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Monasterio de Santa María de Carbajal, vulgo, Las Carbajalas

 

«Su ángulo anexo a la iglesia, luce, como la espadaña del templo, una bella celosía». - ELOY VÁZQUEZ CUEVAS

NICOLÁS MIÑAMBRESNICOLÁS MIÑAMBRES 19/06/2011

Pocos rincones leoneses pueden ostentar con mayor merecimiento ser corazón de la urbe que la Plaza del Grano. Es la plaza confluencia de todos los caminos y reflejo de variada arquitectura. Basta un mínimo desvío de la Ruta de Puertamoneda, siguiendo la calle Escurial o rodear la belleza románica de la iglesia del Mercado para desembocar en ese mar de cantos rodados que conforman el firme irregular de la plaza. No importa ya hacia dónde dirijamos la mirada. Los cuatro puntos cardinales nos servirán de motivos de sorpresa. Pero tal vez la mirada al mediodía resulte más gratificante.

Mirando hacia el sur, la casa del ilustre prócer leonés don Bernardino de Rebolledo cubre con su erudición nuestras espaldas. No estaremos desprotegidos por poniente: el ábside de nuestra Señora del Mercado será agradable compañía. Para divisar en su justa medida la planta del Monasterio de Santa María de Carbajal, la fuente es buena referencia. Tal vez nos agobie la copa desmesurada de los álamos blancos, pero la presencia de los «dos grandiosos niños, de siete pies y medio de alto» aliviarán nuestro desasosiego. Representan los desmesurados infantes «a los ríos Bernesga y Torío, que pasan por este pueblo y se reúnen a la salida por la parte de mediodía», se decía en las gacetas de 1789.

Y al fondo de la plaza se yergue la mole del monasterio de las Carbajalas, motivo de apasionada inspiración en la noche leonesa para Pérez Herrero: En la pared del convento / se siluetean los pájaros / nocturnos y sibilinos, así como los murciélagos / y la corneja. La luna / como un pandero de nardos, / vela la gloria infinita / de los pasados reinados, / de los nobles adalides, / de los guerreros y santos».

A esos nobles adalides pertenecía el leonés don Antonio de Quiñones, constructor de la iglesia del monasterio (1623), al que se trasladaron las monjas benedictinas del antiguo monasterio de Carbajal de la Legua.

En la actualidad, el monasterio es acogedor habitáculo para peregrinos, forasteros y foráneos. Una abigarrada multitud recorre la plaza en tiempos estivales y alivia sus cuerpos de la bendita dureza del camino. No falta el recinto hostelero de tintes modernos y exquisitos. Su ángulo anexo a la iglesia, luce, como la espadaña del templo, una bella celosía. Tal vez tan bella como la que cantaba García Lorca: La luz juega al ajedrez alto de la celosía.

La iglesia (de espadaña tan humilde que ni siquiera la cigüeña la ha escogido como soporte de su crotorar ni de su nido) se yergue discreta sobre los tejados circundantes. No es vistosa su hechura pero también una celosía parece protegerla de los vientos garduños.

Una fachada sencilla y una humilde puerta dan entrada al templo, de una sola nave. La austeridad humana de las monjas benedictinas parece presidir el entorno religioso. El enjalbegado de su interior permite en su blancura el contraste de los elementos: la rejería de las capillas, los cuadros (dos lienzos valiosos de la escuela madrileña), un Cristo yacente, el coro donde se asienta la comunidad para las celebraciones religiosas-¦ Y en sus bóvedas y pechinas, las armas reales de España y los escudos de la familia fundadora. Todo ello, al amparo estético de un buen retablo barroco, realizado hacia 1700.

Se dijo (¡ay, Señor, Señor!) que es humilde la espadaña de las Carbajalas, pero a buen seguro, es cierto lo que escribía Pérez Herrero: Un búho de ojos felinos, / mira desde el campanario / de la iglesia milenaria, / los broches iluminados / de la túnica del cielo, / azul, diamantino y diáfano. No es milenaria la iglesia en su traza, pero sí lo era en la pasión leonesa del poeta. Y eso es lo que importa.

   
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