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elena santiago escritora

«He sabido que la oscuridad podemos ser nosotros»

entrevista Elena santiago lo ha hecho todo en el mundo de la literatura. a los once años comenzó a escribir y ya nunca abandonó esa voluntad creadora. y eso, a pesar de que, como dice, «ha pasado mucha vida, mucha entrega».

 

eloy rubio -

«He sabido que la oscuridad podemos ser nosotros» -

cristina fanjul
02/06/2019

Acaba de regresar al mundo editorial con una novela publicada por la leonesa Eolas. Se titula Los delirios de Andrea y en ella regresa al territorio cervantino que, confiesa, siempre ha guiado sus pasos a través de la literatura. Elena Santiago reflexiona en esta entrevista acerca de la literatura y el cambio de paso que el mundo ha sufrido en poco tiempo.

—¿Existe la literatura femenina?

—Opino que existe una literatura. Recordemos que esa literatura es de hombres y mujeres. O de mujeres y hombres. Porque está bien decirlo de esta manera: no es favorable ni contrario. Ambos y la literatura hacen historia. La literatura impone intensas y vivas páginas y esto sí ha de ser así y celebrarse.

—¿Cómo recuerda sus comienzos literarios en la España de entonces? ¿Cree que ahora las mujeres lo tenemos más fácil en la literatura?

—Me acostumbré a leer siendo muy niña y, más tarde, con las novelas que leía mi madre, y otras historias que se celebraban y nos abrían novedades que existían o imaginaban, deslumbrando la palabra y su intensidad. Así ocurrió. Aprendí que leer era fascinante. Descubría mundos, seres viviendo alegremente o cayendo montaña abajo. Había amor y surgía el bien o se oscurecía todo por el mal que llegaba. Ahora todo es absolutamente distinto. No es tan necesario buscarlo. Los libros ya no cantan felicidad.

—¿En qué sentido Veguellina está presente en su obra?

—Está dentro de mí como u un infinito presente, como una magnífica verdad de mi infancia y de todo cuanto siguió. Al cambiar los tiempos obligados por el colegio y los estudios, se convirtió para mí en la nostalgia que me rodeaba A los 12 años escribía cuentos de los caminos y el río de Veguellina, de las gentes que nos abrían invariablemente sus puertas. Todos ellos estaban en mí y han tenido momentos, páginas de paisajes y vidas. Se asomaban por una de las mejores ventanas. Son realidades que enseñaban y se amaban.

—¿Considera que existe una literatura de raíz leonesa?

—Existe. Magníficamente, en un perfecto pasado y presente, aunque alguien ya nos falta tristemente: el gran Antonio Pereira tan conocido y admirado, como persona y escritor. El ya no está, pero su voz continúa libro a libro. Su simpatía y amabilidad es inolvidable. Todos ellos, tantos, escritores victoriosos, con tanto hecho, habituados y deslumbrantes. El nombre del admirado y gran poeta Antonio Gamoneda, tan cercano su ritmo, el pulso y la belleza de sus poemas... ¿Y qué decir de la destacada literatura de Luis Mateo Díez, José María Merino, Juan Pedro Aparicio o Julio Llamazares… Seguiremos el encantamiento en otro deslumbramiento.

—¿Qué trecho ha recorrido su mirada desde ‘La oscuridad somos nosotros’ hasta tu última novela?

—Ha pasado mucha vida, mucha entrega. He sabido que la oscuridad podemos ser nosotros, que la vida da pasos largos o encogidos, que estar en este mundo es bueno, pero existen miedos y explicaciones que te hielan. Mis novelas han ido llegando o quedándose en interrogantes. Un momento complicado fue el fallecimiento de Esther Tusquets, mi editora en Lumen. A partir de ese momento, todo fue más difícil, pero continué. Mi último trabajo lo publica ediciones Eolas. Su director, Héctor Escobar, aceptó mi novela número quince, LOs delirios de Andrea. Todo ha sido perfecto: la portada, una fotografía de Pablo GF, y el diseño y maquetación, obra de Alberto R. Torices. Todos ellos me han ayudado con mucha entrega.

—En ‘Veva’ aborda la Guerra Civil ¿Cree que España será capaz alguna vez de cerrar las heridas?

—Hay quien olvida o rasguea un poco entre tanto dolor. En el caso de la novela de que habla, se basa en recuerdos atroces, profundos y en muchas lágrimas que aún hoy vuelven. ¿Cerrar heridas, me pregunta? Hay ocasiones en las que el dolor puede apaciguarse levemente, pero continúa. Armonizar es bastante práctico para respirar mejor.

— Una de las características de su obra es la aparente sencillez. ¿Se puede triunfar sin alardes?

—Se puede, si las palabras entran en contacto con la creatividad, si con naturalidad vas dejando estar lo sentido o los sueños con lo fantástico.

—¿Cuáles son los escritores sobre los que se aúpa para escribir sus historias.

—La vida, los encuentros, los que ríen, los que lloran, los que viven o desaparecen. Hay algunos en espacial. ERntre ellos, citaría a Faulkner, Pessoa, Onettti, Rulfo o Dostoyeski. Pero hay tantos, tantas lecturas magníficas, como las de Quevedo y Cervantes, imprescindibles. Resumiendo: desde la niñez vida y lectura.

—Cuenta Vila Matas en ‘París no se acaba nunca’ que Margarite Duras le dio una serie de consejos para escribir. Entre ellos, que para escribir hay que ser más fuerte que uno mismo, que la propia literatura. ¿Qué consejos le daría usted a un joven que comienza su carrera?

—Cada uno tiene sus propios sentimientos, pensamientos, pasos y fascinación, pero si tuviera que dar un consejo sería el de sentir, no perder nunca la verdad de las palabras, la naturalidad y la comunicación conmovedora.

—¿Aborda de diferente manera la poesía y la novela?

—De manera muy diferente. El calor de la poesía y sus tonos cercanos a la música necesitan más intimidad, calor y fuerza. La poesía es conmover en el amor y la tristeza. En la novela, sin embargo, precisas ahondar en las situaciones y necesitas describir la verdad de lo que va ocurriendo.

—En su nueva novela, ‘Los delirios de Andrea’ explora el universo cervantino ¿Puede explicar de qué modo está influida por el Quijote?

—Un día me alcanzó una mujer joven que me llenó enseguida y de pleno. Cierto es que siempre me he detenido y retenido ante Cervantes y el Quijote. Me gustó aquel acercamiento y necesité no separarlo, y escribí muy entregada la novela. No solté tiempo y temple, lo acerqué más para que se quedara. Disfruté mis propias páginas.

—¿Reconoce el mundo que estamos creando? ¿Hasta qué punto todo se vuelve complejo o cambia demasiado deprisa para que seamos capaces de analizarlo, de hacerlo a escala humana?

—No reconozco el mundo. Es más, me duelen esas apretadas y extrañas formas. A diario vemos vidas que caen en el horror, que continúa y se amplía. Todo ello me provoca un dolor y un temor continuo.Este mundo arrastra por igual, en un ambiente pavoroso, lo mismo a bebés que ancianos. ¿Dónde queda el amor? Sin duda, en el mundo de los que lloran y están pálidos ante tanto mundo roto. Puede que esta afirmación se antoje como exagerado, pero es cierto.

—Ha escrito en medios de comunicación. Desde esa perspectiva ¿Cómo cree que han cambiado los periódicos y cuál piensa que es el futuro de la prensa?

—Estuvo bien, creo. Escribí durante años en algún periódico y resultaba profundo y tenía, además, un eco agradable. Hay algo especial en comunicar hacia el exterior. Pero, sí, creo que han cambiado. Antes se estudiaba y los periódicos se abrían a cuantos escribían. Eran instrumentos bienhechores y cercanos. Ahora, sin embargo, hay más ligereza y tengo la impresión de que no se trabaja con aquel cuidado y cariño.



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