, hay quien sigue entendiéndola de esa misma manera— y la corriente que empezó a abrirse paso a partir de los años cincuenta, no ideologizada, no fanática, no religiosa, influida por el existencialismo. En puridad, habría que leer los libros ‘clásicos’ de la primera etapa con un evidente interés pero sin olvidar el componente histórico: las cosas no eran entonces como son ahora. La estructura del poder no es la misma. Las obras de Karl Marx y de Bakunin, de Kropotkin y Goldman, de Malatesta y Gramsci, los grandes pensadores del socialismo y el anarquismo, no pueden sino leerse bajo ese prisma. Del lado literario, las distopías de Orwell, 1984 (y también Rebelión en la granja); Huxley, Un mundo feliz; y Bradbury, Fahrenheit 451 —fallecido esta misma semana— trascienden épocas por su carácter creativo, tienen más lecturas diferentes y no deja uno de hallar en ellas similitudes con el mundo actual. Pero, ¿cuál es la diferencia fundamental entre la situación de ayer y la de hoy?

«El poder siempre ha tenido un problema, y es el de someter a las gentes, controlarlas o convencerlas para luego llevar a cabo libremente sus planes o programas. Eso es un trabajo añadido a sus fines, a sus objetivos. Los reyes de antaño emprendían periódicas guerras y hacían esclavos, debían esforzarse constantemente por controlar la administración y la educación. Y el capitalismo, entre otras cosas, lo que hace precisamente es en gran parte ahorrarle ese trabajo al poder: antes uno nacía donde nacía y de ahí no podía salir más que rebelándose: lo único a lo que se podía optar, pues, era a estar dentro del sistema o fuera de él. Pero con el triunfo de la burguesía y del capital, ya no corresponde tanto al sistema someter por la fuerza a la persona dado que ahora depende directamente de esa misma persona ascender o descender en la escala social. El sistema ya no estaba fuera, consiguió introducirse dentro de todos y cada uno de sus miembros», así se expresa el escritor y bloguero leonés Alberto Flecha, voraz lector de libros rebeldes y quien no tiene dudas a la hora de apuntar un título como el verdadero ‘antes y después’ de la literatura sobre la insurgencia: El hombre rebelde, de Albert Camus.

«Este libro es fundamental porque supera las ideologías, porque, en plena guerra fría, analiza un estado de cosas que ya tiene mucho que ver con lo que está pasando actualmente —reflexiona—. Más importante aún: identifica las grandes ideologías del siglo XX, el nazismo, el comunismo, con las religiones. En efecto, el socialismo prevé el advenimiento de un paraíso proletario que nunca llega, situado más allá de nuestro alcance, y lo cifra todo a ese objetivo». Pero, sobre todo, El hombre rebelde cambia radicalmente el concepto de rebeldía. El anterior era el concepto propio del siglo XX, el siglo de las masas y de los grandes proyectos políticos, un concepto propio también de otras épocas, cuando el poder era algo identificable contra lo que se podía ir e, incluso, vencer o destruir: el castillo del señor feudal, la Bastilla, el rey, el zar, este o aquel edificio símbolo del poder... Y Camus, con su escalpelo sereno pero implacable, destripa las ideologías, les arrebata la luz mística de la que se habían aureado y revela lo que de fanático y antihumano había en ellas. A cambio, propone el argelino una rebeldía individual, casi a la manera de proyecto personal, una rebeldía ética que se base, sobre todo, en el humanismo y en la realidad, pues sólo desde el profundo conocimiento de ésta y desde la lealtad al hombre pueden cambiarse las cosas sin invocar esferas extrañas, ubicadas más allá de nuestro alcance.

Pero además, este cambio de enfoque tiene mucho que ver con el tipo de poder que comenzaba entonces a larvarse y que hoy es el predominante: ¿Quién lo ejerce, en estos momentos? ¿Contra quién ir? ¿El Gobierno? Pero éste sigue órdenes de la Unión Europa… ¿Alemania? ¿El FMI? ¿Ese ente tan abstracto como inquietante llamado ‘los mercados’? Es lo que se llama el poder líquido, y de eso va precisamente un libro formidable para entender lo que pasa hoy, La modernidad líquida, de Zygmunt Bauman, premio Príncipe de Asturias de Humanidades en 2010. En él se expone que ya no hay frontera entre dominadores y dominados: «Para que haya una revolución tiene que darse una situación extrema y, para que se dé una situación extrema tiene que haber excluidos del sistema, gente sin esperanza».

¿Están los indignados de hoy, los ‘recortados’, los parados, excluidos del sistema? ¿O su indignación, sus protestas, sirven precisamente de ‘engrase’ al propio sistema, consiguiendo que eche a andar otra vez porque se han resecado parte de sus engranajes? ¿No serán estas voces meros gritos en el desierto que no consiguen fraguar en un corpus y una estructura concretas? Sin duda, los libros de Stephane Hessel ¡Indignaos! y ¡Comprometeos! han ayudado a popularizar la rebeldía, pero muchos expertos coinciden en que de manera superficial. Sin quitar un ápice de valor al concepto de rebelión como motor social, «primero hay que entender cómo ha cambiado el mundo para poder proponer soluciones», y eso lo aborda otra obra con mucha más profundidad: Rebelarse vende. El negocio de la contracultura, de Joseph Heath y Andrew Potter: «La contracultura ha sustituido casi por completo al socialismo como base del pensamiento político progresista. Pero si aceptamos que la contracultura es un mito, entonces muchísimas personas viven engañadas por el espejismo que produce», dicen sus autores. «La revolución murió en el momento en que comenzaron a venderse camisetas con la imagen del Che», recuerda Flecha. Por ejemplo, en El fin de la historia, otro libro básico, Fukuyama defiende que la historia humana como lucha entre ideologías «ha concluido». Aunque si de propuestas concretas hay que hablar, ahí está La insurrección que viene. Firmada por un ‘Comité Invisible’, ha distribuido millones de ejemplares y aboga por «la apropiación local del poder por la gente, el bloqueo físico de la economía y una aniquilación de las fuerzas policíacas». Pero, ¿queremos realmente cambiar de sistema o reformarlo?

Ese es el signo de los tiempos. Y la pregunta que el hombre de hoy ha de responder permanece en el aire. Además, ¿cuáles son las alternativas? No es que nadie haya aportado ninguna, pero los múltiples gritos lanzados desde Internet y desde las calles de todo el mundo aún no han solidificado. El tiempo y la lectura puede que ayuden.