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El torvisco

Cuando he preguntado a personas más jóvenes si saben algo del torvisco, casi siempre, por respuesta, he recibido una pregunta: ¿Qué es eso? Y lo cierto es que el torvisco, el turbiscus latino, el Dafne Gnidium, es una planta que está en lo más

 

24/10/2010

ÁNGEL DE PAZ FERNÁNDEZ

Las matas de torvisco crecen en abundancia por toda la cuenca baja del Sil y sus afluentes. En el Bierzo Bajo y Valdeorras todos sabíamos qué era y para qué servía; pero en los lugares donde su presencia no era tan frecuente, a veces, daba algún susto.

Mi padre, en la escuela, nos advertía contra él y nos aconsejaba que nunca lo echáramos al río: ni torvisco ni ningún otro veneno.

En Noceda, el torvisco no crecía en la Sierra, pero sí lo había en el monte de Arlanza y, sobre todo, en la Matona, entre Arlanza y Viñales. Allí lo conocí cuando íbamos a vendimiar. Luego tuve ocasión de ver cómo proliferaba a orillas del río Bibey, en Las Ermitas, donde le llamaban trovisco.

Hace pocos años, estudiando las ordenanzas municipales de un pueblo de Cataluña, Ulldemolins, que datan del siglo XV, pude leer la prohibición, bajo severas y costosas multas, de echar al río o a los torrentes torvisco. En catalán lo llaman matapoll. Por curiosidad, lo comenté con algunas personas del pueblo de mi edad y mayores. Ninguna conocía la planta. Posiblemente hoy es allí menos abundante, y aquellas prácticas ancestrales de usar veneno para pescar, afortunadamente, se han olvidado. Espero que también en otras partes. Yo nunca lo utilicé, le tenía respeto por las advertencias de mi padre y por dos historias que me contaron sus protagonistas: Eliseo Díez y José Rodríguez, el Mistelo .

El torvisco de la Matona

Eliseo Díez, con el que siempre tuve una amistosa relación familiar, me explicó más de una vez su mala experiencia personal con la planta. Un día de verano regresaba a Noceda desde Bembibre acompañado de otros dos o tres niños. Él tenía unos 12 años. A la altura de La Matona, el calor apretaba y se sentaron a descansar. De una mata cercana cogió unas ramitas y se puso a mascarlas como si fuera regaliz. Tenían sabor amargo; pero le aliviaban la sed. Continuaron la caminata y él siguió mordisqueando aquellos palitos, hasta que, pasado Arlanza, entraron en el desfiladero de Peña Oscura, bebió agua y se le calmó la sed.

Al poco de llegar a su casa, comenzó a sentirse mal, mareos, ahogo y una sensación extraña. Se sentía morir. Su madre se asustó y fueron en busca de don Pepe Cubero, que era entonces médico del pueblo. Cuando éste llegó y lo examinó, le preguntó:

− A ver, muchacho, ¿qué has comido?

− No he comido nada − respondió Eliseo.

− Pues algo habrás metido en la boca. Intenta recordarlo.

− Bueno. Durante un rato, vine mascando algunas ramitas de una planta que cogí en la Matona; eran amargas.

− ¿No sabes qué planta era?

− No señor, pero en el bolsillo debe quedar alguna ramina .

En cuanto don Pepe, que era de Bembibre y conocía bien la flora de la zona, echó la vista sobre aquellas hojas mustias, tuvo la certeza de lo que ya sospechaba:

− Pero, hombre, has comido torvisco. A ver si lo reconoces bien y no se te vuelve a ocurrir cogerlo, ni tocarlo.

No recordaba Eliseo lo que el médico le había recetado, pero aunque salió bien de aquel mal paso, la mala experiencia no se le olvidó jamás.

Los peces de Pombriego

Durante años, en mi niñez, venía a trabajar a casa José Rodríguez, el Mistelo. Había quedado cojo al perder un pie como consecuencia de una infección causada por el pinchazo de un espino albar, un estaracón , en el lenguaje de Noceda. Su cojera le restaba agilidad, pero no le impedía ir haciendo los trabajos. Yo lo acompañé muchos días y conversé con él largas horas.

Había sido aficionado a la pesca. Conservaba, en su casa del Rincón, una nasa de mimbre que me dejó algunas veces. El me explicó, con todos los detalles, lo que una vez había hecho con el torvisco.

De joven, había estado algunos años en Pombriego. La pesca era abundante en el río Cabrera y también en su afluente, el río de Benuza. Había un remanso donde pululaban los peces y algunas truchas. Cada vez que pasaba a su lado, se le afilaban los dientes. Lo comentó con un vecino que tenía experiencia en la materia y se decidieron a actuar. El torvisco crecía en abundancia por aquellos parajes y no era difícil recoger un buen haz, feije , en su habla. Una vez recogido, José lo machacó con una piedra. Metió la pasta resultante en un saco y la dejó unos días en maceración. En el mismo saco la llevaron al río. Buscaron un momento adecuado para que nadie los viera y, después de desviar por una rudimentaria presa, hecha a toda prisa, parte de la corriente, sumergieron el saco con el amasijo en la poza. Un líquido lechoso enturbió el agua e inmediatamente, peces y truchas comenzaron a dar mortales saltos fuera del río. No daban abasto a recogerlos. Tras los peces y las truchas vino lo que José no se esperaba: Hasta las esquivas culebras y las invisibles anguilas salían del agua retorciéndose y dando vilortazos , según sus palabras. Aquello le impresionó tanto que no le quedaron ganas de repetir.

Ellos, Eliseo y José, tras aquella única experiencia, involuntaria en un caso, buscada en el otro, no se olvidaron de la planta. Yo, ahora, los recuerdo a ellos con cariño y agradecimiento cada vez que, en mis paseos por las campas secas mediterráneas, me topo con una mata de torvisco.

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