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le big mac

Perder el juicio

 

nacho abad
06/01/2019

Al tercer día, cuando desperté, me di cuenta de que aquella cabaña no estaba en el corazón del bosque, como anunciaba su publicidad, sino en algún punto de su aparato respiratorio. «El eje sobre el que rota se ha desplazado —pensé— y ya no se mantiene con vida por sus latidos de mamífero, sino por su aliento de dinosaurio extinto». Estaba perdiendo la cabeza. Había ido allí con el propósito de recluirme y terminar mi libro, pero al desenredar sus contradicciones el argumento perdía fuerza y caía como la piel pesada de un globo aerostático que se ha quedado frío. Estaba fallando. Además, algunos personajes me incomodaban: ya se sabe que son como los propios hijos, que nunca salen como los has imaginado. Me resultaba insoportable en especial uno de ellos, un hombre con seis dedos en una mano. Pensé en deshacerme de él, pero no veía la forma de eliminarlo sin afectar al resto de la historia. Entonces se me ocurrió que lo mejor sería limitarle, dejarle sin aire y esperar a que él mismo se evaporara. Y desde ese momento ya no pude volver a escribir. En la soledad del bosque las distracciones eran cada vez más poderosas. Una mañana, cuando ya había aceptado mi fracaso pero no superado su tristeza, escuché unos sonidos afuera, y al salir vi a un enorme mapache allí sentado, al sol, con el lomo en carne viva. Se relamía las patas delanteras y luego se rascaba las heridas. Al verme se asustó e intentó huir, pero estaba tan débil que pude seguirle. Me fui detrás de él y llegué a una carretera, donde le perdí de vista. Me adentré al otro lado del bosque, y ya no lo encontré. Exhausto, llegué a un río que me resulto infranqueable. Al darme la vuelta, caí en un sueño profundo. Notaba que mi cuerpo se quedaba frío sobre las piedras húmedas pero no era capaz de despertar. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero soñé que yo era el hombre de los seis dedos y que debía deshacerme de mí mismo, aunque eso acabara también con el resto de personajes, con el teatro de la trama. Intenté mirar mi rostro en aquel sueño, soñar con un espejo, pero cuando estaba apunto de conseguirlo todo se desvanecía. Al despertar miré mi mano izquierda con sus cinco dedos. Ya no era la misma, algo le faltaba. Al otro lado del río, en la orilla, el mapache estaba bebiendo agua con sus ojos fijos en mí.



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