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José Luis Casas Paramio, un escultor enamorado de la naturaleza y la geometría

José Luis Casas Paramio es como un gran cíclope, pero con dos ojos que devoran ansiosos las formas que emanan de la naturaleza. Como los cíclopes, construye con sus manos y, si llega el caso, destruye, rompe el equilibrio natural de los materiales para darles una nueva vida, para resucitarlos, para iluminar sus rincones más escondidos, hasta que la obra de la naturaleza acaba siendo domeñada por la inteligencia humana.

 

«Primero hago cientos de dibujos, normalmente con gran contenido geométrico. Cuando empiezo a tener las cosas más o menos claras, hago una pequeña maqueta y…». - M. CUEVAS

MARCELINO CUEVAS
18/09/2011

José Luis Casas es un gigante que traslada en sus brazos los desgastados cantos rodados desde la orilla del río, hasta la penumbra silenciosa de su estudio. Casas convierte viejos troncos abandonados a la erosión, en formas de inusitada belleza. Y, especialmente, es capaz de inventar geometrías mágicas luchando, como moderno Vulcano, con la heroica fortaleza de los metales.

José Luis Casas comenta que lo suyo es mirar, que las esculturas penetran en su cerebro por los ojos, para ser regurgitadas a través de las manos. Un misterio milagroso, que tuvo un comienzo. «Creo que soy escultor por casualidad. Por estar en un momento determinado en el lugar que va a marcarte para siempre. Es un instante mágico en el que decides que quieres trabajar con las ideas, con el espacio, con los recuerdos… que quieres convertirte en creador a través de las formas».

Ya saben el dicho, el que quiere saber debe dirigir sus pasos a Salamanca. Y eso hizo Casas, una vez que la casualidad iluminó su camino. «Yo -dice- comencé pintando, de hecho al iniciar la carrera de Bellas Artes en Salamanca, creí que iba para pintor. Me gustaba mucho dibujar y trabajar con los colores, pero nunca había tenido demasiado tiempo para dedicarme a ello. Yo estudié hasta finalizar el bachillerato y era a los libros a lo que tenía que prestar más atención. Fui de aquella generación que casi por obligación teníamos que hacer una carrera… y pensé que tenía la posibilidad de poner en práctica algo que amaba desde hacía mucho tiempo y a lo que no había podido dedicarme con intensidad. Por eso me decidí por Bellas Artes, aunque nunca pensé en cómo serían las circunstancias finales en que acabaría».

El artista y los materiales

El escultor es un hombre que rezuma bondad, parece mentira que sus enormes manos sean capaces de luchar casi cruelmente con los materiales, hasta hacerles cantar su mensaje de artista comprometido. Casas tiene claro que «cada material te ofrece unos resultados, depende todo de lo que quieras hacer. Una vez que lo tienes claro es el momento de buscar lo que se adapte mejor a lo que has pensado. Aunque otras veces son los propios materiales los que te eligen a ti, la idea surge a partir de una gran piedra que encuentras a la orilla del río, del erosionado tronco de un árbol, o de un fragmento herrumbroso de hierro tirado en cualquier rincón».

La contemplación, la mirada atenta del artista ante lo exuberante de la naturaleza, ante lo cambiante de las estaciones, ante el inexorable paso del tiempo que turba cualquier equilibrio y lo hace inestable, es siempre el primer capítulo del libro de estilo de Casas. «Cuando quieres adentrarte en el alma de los materiales con los que trabajas —explica— tienes que procurar conocer también de dónde proceden, dónde puedes encontrarlos. Si en ese momento quieres emplear madera, lo mejor es meterte en un bosque y buscar allí algo que se acomode a lo que piensas. Si lo que necesitas es una piedra, puedes buscarla en una cantera o si tienes más cerca un río lleno de cantos rodados, pues puede que sea en su cauce donde puedes hallar lo que buscas. Mi experiencia me dice que lo mejor es dejar que la casualidad te acerque las cosas, no ir a buscarlas con demasiada determinación. Es mejor que el encuentro sea casual, como un flechazo. Luego ya habrá tiempo de profundizar y de quitar lo que le sobra a ese elemento para convertirlo en una obra de arte».

No es fácil el idilio del escultor y los materiales, como sucede en la vida de cualquiera siempre hay altos y bajos, amores y desen-

cuentros. «Yo intento buscar el origen de los elementos con los que trabajo. Cuando me encuentro con una gran piedra que me interesa por sus formas, la traslado al taller y me enfrento a ella, a veces llego a hacerle «daño», entre comillas, para saber lo que esconde, lo que guarda en su interior. Me gusta mucho escudriñar sus rincones, esos pliegues en los que están guardados los recuerdos del agua que durante toda una eternidad ha trabajado sobre ella. Es como el reflejo de una historia, como las arrugas de un viejo que son capaces de hablarnos de toda su existencia».

La naturaleza como ejemplo

Casas trabaja con elementos naturales: madera, hierro y piedra. Con ellos escribe en el aire auténticos poemas que tienen su métrica, que edifica a través de una rigurosa geometría. Pero ¿quizá es la madera el más maleable, el más fácil de trabajar? «El más fácil, no. Porque la madera tiene también su propia vida. Lo que está claro es que cada material te ofrece un gran abanico de posibilidades, la piedra tiene gran dureza, se rompe justo por donde menos esperas. La madera es más cálida y su textura puede llegar a enamorarte. El hierro es fuerte, vigoroso, y muchas veces sirve de sostén a mis esculturas, aunque otras se convierte en el gran protagonista».

Que no piense nadie que las esculturas de Casas son fruto de la casualidad. Sobre la mesa de su estudio, en el que fuera pajar de la casa campesina, hay cientos de dibujos, millares de intrincadas geometrías. Una y otra vez se plantea el difícil reto de inscribir su obra en el espacio, hasta conseguir que las coordenadas cuadren, que la propuesta tenga el equilibrio perfecto, que los materiales sean capaces de flotar en el espacio. «Yo primero hago cientos de dibujos, normalmente con gran contenido geométrico. Cuando empiezo a tener las cosas más o menos claras, hago una pequeña maqueta y con la experiencia obtenida vuelvo a dibujar y realizo una nueva maqueta… así hasta que en un momento determinado surge la luz. Entonces ya puedo ponerme manos a la obra. También tengo otra rutina en mi trabajo, que es la que normalmente empleo con los cantos rodados. En este caso una vez encontrada la piedra que me transmite alguna emoción, establezco con ella un diálogo mudo hasta llegar a convertirme en una especie de profeta de su mensaje, solamente intento contar lo que la piedra me ha manifestado en sus susurros de la mejor manera posible».

El artista, como es lógico en alguien que ama apasionadamente lo que hace, peca en algunos casos de impaciencia. «A veces —dice mientras retuerce sus manos— comienzo a tallar la piedra en el mismo lugar que la encuentro, y si veo que me responde bien, que rompe por el sitio preciso, la traigo al taller, que por cierto es la casa de mis padres en el pueblo, y ya trabajo sobre ella».

Es asombroso que al final, la mayoría de los artistas acaben confesando que son eternos deudores de la naturaleza. Casas también. «Siempre me han llamado la atención las formas naturales, paso mucho tiempo viendo crecer los árboles, contemplando ensimismado cómo la naturaleza va creando esas maravillosas esculturas, o esas perfectas y duraderas arquitecturas que se adaptan perfectamente al espacio que tienen, al lugar donde han nacido, y que integran en sus sencillas estructuras los elementos necesarios para defenderse de las tormentas, de los vendavales, de cualquier fenómeno que los ataque. Con la piedra sucede lo mismo, aunque es un material inerte, si las contemplas a lo largo del tiempo te vas dando cuenta de cómo la erosión va trabajando sobre ellas, limando y alisando aquellas que están en el centro de la corriente y dejado sus aristas a las que habitan los remansos. Es apasionante comprender cómo se rompen, cómo ruedan por el río como su tuvieran vida propia. Todo eso forma parte después de mis esculturas, sobre todo la idea de crecimiento, de transformación. A la hora de trabajar con estos materiales intentas partir de unas bases, dar cortes limpios para convertirlos en geometría. Intentas establecer unas reglas de juego, pretendes incorporar la mano del hombre, la idea del escultor al trabajo ya hecho por la naturaleza».

Artista y artesano

Casas es un hombre tímido, es increíble que sea capaz de enfrentarse a un inmenso bloque de granito y de doblar una y otra vez grandes barras de hierro. Pero el escultor es uno de esos artistas a la antigua, de esos que trabajan con sus manos, que muchas veces prefieren sentirse artesanos antes que artistas. Pero volvamos al principio. «Como es normal siempre empiezas por lo clásico. Yo antes de iniciar la carrera en Salamanca nunca había modelado, solamente me había dedicado a dibujar. Pero cuando en la escuela empiezas a pintar los modelos del natural, a trabajar con las tres dimensiones, te das cuenta de que lo que ves en un plano no tiene nada que ver con la realidad tridimensional. Ahí fue donde descubrí mi pasión por la escultura, por las formas y el espacio. Comencé haciendo vaciados y modelando pequeñas figuras de barro. Luego aprendí las técnicas necesarias para llevar esos vaciados a la piedra a través de los puntos… de las técnicas de siempre. Así, poco a poco, vas desconectando de lo académico y comienzas a dejar salir a luz las cosas que bullen en tu interior, hasta llegar a estas esculturas que hago ahora».

Aunque la obra de José Luis Casas es inmensa, hay algunas esculturas suyas que han adquirido más notoriedad. Son las obras públicas, en las que el artista se expone al juicio del ciudadano, de las personas que transitan por las calles de la capital y se encuentran con ellas. «Mis trabajos más importantes —dice—, los que están a la vista del público, son la escultura de la glorieta de La Lastra, del final de José Aguado, una pieza que se llama Intramuros. Luego hay otra obra en el Parque Escultórico del Monte de San Isidro, que se titula Desencuentro, y una más en el hall del Centro de Alto rendimiento de Universidad, una pieza de madera que cuelga del techo. La última, una escultura más pequeña, está situada en la entrada del edificio del Instituto Leonés de Cultura».

De José Luis Casas ha dicho Germán Carbajo: «Hoy podemos decir que es un artista maduro con estilo propio y atemporal que mediante sus originales propuestas, basadas en un lenguaje de abstracción, construye un universo de formas constructivistas y geométricas. Su obra es una continua reflexión y experimentación del espacio y del tiempo, del lleno y del vacío. Sensaciones que consigue mediante la utilización de diferentes texturas y materiales que nos evocan al mundo de la arquitectura mediante su utilización de elementos horizontales y verticales, más palpable por la creación de espacios interiores y exteriores. En no pocas de sus esculturas el espacio se modifica por el cambio de texturas y el peso de los materiales, los cuales, en su combinación, dan un efecto de ingravidez a su obra.

   
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